—Entiendo —dijo Sandra—. Soy una profesional. Lena escuchó esas palabras, que resonaron como un eco de lo que había intentado explicarles a Dante y a los otros guardaespaldas en innumerables ocasiones, y se acomodó en la silla, permitiendo que Sandra terminara su trabajo. A medida que más y más mechones de cabello comenzaban a caer al suelo, Lena sintió una punzada de inquietud. Estaba de acuerdo en que su cabello necesitaba un arreglo, pero la cantidad que veía caer parecía excesiva para una simple limpieza. Sin un espejo frente a ella, no tuvo más opción que quedarse quieta y esperar a que el proceso terminara. Cuando la estilista finalmente dejó las tijeras sobre el mostrador y comenzó a secarle el cabello, Lena exhaló lentamente, un poco más tranquila. El estilista alisó y estiró, g

