CUARENTA Y TRES

859 Palabras

Dilay Sabía que tenía que mirar para adelante y no detenerme en ninguna circunstancia, tenía claro que mis pasos dependían no solo mi vida sino la que llevo dentro de mí, y la mejor manera era creer que Adil había muerto y que el tiempo decida sobre todo lo que nos rodea. —Mariem— digo su nombre en medio de esa oscuridad de la casa. Habían pasado dos días desde que llegamos a Londres. —Dilay— y me sobresalte al sentirla detrás de mí. —Me asustaste— ella se ríe—. ¿Se puede saber a qué viene tanta felicidad en tu rostro? —Tenías razón, Dilay. —¿A qué te refieres? Y entonces esas manos que únicamente puede poseer me envuelve por detrás y sentí como su aroma calmó mi interior, al darme cuenta de que se trataba de la única persona que me tenía así, temblando de pies a cabeza. —Perdóname

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