42 | Sin piedad

4933 Palabras

—¡Arriba, Barrow! —gritó un guardia al arrastrar la porra por la celda—. El día de tu salvación ha llegado. El hombre estaba tendido boca arriba en la litera inferior, con las manos en su pecho y las luces de la prisión encendidas. Eran pasadas las cuatro de la mañana cuando el guardia iluminó su rostro en la cama con una linterna y lo llamó para que se levantara. Él se cubrió la luz de la linterna con la mano derecha y achinó los ojos. No esperaba que lo llamasen. No había ronda. —¡No tengo todo el día! —gritó el guardia cuando sacó las esposas de su cintura—. Saca las manos. Te pondré las esposas. El hombre giró el cuerpo y se sentó en el borde de la cama. —¿Por qué? —le preguntó aun con los ojos achinados. —Creí que después de seis años sabrías que eso no se pregunta aquí adentro,

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