III

538 Palabras
Nos casamos el 16 de junio de 1978, dando un paso importante en nuestra relación. Retrocedo un poco en el tiempo para recordar cómo éramos en aquel entonces. Ella, la bella del barrio con una figura única, despertaba celos en mí. Mi inseguridad me llevaba a reacciones poco saludables, especialmente con aquellos que se acercaban. Sin embargo, ella nunca se enojaba, siempre calmaba mis temores, y hasta el día de hoy, es la paz de mi alma. Regresamos a 1978, un año marcado por mi servicio militar como conscripto. Mi situación bajo bandera no suponía un problema para la boda, pero ella, con apenas 16 años, necesitaba la firma de sus padres. Su padre, ausente desde hacía tiempo, trabajaba en un vivero cercano a su casa. Decidí buscarlo para obtener la firma necesaria. Mi búsqueda me llevó hasta la casa central en la ciudad, donde los expedientes estaban archivados. Al día siguiente, me dirigí a la oficina y expliqué la situación. Para mi sorpresa, me informaron que había dejado la empresa años atrás, y desconocían su paradero. Un operario me proporcionó un número de teléfono que tenía guardado, pero no sabía si aún estaba vigente. Recuerdo esos viejos teléfonos de disco, y tras tres intentos, obtuve respuesta. Era Leonardo, el padre de mi esposa, quien estaba al tanto de mi búsqueda gracias al operario que le compartió mi número. Me invitó a su casa en Florencio Varela, zona sur del Gran Buenos Aires, a unas dos horas de viaje. Acepté agradecido y pernocté en su hogar. Al día siguiente, regresé con la noticia de haber encontrado a su padre. Convencí a mi esposa para que fuéramos juntos a su casa. Al llegar, nos encontramos con su actual pareja. La situación era peculiar, y recordé el refrán que dice que cada hombre se merece la mujer que tiene. Mi futura suegra, una mujer fuerte, estaba por encima de este hombre. Llegó el día del matrimonio por el Registro Civil, y su padre cumplió con lo prometido. Legalmente, éramos marido y mujer. El día siguiente, la ceremonia religiosa en la iglesia fue emotiva. Caminaba en una nube de felicidad mientras ella, radiante, ingresaba del brazo de mi amigo Roberto, compañero de la Infantería de Marina. El padre Lorenzo, en una ceremonia solemne, nos unió ante Dios y la comunidad. El "sí" firme y potente de ella resonó en la iglesia, marcando el comienzo de nuestra vida matrimonial bendecida por el Señor. La celebración en familia fue íntima y tranquila, un recuerdo imborrable. Nuestra primera noche como esposos fue el inicio de una promesa sincera. Le dije que el día que ya no me quisiera, simplemente me lo dijera, y yo recogería mis cosas sin resentimientos. Odiaba la mentira y valoraba la verdad. Ella respondió de manera similar, estableciendo un pacto de honestidad que nos ha acompañado a lo largo de los años. Aunque hemos enfrentado problemas como cualquier pareja, siempre hemos priorizado la sinceridad. La verdad, aunque duela, ha sido nuestro lema. Así, llevamos 45 años juntos, cumpliendo el mandamiento de "hasta que la muerte nos separe". Mientras escribo estas líneas, me emociono al recordar cuánto la quiero. Agradezco a Jesús por habernos cruzado en el camino de la vida.
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