Capítulo 14

4161 Palabras
Salí a la ciudad a hacer unas diligencias. En cuanto me detuve en el cafetín, me di cuenta de que Roger estaba sentado a un lado de la barra; tomando café. Me acerqué y me senté junto a él. Pedí una orden de dos descafeinados para llevar y tomé algunas bolsitas para endulzarle.    —Te ves terrible— digo acomodando un poco de pelo que se ha desaliñado. Roger rio ronco; soplando y tomando de la taza. —Tú también.    —Necesitamos dejar el alcohol— reímos en compás.     —¿Estabas con Adam anoche cierto? — me pregunto sobando sus cienes.   —No sé porque todos se meten en mis asuntos— tomo un sorbo de mi descafeinado. — Se supone que todos hacen lo que les da la gana y no les dicen nada, pero cuando me pasa a mí, todos me juzgan.   —No te estoy juzgando Christine, solo quiero saber— menea la cabeza. — ¿Acaso te gusta Adam?   —Te lo responderé con otra pregunta—era obvio que me gustaba Adam, pero también, en un punto de nuestra amistad, creo que le he terminado gustando a Roger.  —¿Porque todos piensan que me gusta Adam? Roger se voltea desde el asiento, me mira fijamente.  —Hablas tanto de él que no me sorprendería que te gustase— reprocha. —Hemos cambiado; ambos. Y ya no sé si somos amigos siquiera. Solo quiero que me dejen en paz, yo estoy bien con Aarón. No entiendo porque todos me preguntan por él. Me da igual, ahora, solo es el vecino de la ventana del frente —declare con un tono más arrojado, tanto algunos en el cafetín voltearon.     —Pienso que es mucho más para ti que solo tú... vecino—hace comillas con los dedos. Me encojo de hombros y no le presto más atención. —No quiero seguir con el mismo tema de siempre, solo, olvídalo. —Roger frunce el ceño con pique y yo miro a mi alrededor en torno a mi desinterés. —Es hora de que me vaya, nos vemos luego. Salí del local y me fui a casa. Llevaba los víveres para la cena, cafés en el asiento del copiloto y una puntada en las entrañas. No me gustaba pelear con Roger, pero cree que, por ser mi amigo, tiene derecho de reprocharme cosas. No soy su hija, soy su amiga, debería apoyarme, no encasillarme en la horca. Me quito el pantalón de mezclilla que me está ajustado hasta la médula y me coloco un suéter enorme aguamarina con el logotipo de un pony en el busto, se supone que estaba esperando a que la cena estuviera lista. Me tumbo sobre mi cama y me arropo de los pies a la cabeza. Tomo una siesta y al rato, me despiertan los sonidos de un búho. —Uu, uu, uu—se oye desde la terraza. Me levanto y con los pies descalzos, me dirijo hasta el balcón sobre el frio suelo para buscar al ave, pero solo me encuentro con Adam; metido en mi terraza, sentado en el sillón, con las piernas extendidas y los brazos tendidos en el espaldar. Bajo un poco el suéter a la altura de mis muslos. — No puede ser ¿Tu eres el búho? — digo sin expresión.  —¿No podías ser más idiota? Sonríe y muerde su labio inferior. —Creí que cocerías exactamente los sonidos de un animal, ¿ya no estas adiestrada a ellos? — Basta, si viniste a decirme eso, es mejor que te vayas— arqueo una de mis cejas. —Me encanta cuando te molestas. Se te ponen las mejillas rojas y tensas tus labios.  Merodeo los alrededores de la terraza. —Deja de decir estupideces. Quieras o no, tienes que irte. Si alguien te ve, me va a matar la nana. — ¿Cuál nana? — dirige su vista hasta la ventana de la cocina. — ¿Aquella que esta allá vigilándonos? — agita la mano para saludarla. Me arrimo apresuradamente hasta él. — ¡Basta! — le aferro la mano, estaba alarmada. —No quiero que me metas en problemas, me ha prometido no decirle nada a mi padre, pero tú no me lo facilitas. —Está bien, está bien— se levanta del sillón y se arrima al pasamano, pero se desliza nuevamente hacia mí y sacude su dedo. —Me iré, pero solo si vienes a una fiesta esta noche — mis piernas desnudas se estremecen al tallarse esas marcas en sus mejillas. —No puedo, tengo que estudiar— me giro arrebatadamente y el me jala hacia él tomándome del suéter. Nos chocamos muy cerca, tanto que mi busto se cruza con su pecho.  —Adam, es mejor que no insistas. Te conozco lo suficiente para saber que nunca aceptas un no por respuesta. Siempre logras convencer, solo mírate, eres un bastardo muy atractivo —coqueteo irónico. —Tú también eres una bastarda muy atractiva— dice haciendo que su cálido aliento colisione contra mis labios. — Pero tienes un gran defecto y creo que aun nadie ha tenido el valor para decírtelo— puedo ver mi reflejo esculpido en sus claros ojos y algo bombea en mi vientre. —¿Te han dicho que no sabes mentir? Me muerdo ambos labios y alojo mis manos sobre su torso para aislarlo un poco. —No miento, es en serio, tengo que... estudiar.  Me destraba poco a poco al escuchar mi coartada y abriga sus orejas con sus manos. — Nada de excusas, te enviare un mensaje con la dirección. Recuerda que no puedo oír, tengo orejas de pescado—vacila aludiéndose ambas orejas. —¿Y si te digo que no? —insinuó. —No puedes decirme que no, solo mírame, soy un bastardo muy atractivo — burla. Da unos pasos atrás, posando sus ojos sobre mi rostro. —Tú no tienes mi número — le menciono, lo que hace que se tropiece con el sillón y se reacople rápidamente. Suelto una risotada y el, cruza a la otra terraza con entorpecimiento. —Ani me lo ha dado—sigue ruta a su habitación mirándome de reojo. Bufo. —¡Anica tampoco tiene mi número! —contradigo. Se voltea por novísima vez y me giña uno de esos lucidos ojos— ¡Una tal Sabine se lo ha dado! — entra la habitación y cierra la puerta. Me reintegro a mi habitación y un mensaje de un número desconocido ha terminado en mi móvil; la trayectoria que me ha prometido Adam. Guarde el número.  Me doy una ducha y escruto en mi armario algo de ropa cómoda para dormir. No partiría a esa fiesta, no tenía ni la más imperceptible gana de asistir. Simplemente quería dormir y refugiarme en las comodidades de mi cama.  Un palpo constante se escucha en la puerta de mi terraza. Me levanto con los ojos sopapos y me coloco mis pantuflas de cochinitos. Camino hasta la puerta y la abro al distinguir a Adam del otro lado. —Lindo atuendo—se cobija en las pecas bajo mis ojos con una guapa sonrisa. —Es como para pijamada, deberías usar algo más imprevisto, como unos jeans y unas botas. —En contexto, dormía — excusé. — Por esa razón estoy arreglada de esta forma. Sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo hasta detenerse en mis pies. —Esas pantuflas de cerdos son lo más horrible que he visto en toda la semana.   Golpee su torso con juego. —Por si no lo recuerdas, tenía unas pantuflas idénticas cuando estaba en primero. — ¿Cómo no recordarlo? Nunca te quitabas esas cosas, parecía que las habías recogido de debajo de mi cama — se rasca la nuca y luego arruga la entre ceja. —¿No iras a la fiesta? —Por lo visto— me encojo de hombros, bostezo y regreso hasta la cama. Adam me sigue y se mete en la habitación cerrando la puerta de madera a sus espaldas. —¿Qué crees que haces?, lárgate.  Camina hasta el armario y extrae varias mudas. —Te obligo a ir a la fiesta— deposita un pantalón vaquero y una camiseta sobre mi cama.  —Me vas a meter en problemas. Es en serio Adam, vete— increpo agitando ambas manos.   —¿Y por qué razón estarías en problemas? — ¿En serio? —elude entre dientes cubriéndome con una mantilla. —¿No es sospechoso que un chico este metido en mi habitación a altas horas de la noche? Una sonrisa pícara se esculpe en sus labios. —En realidad, no. A menos que tú quieras hacer algo más.  —¡Basta! — bulle en un tono más fatigado. —Ya olvida tus tontas insinuaciones.   —No son insinuaciones, son propuestas; y muy directas.  Se allega al borde del colchón e intenta quitarme el suéter. —¿Qué estás haciendo? —le aprisiono los brazos e intento quitármelo de encima.  —Te ayudo a vestir.  —No soy una niña para que me domines. Si tan interesado estas que yo vaya a esa fiesta, está bien, pero déjame vestirme por mí misma— me levanto de la cama y me embuto al frente de Adam, casi acariciando nuestros pies. —Si quieres puedes quedarte y mirar— disuado pecaminosa.    —No me importaría ver el contenido— dijo temerario. Si el jugaría a las insinuaciones, yo también jugaría a ver quién cae primero. Resbalo pausadamente mis manos hasta los bordes inferiores de la chamarra, definiendo mis curvas mientras lo hago. Escalo declinando a la vista mi obligo y sin dilación, derivo hasta llegar a más allá de los senos, sacándome la muda por la cabeza, alborotando un poco mi melena. Adam me mira indeliberado, pero no está inquieto, solo permanece excitable, como si estuviera a punto de caer encima de mi cuerpo. Y yo tampoco me siento intranquila, solo algo estimulada; con el torso d*****o frente a él. No se prohíbe contemplar mis pálidos senos y algunas vibraciones recorren sus bazos. —Has cambiado mucho desde la última vez que te vi desnuda— dice provocado mientras toma una bocanada. —Jamás me habías visto desnuda— le contrarío irguiendo mi espalda y ampliando mi busto. —Claro que si — avala. —Recuerdo que estábamos en la secundaria. Nos metimos al armario del conserje y me pediste que te tocara los senos, pero en ese entonces eran como tapas de botella y me rehusé— sus mejillas se tornan rojas, tanto como un par de tomates. Manoseo su rostro dócilmente y atajo mi dedo sobre el punto medio entre sus labios. —Tu tampoco sabes mentir, se te sonrojan mejillas. Traga grueso y su cara se pone más incolora que de costumbre. Amparo mis manos llevándolas hasta mis pezones gélidos. — Esta bien, nunca vi tus senos y tampoco me pediste que los tocara. Esa fue otra chica con senos de torta y si, a esa, si se los toque. Tomo la almohada de la cama y le golpeo la cara. —Eres un imbécil, Adam — agravio. —Pero, solo por esta vez, te permitiré tocarlos. Solamente porque estoy saliendo con un chico y quiero que me digas que también están.   —Christine, con gusto te haré el favor.  Sin detallar término alguno, Adam empuja sus manos con perfección, las avecina rozando mi busto. Planta la palma sobre mis senos y sus dedos presionan los flancos, los acaricia dócilmente y se me eriza la tez. Nuestras miradas se ensamblan y ambiciono impulsarme a besarlo, pero no lo hago, solo permanezco de pie mirándolo y perdiéndome en sus ojos. Nada que arruinase este momento. Marcho un paso atrás, dejando sus manos vacías. —¿Y qué tal? — el castaño no objeta ni una sola palabra mientras me ajusto la camiseta y luego el pantalón vaquero que ha dejado sobre la cama. —¿están tan mal o te comió la lengua el gato? Veo como la tráquea en su cuello se mueve de arriba abajo con ahogo. —Si a ese tipo no le gusta tu figura, está completamente loco — cerciora sin escrúpulos. Lo mire con una sonrisa ladeada, no esperaba que dijera algo así. —Vas mejorando.  —Ha-hay que apresurarnos —balbucea el castaño dirigiéndose con rapidez hacia la terraza. —¡Christine vamos! Me asomo para merodear a Adam. —Es mejor no ir, puedo resucitar del sueño a mi padre y a la nana. Se darán cuenta con la estridencia de la puerta. — ¿Y quién dijo que saldríamos por la puerta de tu departamento? Me doy una ducha y escruto en mi armario algo de ropa cómoda para dormir. No partiría a esa fiesta, no tenía ni la más imperceptible gana de asistir. Simplemente quería dormir y refugiarme en las comodidades de mi cama.  Un palpo constante se escucha en la puerta de mi terraza. Me levanto con los ojos sopapos y me coloco mis pantuflas de cochinitos. Camino hasta la puerta y la abro al distinguir a Adam del otro lado. —Lindo atuendo—se cobija en las pecas bajo mis ojos con una guapa sonrisa. —Es como para pijamada, deberías usar algo más imprevisto, como unos jeans y unas botas. —En contexto, dormía — excusé. — Por esa razón estoy arreglada de esta forma. Sus ojos recorren mi cuerpo de arriba abajo hasta detenerse en mis pies. —Esas pantuflas de cerdos son lo más horrible que he visto en toda la semana.   Golpee su torso con juego. —Por si no lo recuerdas, tenía unas pantuflas idénticas cuando estaba en primero. — ¿Cómo no recordarlo? Nunca te quitabas esas cosas, parecía que las habías recogido de debajo de mi cama — se rasca la nuca y luego arruga la entre ceja. —¿No iras a la fiesta? —Por lo visto— me encojo de hombros, bostezo y regreso hasta la cama. Adam me sigue y se mete en la habitación cerrando la puerta de madera a sus espaldas. —¿Qué crees que haces?, lárgate.  Camina hasta el armario y extrae varias mudas. —Te obligo a ir a la fiesta— deposita un pantalón vaquero y una camiseta sobre mi cama.  —Me vas a meter en problemas. Es en serio Adam, vete— increpo agitando ambas manos.   —¿Y por qué razón estarías en problemas? — ¿En serio? —elude entre dientes cubriéndome con una mantilla. —¿No es sospechoso que un chico este metido en mi habitación a altas horas de la noche? Una sonrisa pícara se esculpe en sus labios. —En realidad, no. A menos que tú quieras hacer algo más.  —¡Basta! — bulle en un tono más fatigado. —Ya olvida tus tontas insinuaciones.   —No son insinuaciones, son propuestas; y muy directas.  Se allega al borde del colchón e intenta quitarme el suéter. —¿Qué estás haciendo? —le aprisiono los brazos e intento quitármelo de encima.  —Te ayudo a vestir.  —No soy una niña para que me domines. Si tan interesado estas que yo vaya a esa fiesta, está bien, pero déjame vestirme por mí misma— me levanto de la cama y me embuto al frente de Adam, casi acariciando nuestros pies. —Si quieres puedes quedarte y mirar— disuado pecaminosa.    —No me importaría ver el contenido— dijo temerario. Si el jugaría a las insinuaciones, yo también jugaría a ver quién cae primero. Resbalo pausadamente mis manos hasta los bordes inferiores de la chamarra, definiendo mis curvas mientras lo hago. Escalo declinando a la vista mi obligo y sin dilación, derivo hasta llegar a más allá de los senos, sacándome la muda por la cabeza, alborotando un poco mi melena. Adam me mira indeliberado, pero no está inquieto, solo permanece excitable, como si estuviera a punto de caer encima de mi cuerpo. Y yo tampoco me siento intranquila, solo algo estimulada; con el torso d*****o frente a él. No se prohíbe contemplar mis pálidos senos y algunas vibraciones recorren sus bazos. —Has cambiado mucho desde la última vez que te vi desnuda— dice provocado mientras toma una bocanada. —Jamás me habías visto desnuda— le contrarío irguiendo mi espalda y ampliando mi busto. —Claro que si — avala. —Recuerdo que estábamos en la secundaria. Nos metimos al armario del conserje y me pediste que te tocara los senos, pero en ese entonces eran como tapas de botella y me rehusé— sus mejillas se tornan rojas, tanto como un