Si uno cree estar limitado por su género, r**a u origen, se volverá aún más limitado. Iris La noche era tan silenciosa como agradable, pero el silencio tan melancólico como pesado. Nos encontrábamos en el tejado de aquel lujurioso lugar, Aibek a mi izquierda miraba hacia el sur y yo hacia el norte. Solo unos centímetros más y nuestros hombros se podrían rozar, pero el desconsuelo en mi pecho me impedía hasta concentrarme en la labor de hacer guardia. Aunque al parecer ya había llegado a oídos de todos la pequeña lucha que servía de bosquejo para las demás y por ende, todos los pueblerinos habían decidido permanecer en sus hogares y los guardias reales jamás pensarían que su antigua princesa se escondería en un prostíbulo. Constantemente mordía mi labios inferior con deseo de hablar, si

