DE REGRESO

1323 Palabras
David reapareció como reaparecen las cosas que uno cree haber superado. Sin aviso. Sin grandes discursos. Sin ninguna escena preparada. Simplemente estaba ahí. Era un martes cualquiera. Salía del edificio con la cabeza llena de tareas cuando escuché mi nombre detrás de mí. —¿Sigues caminando así de rápido o ahora te detienes a respirar de vez en cuando? Me detuve. Ese tono. Me giré lentamente. David estaba apoyado contra una de las columnas del pasillo exterior, con las manos en los bolsillos como si hubiera estado ahí desde siempre. Más alto que cuando lo conocí. Más delgado. Los hombros más firmes. Y la mirada… distinta. Ya no era el chico ambiguo del colegio que parecía disfrutar confundir a todas las chicas a su alrededor. Había algo más contenido en él, algo más serio. Lo observé un momento antes de hablar. —Pensé que te habías perdido en algún salón hace años. David sonrió apenas. —Pensé que ustedes se habían perdido en otro mundo. No fue una sonrisa coqueta. Fue nostalgia. Caminamos juntos hasta la salida del campus casi sin planearlo. Empezamos hablando de cosas simples, como hacen las personas que no saben muy bien desde dónde retomar una conversación antigua. Clases. Carreras. Profesores. Los cambios absurdos que trae la universidad. Pero inevitablemente, como si hubiera una fuerza invisible empujando cada conversación hacia el mismo punto, terminábamos hablando de ella. Siempre de ella. —¿Cómo está Natalia? —preguntó por primera vez mientras esperábamos café. Lo miré antes de responder. —Mejor. David frunció ligeramente el ceño. —¿Mejor de verdad… o mejor según tú? Suspiré. —No tanto. David bajó la mirada hacia el vaso caliente entre sus manos. —Siempre fue más fuerte de lo que creía. Había algo diferente en su voz cuando decía su nombre. No era el David del colegio. No era el que jugaba con la atención de todas. Este David parecía cargar con algo. Una tarde, mientras caminábamos por el parque del campus, lo miré directamente. —Todavía te gusta. No fue una pregunta. David se detuvo. Miró el suelo unos segundos antes de responder. —Nunca dejó de gustarme. El silencio que siguió fue pesado. —Fuiste un idiota —le dije. David soltó una risa breve. —Sí. —Uno grande. —Lo sé. —Uno bastante cruel también. Su risa se volvió más amarga. —Créeme… eso también lo sé. Seguimos caminando después de eso, pero algo había cambiado entre nosotros. Ya no hablábamos solo de recuerdos. Ahora hablábamos de cosas incómodas. Del miedo a equivocarse. De la sensación constante de no ser suficiente. Y aun así, siempre terminábamos regresando al mismo nombre. —¿Crees que me escucharía? —preguntó una noche. Lo miré. —Depende. —¿De qué? —De cómo hables. David se pasó una mano por el cabello. —No quiero jugar más. Lo dijo tan bajo que parecía más una confesión que una frase. En ese momento supe que sí era distinto. Mientras tanto, Natalia también estaba cambiando. Las semanas posteriores a Andrés no la habían roto. La habían transformado. No hacia adentro solamente. Hacia afuera. Comenzó a moverse por el campus como alguien que había decidido ocupar espacio. Hablaba con estudiantes de segundo, tercero, incluso cuarto año. Chicos mayores. Chicas con más experiencia. Ya no parecía limitarse a nuestro pequeño grupo. Se expandía. Una tarde llegué al campus y la vi sentada con tres chicos de tercer año. Natalia reía con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás mientras hablaba con las manos. Uno de los chicos le tocó el hombro con confianza. Ella no se apartó. No parecía un coqueteo desesperado. Era natural. Cuando me acerqué levantó la mirada. —Te estás volviendo famosa —le dije. Natalia rió. —Estoy ampliando mi red. —Claro. Tu imperio social. —Exacto. Pero en el fondo sabía que era