Capítulo 19

4991 Palabras
Le envió un mensaje a Sabine para acordar en el baño. Tumbo ambas manos a los bordes del lavabo e intento relajarme. Me siento en la cómoda del lavabo y tomo un poco de agua del grifo. Sabine se asoma por la puerta del baño — ¿Qué ocurre? — y camina hasta mi vanguardia. — ¿Recuerdas, que te dije que me había acostado con un sujeto el fin de semana? — mi voz empieza a quebrase. — ¿en la fiesta? — se cubre la boca y sus ojos se ven vacilantes. — Si, por supuesto que lo recuerdo — postra sus manos sobre mis hombros. —¿Ya sabes quién fue? Me impaciento y mis ojos se nublan. —Fue Roger — digo en voz baja refugiando mi cara entre mis manos —Se supone que era mi mejor amigo. Me siento tan decepcionada. Me adecenta el cabello con sus manos y me mira de una manera cálida. —Calma, todo va a estar bien— levanta mi cara y acaricia mi embocadura con ambos pulgares. —Pero eso no quita el hecho de que estuvo mal lo que hizo. No puedo creer esto de el — Sabine se acerca nuevamente y me abraza. —Créeme que no es asco, el me gusta, pero me siento muy decepcionada— limpio el remojo en mis ojos y me repongo. — Pero está bien, solo, dejare que pase el tiempo. Ahora no quiero hablarle. Únicamente quería irme a casa, darme un baño de burbujas y encerrarme en mi habitación para procesar bien las cosas. Me senté en una banquilla para esperar a Romina. Ella se acercó a mí con una mirada ladina y con una sonrisilla afable. Se amoldo junto a mí en la banquilla y me dio un beso en la cara. —Sabes que soy muy maldiciente y vi todo lo que ocurrió el sábado, pilluela. —intenta hacerme cosquillas y la evado con mis manos. — Tienes que contarme cada detalle—dice entusiasmada. Rodeo los ojos —No quiero hablar sobre eso — y unos estreñimientos recorren mis brazos. —No entiendo, yo creí que te gustaba. La voz de Sabine interrumpe nuestra plática. —Romina, déjala en paz. Ella no necesita pensar en eso. Ya no se lo recuerdes más — engancha de los brazos a la rubia sentada junto a mí y la levanta de un arrastre. —Tenemos que irnos, el transporte ya va arrancar—añade antes de seguir la ruta hasta la buseta. Me fijo la mochila sobre el hombro y camino hasta el aparcamiento para esperar el transporte. Miro hacia los costados, la desaparición de Adam descuella. La chica rubia que vi en la fiesta aquella noche, persevera esperando a pocos centímetros de donde yo erro. Adam nunca olvida venir por ella, siempre está aquí a tiempo. La miro de reojo; ella camina hacia mí meneando de un lado a otro su cola de caballo. —¿No has visto a Adam? —pregunta buscándolo con la mirada. Le niego con la cabeza sin agregar palabra alguna. — Siempre esperas aquí y creí que quizás lo habías visto. El nunca olvida venir por mí — relega. Mi transporte prorrumpe en el estacionamiento y no soy capaz de abandonarle. —Mi transporte ha llegado ¿Quieres que te dé un aventón o prefieres quedarte a esperar a Adam? — Ojea por última vez; sin más opciones, accede y nos subimos en el coche. Cruzamos miradas y nos sonreímos. — Y dime, ¿Dónde vives? — sondeo visualizando las residencias entrantes. —En el conjunto Julián, a cinco calles de aquí —señala. Arrugo la entre ceja al sacar en claro. —Qué casualidad, yo también vivo hay. —Lo sé — sostiene. — Por esa razón creí que conocerías a Adam, él vive en el edificio vecino. Me había dicho algo así como eran viejos amigos. Es algo entraño, creí que serias tú ya que los vi platicando la otra noche en la fiesta. Me encojo de hombros y le doy de pasada. —Si, creo que éramos amigos, pero no estoy segura, eso fue hace mucho tiempo. Quizás me confundes con alguien más. La rubia me agradece y se pierde en el interior del edificio; el mismo edificio a donde me encamino yo. Lo más viable, es que coincida con Adam cuando va a visitarla a su departamento.   