DAVID

1331 Palabras
Después de lo de Fernando, pensé que algo cambiaría. Pensé que Natalia, al menos por un tiempo, se cansaría. Que el golpe la haría detenerse, respirar, mirar hacia otro lado. Pero no. La decepción no la cerró… la abrió. Como si en lugar de aprender, se hubiera quedado atrapada en la misma pregunta, repitiéndola con más desesperación cada día. —Nadie me quiere —me decía. Su voz ya no era solo triste, era insistente. Como una oración que se repite hasta volverse verdad. —Natalia… —intentaba responder—, no es eso. Ella negaba con la cabeza. —Sí lo es. Nadie me ve como mujer. Nadie. Estábamos sentadas en el patio, bajo una sombra pequeña que no alcanzaba para cubrirnos del todo. Había estudiantes alrededor, conversaciones normales, vidas normales. Pero Natalia vivía en otro lugar. Vivía dentro de esa carencia. Yo la miraba y me preguntaba, sin decirlo en voz alta: ¿cómo puede doler tanto algo que ni siquiera ha pasado? Su mundo parecía girar alrededor de lo que no tenía. Y lo peor era que, cuando una persona se convence de que no es suficiente, empieza a buscar pruebas en todas partes. Días después, Fernando la buscó. Yo estaba con ella cuando lo vimos acercarse, caminando con esa incomodidad típica de quien viene a decir algo que no quiere decir. Natalia se quedó quieta. Como si su cuerpo recordara el pasillo. Como si todavía tuviera el brillo en los labios. Fernando carraspeó. —Natalia… ¿podemos hablar? Ella parpadeó rápido. —Sí. Yo me quedé un poco atrás, pero lo suficientemente cerca para escuchar. Fernando bajó la mirada, nervioso. —Lo del otro día… fue una estupidez. Natalia tragó saliva. —¿Por qué hiciste eso? Fernando soltó el aire. —Porque… porque me estaban jodiendo. Ella lo miró con una esperanza peligrosa, como si esa explicación pudiera convertirse en algo más. —¿Y por qué me estaban…? Fernando dudó. Yo vi cómo su incomodidad crecía. Y entonces lo dijo. —Porque a mí… me gusta Andrea. Natalia se quedó congelada. El aire se volvió denso. —¿Andrea? —repitió, casi sin voz. Fernando asintió, rápido, como quien quiere terminar pronto. —Sí. Andrea. No tú. La frase cayó como una piedra. Natalia no lloró en ese instante. Eso fue lo peor. Su rostro solo se vació. Fernando siguió hablando, torpe: —Yo pensé que tú sabías. O sea… ellas estaban ahí, y… Natalia lo interrumpió. —Andrea sabía. No fue una pregunta. Fernando se quedó callado. Su silencio fue respuesta suficiente. Andrea sabía. Andrea siempre había sabido. Y aun así había organizado todo como un juego. Fernando se fue poco después, murmurando un “perdón” que no significaba nada. Natalia se quedó mirando el suelo. Yo me acerqué despacio. —Natalia… Ella soltó una risa breve, rota. —Soy un chiste. —No —dije, firme—. Ellos son crueles. Natalia me miró. —¿Y qué diferencia hay? Igual soy yo la que queda ahí parada. No supe qué responder. Porque a veces el dolor no necesita lógica. Solo necesita un lugar donde caer. Los días pasaron. Y entonces llegó David. Fue casi accidental. Un nombre nuevo en el grupo. Un chico del mismo año, pero de otro salón. No era el tipo de chico que hacía que las cabezas giraran al pasar. No era “guapo” en el sentido adolescente de la palabra. Pero tenía algo. Una inteligencia tranquila. Una presencia distinta. David era habilidoso jugando ajedrez, y eso en un colegio lleno de ruidos y superficialidades era casi un acto de rebeldía. Lo conocimos una tarde, cuando se acercó con un tablero bajo el brazo. —¿Alguien juega? —preguntó. Yo levanté la vista. —Un poco. David sonrió. —Eso significa que sí. Se sentó con naturalidad, como si siempre hubiera estado ahí. Empezamos a hablar. De cosas simples al principio. Clases. Profesores. Bromas