par de tomates. Manoseo su rostro dócilmente y atajo mi dedo sobre el punto medio entre sus labios. —Tu tampoco sabes mentir, se te sonrojan mejillas. Traga grueso y su cara se pone más incolora que de costumbre. Amparo mis manos llevándolas hasta mis pezones gélidos. — Esta bien, nunca vi tus senos y tampoco me pediste que los tocara. Esa fue otra chica con senos de torta y si, a esa, si se los toque. Tomo la almohada de la cama y le golpeo la cara. —Eres un imbécil, Adam — agravio. —Pero, solo por esta vez, te permitiré tocarlos. Solamente porque estoy saliendo con un chico y quiero que me digas que también están.   —Christine, con gusto te haré el favor.  Sin detallar término alguno, Adam empuja sus manos con perfección, las avecina rozando mi busto. Planta la palma sobre mis senos y sus dedos presionan los flancos, los acaricia dócilmente y se me eriza la tez. Nuestras miradas se ensamblan y ambiciono impulsarme a besarlo, pero no lo hago, solo permanezco de pie mirándolo y perdiéndome en sus ojos. Nada que arruinase este momento. Marcho un paso atrás, dejando sus manos vacías. —¿Y qué tal? — el castaño no objeta ni una sola palabra mientras me ajusto la camiseta y luego el pantalón vaquero que ha dejado sobre la cama. —¿están tan mal o te comió la lengua el gato? Veo como la tráquea en su cuello se mueve de arriba abajo con ahogo. —Si a ese tipo no le gusta tu figura, está completamente loco — cerciora sin escrúpulos. Lo mire con una sonrisa ladeada, no esperaba que dijera algo así. —Vas mejorando.  —Ha-hay que apresurarnos —balbucea el castaño dirigiéndose con rapidez hacia la terraza. —¡Christine vamos! Me asomo para merodear a Adam. —Es mejor no ir, puedo resucitar del sueño a mi padre y a la nana. Se darán cuenta con la estridencia de la puerta. — ¿Y quién dijo que saldríamos por la puerta de tu departamento? Capítulo 9 Unas sacudidas vagaban mi cuerpo y la corriente helada no ayudaba para nada. Adam me aferra de ambas manos, fue el primero en cruzar de una terraza a otra. Luego, estacione ambos pies sobre el barandal, me incline y él me halo hasta su terraza cayendo entre sus brazos; me reacomode de inmediato. Al rozar su piel, algo en mi saltaba. Admito que estando tan cerca de el en varias oportunidades, quise besarle, pero mi tonta y estúpida conciencia no quiso ceder. Rondamos por la terraza y después, Adam me abrió paso hasta su habitación; era muy diferente verle desde mi ventana. Su cama estaba desordenada, tenía una librera y algunos cuadros. Me había imaginado algo diferente, quizás un apestoso dormitorio con cucarachas muertas y pizza debajo de la cama. Me amolde sobre la cama, las sabanas estaban sacias de una colonia hombruna; olían a Adam. Escarbo en el cajón del guardarropa sacando dos chaquetas de jeans. Se acerca a mí y me embute una de ellas sobre los muslos mientras se coloca la otra. —Póntela, estoy segura que se te vera bien. — se arrima y cierra la puerta del guardarropa.  Me levanto insegura y me instalo la muda de jeans. —No creo que pueda aceptarla— refuto mirándome frente al espejo. —Es muy costosa, no debiste. Intento quitármela, pero Adam me la reajusta. —Está bien—sube el cierre. —Me gusta cómo te queda, déjatela. Además, la compre en la tienda de segunda mano, no es nada cara, estaba en rebaja.   —¿Tienda de segunda mano? no, no es posible, pero si hasta tiene el estampado original— verificaba los costados de la chaqueta. Estaba más que segura que era de una colección carísima.  Acerca su boca hasta mi oído. —Solo acéptala estúpida orgullosa— murmuro.  — Bueno, está bien— masculle entre dientes. —Me la quedare, pero solo porque tengo frio— me encojo de hombros y no le presto más importancia al asunto de la muda.  