Me siento en el borde de mi cama y comienzo a releer una vieja saga de romance. Abandono el libro sobre la cómoda y camino hasta la ventana; las cortinas de Adam permanecen cerradas y ni siquiera un pequeño ruido de música se escucha. Solo se oyen las bocinas de los coches y las voces de las personas que transitan en la planta baja. Al oscurecer, cuando las estrellas brillan junto a la luna, me siento en el marco de la ventana con el libro entre manos. Se corren las persianas de la habitación vecina y se me eriza la piel. Puedo ver a Adam de reojo; parado frente a la ventana. Me concentro en lo que estoy leyendo, intento sacarlo de mi cabeza. Una puerta rechina y luego pasos constantes. Por un segundo, aparto la mirada del libro en el que me refugio y ahí está el; apoyándose del pasamano de la terraza. Mirándome directamente con esos ojos azulados y con una sonrisa que marca las pequeñas marcas en sus mejillas. Me bajo del marco y cierro la ventana, camino hasta mi terraza y me siento en el sofá. Su sonrisa se volvió retraída y su mirada más intensa. Desde mi llegada, siempre se ha propuesto a ignorarme, era la primera vez que sostenía su atención y solo porque yo la he buscado. Se estira un poco para curiosear y unas venas se tallan en sus brazos. —¿Qué estás leyendo? — pregunta sugestivamente con una voz más ronca, como si tuviera gripa. Trago grueso y lo miro por al menos unos segundos. —Nada—digo cortante y regreso de golpe al libro. Eleve mi mirada por última vez. Adam baja la suya y regresa pesadamente hasta el interior de su habitación. Las luces se apagan y las cortinas se cierran. Yo también regreso a mi habitación y me recuesto de la cama. Sé que quizás me gustaba un poco Adam, pero me disgustaba que antes, ni siquiera por una sola vez, intentara dirigirme la palabra. Solo quería evitarme a toda costa, como si yo no existiera. Como si hubiera hecho algo que le lastimase y no quisiera verme más.  Al despertar, me levante como un resorte de la cama, era más tarde de lo que cavilaba. La alarma que estaba sobre la cómoda no tintineó como en cada mañana. Al entrar a la cocina, olfateaba un ameno aroma a café y a pan tostado recién hecho. La nana retiraba los panes de la tostadora y los fijaba en una bandeja sobre el comedor. Cogí una taza y me serví un poco de ese exquisito café. Tome mi mochila y baje apresuradamente las escaleras. El transporte ya no radicaba, seguro se había marchado en vista de mi ausencia. Estaba decolorada, me hiperventilaba y mis manos estaban sudorosas. Necesitaba entregar un proyecto a primera hora y eran más de las siete. Cogí mi móvil para intentar comunicarme con un taxi, pero no había señal. Perseveré erguida al borde de la calle, mirando hacia los parajes en busca de algún transporte. La campanilla de la puerta del edificio vecino repiqueteó; Adam y la chica bermeja salían por la entrada principal con los cascos en mano, claramente iban de salida. La chica me mira sonreída al asemejarme. —¿Christine? — avanza dando zancadas hasta mi vanguardia. —¿Necesitas un aventón o quieres quedarte a esperar al monstruillo que te lleva? — me saluda con un beso en la mejilla. —Igor no es un monstruillo, solo que es muy fatigoso — rasco mi cuello y redirijo mi vista hasta un auto rojo que transita a mi costado. —en realidad, estoy esperando a un taxi— punteo la autopista. — y no quisiera molestarles — digo mirando directamente a Adam. — No seas fanfarrona, vamos — impone. —tenemos un casco extra, no nos molestarías para nada— se muerde ambos labios y le da un codazo al castaño junto a ella. Adam asiente y me mira con concordancia. —Es que no se si debería — me recojo la melena con una coleta y sin más alternativas, acabo cediendo. — Es unánime, subiré — nos marchamos hasta la