Pavel Beranov Intenté alcanzarla, pero corrió demasiado rápido. Luego intenté llamarla, pero su celular estaba apagado. Aún no regresaba a casa. Tampoco estaba en casa de su padre. ¿Entonces a dónde demonios fue? Ordené a todos mis hombres que la buscaran. Sabía que no volvería a la mansión Beranov, así que la esperé en la casa del Sr. Bianchi. Eran casi las doce en punto cuando escuchamos el claxon de un coche. El aire se me quedó atrapado en los pulmones. Gracias a Dios, había llegado a salvo. Estaba furioso, pero también aliviado. Nos levantamos de inmediato para verla, pero ella nos ignoró por completo. Corrió a su habitación y cerró la puerta con fuerza. —¡Alessia, abre la puerta! —grité. —¡Vete, Pavel! —espetó desde adentro. —¡Alessia, abre la maldita puerta o la voy a romper!

