-Esto debe ser broma -se quejó Fabricio, su voz llena de frustración y confusión, mientras sus ojos me observaban buscando alguna respuesta. -No puedo ser rey...- continuó, como si el simple hecho de que me hubiera comprometido con él lo desbordara. Yo lo miraba en silencio, un nudo en el estómago, intentando entender qué estaba pasando por su mente. Me senté en la silla giratoria, sintiéndome distante de todo, como si estuviera viendo la escena desde fuera de mi propio cuerpo. Mis pensamientos eran un caos, pero lo que más me dolía no era la idea de su rechazo, sino la sensación de que todo lo que habíamos compartido, todo lo que creía que éramos, ya no estaba claro. Lo miré fijamente y, con un tono calmado, casi neutro, le respondí: -Lo eres, solo que ahora tendrás una corona, y así..