motocicleta y la chica me aplasta la cabellera con un casco beige. Sujete mi falda proponiéndome abordar en el vehículo, pero me resultaba peliagudo gracias a mis mudas. Me veía como una incompetente, de ningún modo había abordado en una anteriormente y no premedité que ese día seria hoy. Sin meno aviso, Adam se arrima hacia mí y me sujeta del torso; me levanta con sus nítidas manos y me ayuda a encasillarme sobre la moto. Partía en el medio de ambos, aferrándome de la cintura del castaño y la chica en la parte trasera, se enganchaba de mis hombros. Las marañas colisionaban con mi frente y mis piernas titiritaban con cada tope. En un cruce, me aferré tanto de él que creí haberle pellizcado los abdominales.   Prontamente llegamos al instituto. Ambos se bajaron del vehículo; ella se apresuró y galopó hasta el interior del plantel despidiéndose del castaño. Adam permaneció de pie a mi lado, me escarnecía cruzar mi pierna hacia el otro lado, se vislumbraría mi ropa interior y no quería incomodarle. Desenmascara una sonrisilla mientras observa mis ineptitudes. — ¿Necesitas ayuda para bajar? — sonsacó sin desviar la mirada de mis ojos. Le echo un vistazo a los costados del vehículo. —Eso creo— masculle entre dientes. Ríe brevemente y me presa de la espalda baja. Estábamos tan cerca que nuestros alientos se mesclaban. Mi estómago se atosigo y oprimía mi embocadura. Adecúe mis manos sobre sus hombros y crucé mi pierna hacia el otro lado. Sus manos se resbalan hasta mi t*****o y las desliza hasta llegar a mis muslos como si fuera parte de un accidente. Con la cabeza baja y sus pómulos decolorados, le echa un vistazo a la lencería bajo mi falta que se ha d*********o por el viento. Cubro inminentemente mi ropa interior. — ¿No pierdes de vista a lo que no puedes tener? —burlo bajándome de la motocicleta y reacomodándome la mochila con cólera. No derrocha esa mirada intensa. — ¿Quién dijo que no podría tenerlo? — me sujeta los antebrazos con sus tersas manos y sus pupilas se expanden con desafío. —Ah-ah — remojo mis labios y estos tiemblan. —no puedes, no fui tu amiga por años para terminar como tu objeto—mis ojos se inclinan de un lado a otro detallando los suyos. —Es indiscutible — se decapita las palabras en seco y condena con la cabeza. — lo más estúpido es que ahora no pareces la misma — me desengancha y se sube nuevamente a su motocicleta. —antes podía tocarte sin sentirme diferente — enciende el motor y parte; observo como se pierde en la autopista. Sus palabras se han quedado grabadas en mi memoria, no entendía lo que había querido decirme, pero creo que Adam ha sentido lo mismo que yo.   Arribé muy tarde al género de literatura griega, pero pesqué un permiso en dirección y conseguí entregar el proyecto. El timbre del almuerzo tintineo y deambulaba con las chicas sin un rumbo fijo por el pasillo. Romina menea los hombros de un lado a otro y canturrea una música. —¡Hay fiesta esta noche!, ¡Nos vamos de party! — entona mientras recostamos los espinazos en las casillas. La miro entrecerrando los ojos. — ¿Cuál es la motivación? —le pregunto hostigada. Hace una mueca enzarzada y me giña el ojo. —Una amiga está cumpliendo veinte — presa el libro que se acierta entre su brazo derecho y lo embute en su casilla. — y quiere que acarree a unas amigas para sus partidarios que cursan con ella en la facultad. —Bien, yo voy. Apúntame — Sabine refiere temeraria llevando una pieza de sándwich a su boca. Romina disimula apuntar algo en su mano. — ¿Y tú Christine? —entona. — ¿Quieres venir o te quieres quedar reclusa en tu habitación siendo miserable? Cojo mi tentempié y reviso el contenido de la bolsa marrón; pan sin gluten y soda. —Paso— empujo la puerta metálica del casillero y me marcho hasta la cafetería. La comida que me preparo la nana provocaba aún más hambre, pero no fue eso lo que me incómodo en realidad. Solo que no estoy de humor para ir a una fiesta, pasan los días y no aun no consigo olvidar lo que ocurrió con Roger. Nos cruzamos de vez en cuando por los pasillos e intento evitarlo. No sé por cuanto tiempo estaremos así, solo he estado pensando en que debería perdonarle y seguir adelante. No fue tan importante como si yo hubiera sido virgen o algo así. Nos quiero de regreso y pretendo creer que no es imposible.   