Después de renunciar a Rosita, en una inmunda parada de autobús, no quiso seguir en la cuidad. Huyó al bosque, cerca de su manada, para tratar de remendar los retazos sucios, de su ego roto. En su cabaña, cerca de los suyos no se sentiría solo, era casi imposible estando Bianca y Osma rodando cerca, más todas los cachorros de esos dos conejos. Miro el plato de comida que le acababa de servir su prima. Su comida era aceptable en comparación con la preparada en la cafetería de su empresa. Por culpa de Rosita no había mandado cambiar a los inútiles cocineros, ella le había comido el cerebro desde que lo beso. Su rico coño, la piel tersa, esas tetas gloriosa lo tenían perdido. Se le hizo agua la boca en ese instante, no por el bistec a media cocción que le habían servido, más bien los recue