Caminamos por el pasillo hasta la puerta principal. Todo el departamento estaba ordenado. Me imagine que al vivir solo, tendría un criadero de ratas y suciedad. Nos colocamos los cascos, subimos a la motocicleta y me aferre nuevamente del musculoso torso de Adam. Las calles estaban muy hoscas, pero me sentía de lujo, como si quisiera ir en ese vehículo cada noche a recorrer la ciudad. Nos le adelantábamos a los coches y los faros solo se veían como unos simples destellos transitorios. Nos detuvimos en un domicilio; la música ensordecía desde el jardín delantero y tocamos el timbre de la puerta principal. La puerta se abrió de par en par a pocos segundos después de tocarle. —¡Christine y Adam! —clamo emocionado, mientras mi estómago se atosigo de un golpe de vista.  —Aarón—le condensé al chico parado en el marco de la puerta con un trago en mano, casi quedándome petrificada. Incontinenti, se abalanza hacia mí y me abraza dejándome casi sin aire. —Las chicas me dijeron que quizás no vendrías— me suelta arrimándose nuevamente hasta la puerta. —La noche sería muy aburrida sin ti.  —Supongo que si— reí forzada. Fui mortalmente cortante, no quería que sospechara algo. Los ojos de Aarón se detienen sobre Adam.  —¿Creí que te habías largado? ¿A dónde te has metido? —  el chico junto a mí, le contradice fingidamente con la cabeza y cruza miradas con ambos, como si estuviera hablándole en clave. Inclino un poco mi cuerpo hacia Adam. —¿Ya habías estado aquí en la fiesta? —le pregunto. Por las señales inconclusas que Adam hablaba con Aarón, estaba segura, Adam volvió a casa por mí y no sé qué porque lo había hecho, es decir, yo no era de relevancia en esa fiesta. —Oh, Adam, lo olvidaba— prorrumpe el pelirrojo antes de que Adam responda. — Anica te ha estado buscando. Está en el segundo piso, junto al baño — se aparta de la entrada. —Creo que sería buena idea que la buscaras.  —Ya veo lo que haces Aarón— responde de mala gana. Menea la cabeza y se pierde dentro del domicilio.  Aarón me toma de la mano, recorremos el patio y me lleva con él hasta la alberca. — ¿De dónde conoces a Adam?  —Es mi vecino, vive en el edificio del frente— mentí. Mientras menos supiera, mejor. —¿La casa es tuya? —No, es de mi primo, el pelirrojo de la izquierda —señala a un chico apoyado de un contrafuerte que nos sonríe al enfocarnos con la mirada. —Es un donjuán, no te le acerques — chacota. Se tumba en la orilla de la alberca y me hala para que me siente junto a él. —Esa chaqueta es genial ¿Dónde la has comprado? —Ah, ahora no recuerdo—dos manos se apoyan de mi espalda y giro mi cabeza. —¿Christine? — pregunta Sabine. Las caras de ambas se iluminan y me roban un beso en ambas mejillas.  — ¿Qué estás haciendo aquí? — dice Romina. —Yo... — se me traba la lengua en cada intento. No me alcanza a decirles que he venido con Adam, era mucho mejor así. —Me enteré de la fiesta y vine a pasar un rato con ustedes.  Sabine me toma de la mandíbula obligándome a tragarme una bebida. —Estas como hipnotizada, necesitas urgentemente unas buenas amigas que te lleven a bailar, vamos— hace una breve pausa y cruza miradas con la rubia a su vanguardia. —No, estoy bien. En realidad, iba a platicar con Aarón.  —No seas aburrida— me arrastran de los antebrazos y me levantan. —más tarde follas con Aarón, la fiesta apenas empieza— las mejillas del pelirrojo se decoloran al igual que las mías. Ni por un segundo pensé en eso, solo pensé en decirle... no, en realidad, no sabía lo que iba a decirle. ¿Como terminas con alguien así?
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