Abro la puerta de mi terraza para que se deslíe el frio. Me extiendo sobre la alfombra de piel de mi dormitorio y disimulo hacer ángeles de nieve. — ¡Christine! — exclama Adam desde su terraza. Me levanto avivadamente y permanezco en silencio. — ¿Estás en el dormitorio? —grita nuevamente y se me eriza la piel. Le coloco el cerrojo a la habitación y camino hasta el marco de la puerta con mis calcetines de cochinitos. —No hables tan fuerte, mi padre está en la sala—le susurro. —Lo siento — baja la mirada. —Solo quería disculparme por no intentar hablar contigo antes. Sobre todo, porque fuimos buenos amigos— se apoya del barandal y nuevamente se le marcan las venas en ambos brazos. Le ladeo una sonrisa. —Está bien, no tenías que disculparte— le copio al apoyarme de las barandas de mi terraza. — yo también debía acercarme a ti desde un principio. —Se lo comenté a Anica y me aconsejo que lo mejor para ambos es recuperar, aunque sea por poco, nuestra vieja amistad. Inclino ligeramente la cabeza. — ¿Quién es Anica? — pregunto. —La rubia imponente que estuvo con nosotros hoy en la mañana. Es algo fastidiosa, pero es realmente un amor cuando la conoces mejor. —Ah— me cubro la boca con ambas manos. —Que tonta soy, no sabía que se llamaba así— arqueo una ceja. —Por lo visto ustedes se cuentan todo, como lo de las chicas que traes a tu dormitorio en las noches—burlo. —Oh, ella lo sabe. —Tienen una relación muy abierta supongo. Creí que eran más— hago comillas con los dedos. —tradicionales. — ¿Es una broma? — arruga la entre ceja. —Me vas a hacer vomitar— disimula tener arcadas y me saca una carcajada. Escucho un golpeteo en la puerta de mi dormitorio, probablemente sea la nana Pía o mi padre. —No puedo quedarme más— retrocedo de espaldas y puedo ver como forcejean la perilla. —Ya es hora de cenar y si no abro la puerta, no sabes el regañón que me montara Pía. Entro al dormitorio y cierro la puerta de la terraza. Exhalo, adecento mi cabello y abro la puerta. —Christina, te dije que no cerraras la puerta de tu dormitorio. Si descubro que tienes a un chico aquí, lo voy a correr—dice de regañadientes. —Nana Pía, no me llamo Christina, me llamo Chris-tine— me aparta del medio y merodea dentro de la habitación. —Busca todo lo que quieras, no tengo a ningún chico aquí— inculca por debajo de la cama y también dentro del armario. Asienta con la cabeza. —Christina, bien que lo has escondido—sigue ruta al comedor, pero retorna y vuelve a merodear. —Olvide decirte que la cena está lista—añade. —Iré en un momento—cierro la puerta y apoyo la espalda de ella. Adam es buen chico, algo inusual, pero bueno. Quizás otro día tengamos suficiente tiempo para platicar. La realidad, es que he empezado a disfrutar de su atención. Me deslumbra que haya tomado la iniciativa.      