Por fin, Lizzie se había quedado dormida. Después de gritarle cuánto lo odiaba y de jurarle que jamás lo dejaría en paz porque era suyo, Peter salió de la habitación sigilosamente y cerró la puerta con cuidado. No quería que ella se despertara; y no porque lo fuera a descubrir, sino porque su voz —que en algún momento había sido angelical— le martillaba los oídos. Mientras caminaba por los pasillos del hotel, se debatía entre ir a la habitación de ellas o simplemente bajar por un trago. Desde que Vicky había reaparecido en su vida, todo había cobrado un sentido absolutamente distinto. Creía que la pequeña pelirroja se había borrado por completo de su mente… y de su sexo, pero, como si se tratara de un designio o una mala jugada del destino, después de tantas noches pensándola y masturbánd

