Nunca antes había metido las manos en los calzoncillos de un hombre. Con dedos temblorosos, los deslicé suavemente hacia abajo. Pensé en buscarle otro bóxer en el armario, pero recordé que suele dormir desnudo. Solo se los había puesto para que yo me sintiera cómoda. Y ahora no había problema: había hecho mucho por mí, había puesto sus necesidades de lado para hacerme sentir bien, así que yo también podía hacer esto por él, aunque fuera algo pequeño. Tomé una toalla y empecé a secarle el cuerpo. Llegando a la zona baja, me sentí nerviosa, pero debía continuar. Con cuidado, sequé sus piernas y caderas, evitando tocar su erección. Cuando terminé de secarle todo el cuerpo, noté que un poco de agua aún goteaba de su erección. Respiré hondo para armarme de valor y, lentamente, la tomé con mis

