«¡Me salvó la vida!» se dijo a sí misma. Si no la hubiera estado besando en ese instante el palo desprendido se habría estrellado en su rostro, tal vez desfigurándola de tal modo que, aunque no muriese lo hubiera deseado sin duda. ¡La había salvado otra vez! A su modo, ese pedazo de madera habría resultado más peligroso que el propio sir Gerbold. «¿Y si no me hubiera matado a mí, pero a él sí?» se preguntó. Con ese triste pensamiento tocó la mano del Marqués, que yacía inmóvil sobre las sábanas blancas. Sintió que un ligero temblor la sacudía, igual que el día anterior durante la complicada tarea de bajarlo y acostarlo en la cama; comprendió que ese estremecimiento era el síntoma del amor. Lo amaba, lo había amado desde que lo conociera, pensó. Se había confundido creyendo que era só