verdad. Entraba a un salón y ya conocía a alguien. Saludaba por nombre. Bromeaba. Conversaba. Yo también me había vuelto más sociable, pero nunca con la intensidad de Natalia. Yo me movía en círculos pequeños. Ella parecía abarcar todo el mapa. Una tarde David me acompañó a la biblioteca. Desde nuestra mesa podíamos verla sentada con un grupo mixto de estudiantes de segundo año. Hablaban animadamente. Ella se inclinaba hacia adelante al escuchar. Reía. Se veía distinta. David la observó en silencio. —Se ve diferente. —Lo está. —Más segura. —Más consciente. David no apartaba la mirada. —Antes parecía estar buscando algo. Negué suavemente con la cabeza. —Porque ahora sabe que pueden buscarla a ella. David respiró hondo. —Quiero hablarle. —Entonces hazlo. —No quiero que piense que vuelvo a jugar. Lo miré. —Entonces no juegues. Pasaron algunos días. Y finalmente coincidieron. Fue en uno de los pasillos del campus. Yo iba unos pasos detrás cuando David la vio. Natalia también lo vio. Ambos se detuvieron. —Hola, Natalia —dijo David. Ella lo miró con calma. Lo recorrió con la mirada como si estuviera comparando al chico que recordaba con el hombre que tenía enfrente. Luego sonrió. Pero no con ilusión. Con curiosidad. —Hola, David. —Hace tiempo. —Sí. Hubo un silencio breve. David fue el primero en romperlo. —Te ves… distinta. Natalia levantó una ceja. —Eso suele pasar cuando pasan los años. —No es solo eso. Ella cruzó ligeramente los brazos. —Entonces explícate. David tragó saliva. —Te ves más… segura. Natalia lo observó con detenimiento. —Siempre lo fui. —No… —dijo él—. Antes eras fuerte. Ahora eres consciente de que lo eres. Ella guardó silencio. Era evidente que esa frase la había tomado por sorpresa. —¿Eso es un cumplido? —preguntó finalmente. —Es una disculpa tardía. Natalia inclinó la cabeza. —¿Disculpa por qué exactamente? David sostuvo su mirada. —Por haber sido un idiota contigo. El silencio entre ellos se volvió más denso. —Eso es bastante vago —dijo Natalia. —Por haberte confundido. —Eso es más específico. —Por haberte hecho creer que no eras suficiente. Natalia lo observó sin cambiar de expresión. —Nunca creí eso. David bajó ligeramente la mirada. —Yo sí lo hice. Esa respuesta la dejó callada unos segundos. —He cambiado —dijo él finalmente. Natalia suspiró. —Todos lo hemos hecho. —Pero yo necesitaba hacerlo. —¿Por mí? David negó lentamente. —Por mí mismo. El silencio volvió. Pero esta vez no era incómodo. Era reflexión. Finalmente Natalia habló. —¿Y qué quieres ahora? David dudó. —Hablar contigo. —¿Solo hablar? —Por ahora. Natalia sonrió levemente. —Eso es nuevo. —Lo sé. —Antes no eras tan prudente. David rió por lo bajo. —Antes era bastante estúpido. Natalia lo observó unos segundos más. Luego asintió. —Bueno. David levantó la mirada. —¿Bueno? —Podemos hablar. Él pareció sorprendido. —¿En serio? Natalia se encogió de hombros. —La gente cambia, ¿no? David sonrió. Pero esta vez fue una sonrisa distinta. Más esperanzada. Cuando nos alejamos caminando, no pude evitar preguntarle: —¿Todavía te gusta? Natalia tardó en responder. —Me gusta que ahora me mire diferente. —¿Y eso es suficiente? Ella pensó unos segundos. —No lo sé. —Antes sí lo habría sido. Natalia sonrió. —Antes buscaba suficiente. La miré. —¿Y ahora? Natalia levantó la mirada hacia el cielo oscuro que empezaba a cubrir el campus. —Ahora busco equilibrio. En ese momento entendí algo que antes no había visto con claridad. Natalia no estaba rota. No estaba tratando de reconstruirse. Estaba evolucionando. Y David había regresado exactamente en el momento en que ella ya no era la misma persona que él había conocido. No para salvarla. Sino para enfrentarse a la versión de Natalia que antes no existía.
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