Violet no quiso despegarse un segundo de su bebito. Finalmente estaba a salvo, y necesitaba sentir sus manos cálidas, ver su sonrisa, respirar el aroma de su piel y ver sus ojos abiertos. Estuvo dormido tanto tiempo, que cuando abrió los ojos, fue como si su bebé acabara de nacer y que lo acabasen de colocar en los brazos. Para las madres, un hijo jamás estaba lo bastante crecido como para dejar de abrazarlo, de besarlo y de llamarlo su pequeño. Para Violet, era como si volviese a nacer, y lo trataría como su bebé. —Hola, diablillo. Es mamá —dijo cuando él giró hacia ella y quiso decir algo. Violet meneó la cabeza—. No, no hables. Solo quería que supieras que estamos aquí, y siempre estaremos aquí. Violet y Akron pudieron verlo más seguido a los pocos días de dejar cuidados intensivos.