Le envió un mensaje a Sabine para acordar en el baño. Tumbo ambas manos a los bordes del lavabo e intento relajarme. Me siento en la cómoda del lavabo y tomo un poco de agua del grifo. Sabine se asoma por la puerta del baño — ¿Qué ocurre? — y camina hasta mi vanguardia. — ¿Recuerdas, que te dije que me había acostado con un sujeto el fin de semana? — mi voz empieza a quebrase. — ¿en la fiesta? — se cubre la boca y sus ojos se ven vacilantes. — Si, por supuesto que lo recuerdo — postra sus manos sobre mis hombros. —¿Ya sabes quién fue? Me impaciento y mis ojos se nublan. —Fue Roger — digo en voz baja refugiando mi cara entre mis manos —Se supone que era mi mejor amigo. Me siento tan decepcionada. Me adecenta el cabello con sus manos y me mira de una manera cálida. —Calma, todo va a estar bien— levanta mi cara y acaricia mi embocadura con ambos pulgares. —Pero eso no quita el hecho de que estuvo mal lo que hizo. No puedo creer esto de el — Sabine se acerca nuevamente y me abraza. —Créeme que no es asco, el me gusta, pero me siento muy decepcionada— limpio el remojo en mis ojos y me repongo. — Pero está bien, solo, dejare que pase el tiempo. Ahora no quiero hablarle. Únicamente quería irme a casa, darme un baño de burbujas y encerrarme en mi habitación para procesar bien las cosas. Me senté en una banquilla para esperar a Romina. Ella se acercó a mí con una mirada ladina y con una sonrisilla afable. Se amoldo junto a mí en la banquilla y me dio un beso en la cara. —Sabes que soy muy maldiciente y vi todo lo que ocurrió el sábado, pilluela. —intenta hacerme cosquillas y la evado con mis manos. — Tienes que contarme cada detalle—dice entusiasmada. Rodeo los ojos —No quiero hablar sobre eso — y unos estreñimientos recorren mis brazos. —No entiendo, yo creí que te gustaba. La voz de Sabine interrumpe nuestra plática. —Romina, déjala en paz. Ella no necesita pensar en eso. Ya no se lo recuerdes más — engancha de los brazos a la rubia sentada junto a mí y la levanta de un arrastre. —Tenemos que irnos, el transporte ya va arrancar—añade antes de seguir la ruta hasta la buseta. Me fijo la mochila sobre el hombro y camino hasta el aparcamiento para esperar el transporte. Miro hacia los costados, la desaparición de Adam descuella. La chica rubia que vi en la fiesta aquella noche, persevera esperando a pocos centímetros de donde yo erro. Adam nunca olvida venir por ella, siempre está aquí a tiempo. La miro de reojo; ella camina hacia mí meneando de un lado a otro su cola de caballo. —¿No has visto a Adam? —pregunta buscándolo con la mirada. Le niego con la cabeza sin agregar palabra alguna. — Siempre esperas aquí y creí que quizás lo habías visto. El nunca olvida venir por mí — relega. Mi transporte prorrumpe en el estacionamiento y no soy capaz de abandonarle. —Mi transporte ha llegado ¿Quieres que te dé un aventón o prefieres quedarte a esperar a Adam? — Ojea por última vez; sin más opciones, accede y nos subimos en el coche. Cruzamos miradas y nos sonreímos. — Y dime, ¿Dónde vives? — sondeo visualizando las residencias entrantes. —En el conjunto Julián, a cinco calles de aquí —señala. Arrugo la entre ceja al sacar en claro. —Qué casualidad, yo también vivo hay. —Lo sé — sostiene. — Por esa razón creí que conocerías a Adam, él vive en el edificio vecino. Me había dicho algo así como eran viejos amigos. Es algo entraño, creí que serias tú ya que los vi platicando la otra noche en la fiesta. Me encojo de hombros y le doy de pasada. —Si, creo que éramos amigos, pero no estoy segura, eso fue hace mucho tiempo. Quizás me confundes con alguien más. La rubia me agradece y se pierde en el interior del edificio; el mismo edificio a donde me encamino yo. Lo más viable, es que coincida con Adam cuando va a visitarla a su departamento.   