—Tu lucha terminó —dijo Serena al dejar un beso en la alta y grisácea lápida de su amado padre antes de que el sol terminara de rayar en el horizonte—. Hasta siempre, papá. Las lágrimas de Serena podían mantener las flores de un jardín. Su llanto, su culpa, su resentimiento, sería algo que la acompañaría por el resto de la vida. La culpabilidad que experimentó por un largo primer año sin él, era vasta, más de lo que podía alcanzar un océano. Se sentía tan sola sin él, que la llegada de Amelia fue como ese rocío necesario. Su madre volvió a sonreír con la llegada de la niña, y se sintió la familia un poco más grande. Fue lindo, incluso más que solo lindo. Amelia era el vivo ejemplo de su padre físicamente, pero tenía su personalidad. Para ellas tampoco fue fácil lo que tuvieron que afront
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