Cogí la pequeña bolsa grisácea con la emoción tallada en mis iluminados ojos. —Vamos, ábrela— insiste Roger. Asentí con los labios apretados. Tomé los extremos e introduje mi mano hasta tomar entre mi agarre lo que parecía una cajita. —¿Es-es lo que yo creo? — titubeo. Roger se encoje de hombros como si no supiera de lo que se tratase. —No lo sé, verifícalo por ti misma. Abandone la bolsa sobre la mesa y contemplaba con mucha cautela aquella cajita adornada con un lazo amarillento dócil. Abrí la tapa con mis largas uñas beige, dejando así el contenido a la vista. —Son unas pulseras— dije sin resuello. —Si, me dijiste hace mucho tiempo, que antes de conocernos, habías perdido el tuyo cuando regresaste de la ciudad. Que te sentías algo triste ya que era un gran recuerdo y creí que sería