Me siento en el borde de mi cama y comienzo a releer una vieja saga de romance. Abandono el libro sobre la cómoda y camino hasta la ventana; las cortinas de Adam permanecen cerradas y ni siquiera un pequeño ruido de música se escucha. Solo se oyen las bocinas de los coches y las voces de las personas que transitan en la planta baja. Al oscurecer, cuando las estrellas brillan junto a la luna, me siento en el marco de la ventana con el libro entre manos. Se corren las persianas de la habitación vecina y se me eriza la piel. Puedo ver a Adam de reojo; parado frente a la ventana. Me concentro en lo que estoy leyendo, intento sacarlo de mi cabeza. Una puerta rechina y luego pasos constantes. Por un segundo, aparto la mirada del libro en el que me refugio y ahí está el; apoyándose del pasamano de la terraza. Mirándome directamente con esos ojos azulados y con una sonrisa que marca las pequeñas marcas en sus mejillas. Me bajo del marco y cierro la ventana, camino hasta mi terraza y me siento en el sofá. Su sonrisa se volvió retraída y su mirada más intensa. Desde mi llegada, siempre se ha propuesto a ignorarme, era la primera vez que sostenía su atención y solo porque yo la he buscado. Se estira un poco para curiosear y unas venas se tallan en sus brazos. —¿Qué estás leyendo? — pregunta sugestivamente con una voz más ronca, como si tuviera gripa. Trago grueso y lo miro por al menos unos segundos. —Nada—digo cortante y regreso de golpe al libro. Eleve mi mirada por última vez. Adam baja la suya y regresa pesadamente hasta el interior de su habitación. Las luces se apagan y las cortinas se cierran. Yo también regreso a mi habitación y me recuesto de la cama. Sé que quizás me gustaba un poco Adam, pero me disgustaba que antes, ni siquiera por una sola vez, intentara dirigirme la palabra. Solo quería evitarme a toda costa, como si yo no existiera. Como si hubiera hecho algo que le lastimase y no quisiera verme más.  Al despertar, me levante como un resorte de la cama, era más tarde de lo que cavilaba. La alarma que estaba sobre la cómoda no tintineó como en cada mañana. Al entrar a la cocina, olfateaba un ameno aroma a café y a pan tostado recién hecho. La nana retiraba los panes de la tostadora y los fijaba en una bandeja sobre el comedor. Cogí una taza y me serví un poco de ese exquisito café. Tome mi mochila y baje apresuradamente las escaleras. El transporte ya no radicaba, seguro se había marchado en vista de mi ausencia. Estaba decolorada, me hiperventilaba y mis manos estaban sudorosas. Necesitaba entregar un proyecto a primera hora y eran más de las siete. Cogí mi móvil para intentar comunicarme con un taxi, pero no había señal. Perseveré erguida al borde de la calle, mirando hacia los parajes en busca de algún transporte. La campanilla de la puerta del edificio vecino repiqueteó; Adam y la chica bermeja salían por la entrada principal con los cascos en mano, claramente iban de salida. La chica me mira sonreída al asemejarme. —¿Christine? — avanza dando zancadas hasta mi vanguardia. —¿Necesitas un aventón o quieres quedarte a esperar al monstruillo que te lleva? — me saluda con un beso en la mejilla. —Igor no es un monstruillo, solo que es muy fatigoso — rasco mi cuello y redirijo mi vista hasta un auto rojo que transita a mi costado. —en realidad, estoy esperando a un taxi— punteo la autopista. — y no quisiera molestarles — digo mirando directamente a Adam. — No seas fanfarrona, vamos — impone. —tenemos un casco extra, no nos molestarías para nada— se muerde ambos labios y le da un codazo al castaño junto a ella. Adam asiente y me mira con concordancia. —Es que no se si debería — me recojo la melena con una coleta y sin más alternativas, acabo cediendo. — Es unánime, subiré — nos marchamos hasta la motocicleta y la chica me aplasta la cabellera con un casco beige. Sujete mi falda proponiéndome abordar en el vehículo, pero me resultaba peliagudo gracias a mis mudas. Me veía como una incompetente, de ningún modo había abordado en una anteriormente y no premedité que ese día seria hoy. Sin meno aviso, Adam se arrima hacia mí y me sujeta del torso; me levanta con sus nítidas manos y me ayuda a encasillarme sobre la moto. Partía en el medio de ambos, aferrándome de la cintura del castaño y la chica en la parte trasera, se enganchaba de mis hombros. Las marañas colisionaban con mi frente y mis piernas titiritaban con cada tope. En un cruce, me aferré tanto de él que creí haberle pellizcado los abdominales.   