Noa llevaba días sintiendo que algo no estaba bien.
Su hijo estaba distinto. Más callado, más pensativo. A veces lo encontraba mirando al cielo por largos minutos, o hablándole a las plantas del jardín como si esperara que respondieran. Una noche lo sorprendió con las manos iluminadas por un brillo suave y dorado. Cuando ella lo llamó, él escondió las manos rápidamente y fingió estar dormido.
Desde entonces, supo que algo pasaba. Algo grande.
Pero lo que más la inquietaba no eran las señales mágicas, sino la mirada de Liam: había en sus ojos un secreto. Y lo más doloroso era que, por primera vez, Noa no era parte de él.
Elian se le había adelantado.
Una tarde, al regresar del trabajo, Noa sintió un vacío inmediato. La casa estaba en silencio, demasiado. El cuaderno de Liam seguía sobre la mesa, la comida intacta. Lo llamó varias veces. Nada. Recorrió cada rincón, los nervios latiendo en su pecho.
Y entonces lo supo. No era miedo. Era certeza.
Su hijo se había ido.
Corrió fuera, preguntó a los vecinos, a los chicos del barrio. Nadie lo había visto. La noche cayó como un peso, y Noa cayó con ella, de rodillas en el jardín, sintiendo que algo dentro de ella se rompía.
Pero entonces… lo sintió.
Un calor en el pecho. Un recuerdo. Un eco de su pasado, como si la tierra misma le hablara. Como si la energía del bosque, esa que alguna vez sintió junto a Lucas, despertara una vez más.
Cerró los ojos. Escuchó.
Y vio.
Una imagen fugaz: Liam cruzando el límite del mundo humano, tomado de la mano de un hombre de bufanda verde. Elian. Noa no necesitaba verlo de frente. Su instinto de guardiana sabía que era él.
Sin pensarlo, corrió hacia el bosque. Al viejo sendero donde todo comenzó. Cada paso era desesperación y furia, pero también amor. Porque nadie, nadie, iba a quitarle a su hijo sin pelear.
El viento se volvió espeso. El aire, mágico. Y allí, entre la niebla, vio el portal. Abierto. Vibrante. Su hijo estaba allí, a unos pasos de cruzar. Miró hacia atrás, confundido.
—¡Mamá! —gritó, con un tono que mezclaba sorpresa, miedo… y duda.
Elian giró, su rostro medio oculto, y sus ojos se cruzaron con los de Noa.
Ella se detuvo. Respiró hondo. Y dijo, con la voz temblando pero firme:
—No des un paso más.
Y entonces…
El portal empezó a cerrarse.