Narra Rina Llegamos al viejo almacén poco antes de las cinco de la tarde. Hay varios hombres esperando a que lleguen otros. En el momento en que tomo la mano de Alexander al salir de la limusina en la que llegamos, todas las cabezas se levantan y se giran en mi dirección. No hacen ningún intento por ocultar sus miradas lascivas, sus ojos se deslizan sobre cada centímetro de mi cuerpo. Alexander me atrae hacia su cintura, me acurruca en la comodidad de su abrazo, me da la protección que siento que necesito urgentemente. —Caballeros, miren todo lo que quieran, pero nadie se irá con este premio en el brazo esta noche a menos que tenga el dinero que busco–el tono de Alexander no deja lugar a preguntas. Es autoritario y firme. El agente Jones se acerca en silencio y se coloca detrás de mí,