Prontamente llegamos al instituto. Ambos se bajaron del vehículo; ella se apresuró y galopó hasta el interior del plantel despidiéndose del castaño. Adam permaneció de pie a mi lado, me escarnecía cruzar mi pierna hacia el otro lado, se vislumbraría mi ropa interior y no quería incomodarle. Desenmascara una sonrisilla mientras observa mis ineptitudes. — ¿Necesitas ayuda para bajar? — sonsacó sin desviar la mirada de mis ojos. Le echo un vistazo a los costados del vehículo. —Eso creo— masculle entre dientes. Ríe brevemente y me presa de la espalda baja. Estábamos tan cerca que nuestros alientos se mesclaban. Mi estómago se atosigo y oprimía mi embocadura. Adecúe mis manos sobre sus hombros y crucé mi pierna hacia el otro lado. Sus manos se resbalan hasta mi t*****o y las desliza hasta llegar a mis muslos como si fuera parte de un accidente. Con la cabeza baja y sus pómulos decolorados, le echa un vistazo a la lencería bajo mi falta que se ha d*********o por el viento. Cubro inminentemente mi ropa interior. — ¿No pierdes de vista a lo que no puedes tener? —burlo bajándome de la motocicleta y reacomodándome la mochila con cólera. No derrocha esa mirada intensa. — ¿Quién dijo que no podría tenerlo? — me sujeta los antebrazos con sus tersas manos y sus pupilas se expanden con desafío. —Ah-ah — remojo mis labios y estos tiemblan. —no puedes, no fui tu amiga por años para terminar como tu objeto—mis ojos se inclinan de un lado a otro detallando los suyos. —Es indiscutible — se decapita las palabras en seco y condena con la cabeza. — lo más estúpido es que ahora no pareces la misma — me desengancha y se sube nuevamente a su motocicleta. —antes podía tocarte sin sentirme diferente — enciende el motor y parte; observo como se pierde en la autopista. Sus palabras se han quedado grabadas en mi memoria, no entendía lo que había querido decirme, pero creo que Adam ha sentido lo mismo que yo.   Arribé muy tarde al género de literatura griega, pero pesqué un permiso en dirección y conseguí entregar el proyecto. El timbre del almuerzo tintineo y deambulaba con las chicas sin un rumbo fijo por el pasillo. Romina menea los hombros de un lado a otro y canturrea una música. —¡Hay fiesta esta noche!, ¡Nos vamos de party! — entona mientras recostamos los espinazos en las casillas. La miro entrecerrando los ojos. — ¿Cuál es la motivación? —le pregunto hostigada. Hace una mueca enzarzada y me giña el ojo. —Una amiga está cumpliendo veinte — presa el libro que se acierta entre su brazo derecho y lo embute en su casilla. — y quiere que acarree a unas amigas para sus partidarios que cursan con ella en la facultad. —Bien, yo voy. Apúntame — Sabine refiere temeraria llevando una pieza de sándwich a su boca. Romina disimula apuntar algo en su mano. — ¿Y tú Christine? —entona. — ¿Quieres venir o te quieres quedar reclusa en tu habitación siendo miserable? Cojo mi tentempié y reviso el contenido de la bolsa marrón; pan sin gluten y soda. —Paso— empujo la puerta metálica del casillero y me marcho hasta la cafetería. La comida que me preparo la nana provocaba aún más hambre, pero no fue eso lo que me incómodo en realidad. Solo que no estoy de humor para ir a una fiesta, pasan los días y no aun no consigo olvidar lo que ocurrió con Roger. Nos cruzamos de vez en cuando por los pasillos e intento evitarlo. No sé por cuanto tiempo estaremos así, solo he estado pensando en que debería perdonarle y seguir adelante. No fue tan importante como si yo hubiera sido virgen o algo así. Nos quiero de regreso y pretendo creer que no es imposible.  
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