pequeñas. David tenía una forma particular de conversar: como si todo fuera un juego inteligente, como si las palabras fueran piezas moviéndose. Natalia lo observaba desde el principio. Yo lo noté. La manera en que lo miraba era demasiado rápida. Demasiado intensa. Como si su corazón estuviera desesperado por encontrar un nuevo lugar donde aterrizar. En menos de una semana, Natalia ya hablaba de él como si fuera inevitable. —Es diferente —me dijo un día, casi susurrando—. David sí es… especial. Yo la miré con cautela. —Natalia, apenas lo conoces. Ella frunció el ceño. —No digas eso. —Solo digo que… —Tú no entiendes —me interrumpió, con una irritación repentina—. Tú nunca entiendes lo que yo siento. Ahí estaba de nuevo. La misma frase. La misma pared. David hablaba mucho conmigo y con Natalia. Nos hicimos amigos de forma natural. A veces se sentaba con nosotras en los recreos, a veces nos encontraba en los pasillos. Era amable. Cercano. Tenía un humor ligero. Pero había algo que yo veía con claridad y Natalia no: David era naturalmente coqueto. No de manera profunda, no con intención real… simplemente era su forma de existir. Sonreía fácil. Tocaba el brazo de alguien al hablar. Hacía comentarios juguetones. Coqueteaba con muchas chicas. Pero particularmente con nosotras… no. O al menos eso me parecía. Con nosotras era distinto. Más suave. Más amistoso. Natalia, sin embargo, lo interpretó todo como señal. Como destino. Como confirmación. Una tarde, la encontré arreglándose el cabello frente al espejo del baño. —¿Qué haces? Ella sonrió. —David me va a ver. Sentí un nudo. —Natalia… por favor. Ella giró. —¿Qué? —No te lances así. Su sonrisa se borró. —¿Por qué siempre me bajas todo? —No es eso —dije, bajando la voz—. Es que… no quiero que te lastimen otra vez. Natalia me miró como si yo fuera la enemiga. —Ya estoy cansada de que me digas que no. Y se fue. Lo que vino después fue su segunda desilusión. Natalia empezó a buscar a David con una intensidad que no dejaba espacio para la duda. Le escribía, lo esperaba, se reía demasiado fuerte de sus chistes, lo tocaba al hablar. Yo veía cómo David se incomodaba. Al principio trataba de ser amable. Luego empezó a alejarse un poco. Pero cuando Natalia finalmente le confesó lo que sentía, él no respondió como ella esperaba. —Natalia… —dijo, serio—. Yo te quiero, pero no así. Ella parpadeó. —¿No así cómo? David suspiró. —Como tú quieres. Natalia se quedó en silencio. Yo estaba cerca, escuchando. —Pero… tú me miras —susurró ella—. Tú… —Yo soy así —interrumpió David, rápido—. Yo hablo con todos. Natalia bajó la cabeza. Yo pensé que ahí terminaría. Que al menos habría claridad. Pero no. Porque David, después de saber lo que ella sentía… empezó a jugar. A veces la tocaba. A veces le decía cosas ambiguas. A veces le sonreía como si sí. Como si pudiera alimentarse de la ilusión sin comprometerse con nada. Natalia volvía a caer. Una y otra vez. Y yo estaba en medio, intentando detener algo que ya era una herida abierta. —Esto no está bien —le dije a David un día. Él levantó una ceja. —¿Qué? —No la ilusiones. David se encogió de hombros. —Yo no hago nada. —Sabes exactamente lo que haces. Él sonrió, incómodo. —No es mi culpa que ella se imagine cosas. Sentí rabia. Pero Natalia no escuchaba. David no escuchaba. Y lo único que hacían era lastimarse en círculos, como si el dolor fuera inevitable, como si fuera parte del juego. Yo hablaba con ambos, tratando de detener la situación. Pero ninguno me escuchaba. Y por primera vez empecé a entender algo que me asustó: No se puede salvar a alguien que está desesperado por caer.
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