Me encuentro cara a cara con aquella chica rubia que se lanzó sobre Nick, el día que salí del hotel.
Ella me sonríe, pero es el gesto menos sincero que jamás haya tenido el placer de recibir.
—Hola —contesto por educación.
Tomás viene corriendo, con el pánico reflejado en el rostro y agitando el trapo en el aire.
—¡Señorita Lily! ¡No, por favor! ¡No hablen!
¡¿Qué?
—¡Vamos Tomás! No soy idiota. —Ella le dedica una mirada acusadora.
Tomás se resigna y se aleja sin quitarle la vista de encima. No estoy entendiendo nada y quiero decir algo cuando ella me tiende la mano.
—Soy Lily, ¿y tú eres…?
Recordé que la última vez me preguntó lo mismo, no le contesté y me marché corriendo. Acepto su saludo ligeramente mientras ella me mira con recelo. Tal vez me considere una amenaza.
—Addison Carter —respondo.
—¿Y has venido para…?
Suelto una pequeña risa, ella debe saber por qué estoy aquí. Solo confirmo que se siente amenazada por mí y que se está esforzando por hacerme sentir incómoda.
No quiero parecer grosera y guardo las ganas de decirle que estoy aquí por qué su novio me rogó que viniera.
—Vengo a ver a una colega del señor White. Soy escritora y necesito alguna información.
Arquea una ceja y hace un gesto con la mano para llamar a Tomás. Esta mujer es de las que ya no hay, y muestra tanta soberbia como Nick descaro.
Su cabello rubio cae sobre sus hombros y sus labios son de color rojo como la última vez que la vi. Lleva puesto un vestido de lentejuela y probablemente tenga treinta y cinco años.
—Sírveme un Gin-tonic de endrinas —ordena mientras pasa por mi lado—. Eres un poco joven para ser escritora, ¿no?
Me hace enojar. No me gusta para nada esa mujer. ¿Qué verá Nick en ella, aparte de esos labios rojos e hinchados y sus dos evidentes implantes?
—Si —respondo.
Ella también se siente amenazada por mi juventud. Eso me agrada.
Cuando veo a Mark me siento aliviada. Quiero hablar con la sexóloga e irme de este lugar. Antes de llegar a mi lado, se quita las gafas y le lanza una mirada extraña a Lily. No entiendo nada de lo que está pasando.
Mark me indica que lo siga con un gesto y camino rápidamente detrás de él. No me despido de la mujer, no me interesa que me tome como una grosera.
La detesto y sé que el sentimiento es mutuo.
Mark se dirige hacia otra ala y no sé a dónde me lleva.
—¿A dónde vamos? —pregunto.
—Vamos a ver a la sexóloga, la espera en su habitación.
Asiento, eso sería lo mejor. El bar no me parece un buen sitio para charlar.
Nos detenemos en la puerta de una habitación, Mark saca una tarjeta y la introduce en la ranura, abre la puerta y me invita a entrar.
Parece una mini suite, la habitación es hermosa. Me quedo observando todo y luego escucho como Mark cierra la puerta. Supongo que tendré que esperar a que alguien llegue.
Me quedo en medio observando el opulento derroche de la decoración. Esta habitación es mucho más lujosa que las normales, debía ser para personas especiales o que pagaran mucho por ellas.
Me acerco a la cama y acaricio la increíble cama de madera. Un enorme tapiz llama mi atención.
Es bastante raro, pero muy hermoso. Debe de ser una antigüedad. Está medio clavado en la pared y asciende hasta el techo, donde nacen las enormes vigas de madera. Tiene un diseño cuadriculado, pero no lo adorna ningún tipo de tela ni de luz.
Ladeo la cabeza con el ceño fruncido, pero pronto vuelvo a erguirme al oír un ruido procedente del cuarto de baño.
Por un momento siento que va a salir la persona que estoy esperando, sin embargo, mis ojos se abren en demasía y me quedo helada cuando veo a Nick White frente a mí. Recorro su cuerpo notando que solo lleva unos pantalones de chándal.
Él espera callado mientras yo me quedo a la expectativa de una explicación. Solo obtengo una mirada penetrante de su parte. Me siento extremadamente vulnerable con él aquí, y siento como algo en mi interior empieza a revolotear.
—¿Qué es esto, una broma? —le pregunto. Pero él sigue sin responder y trato de no distraerme con el increíble cuerpo que posee.
Busco en mi mente algo de distracción, sin embargo, es imposible, no soy ciega. La verdad es que me he imaginado su cuerpo más de una vez y tengo que decir que supera por mucho mis mejores fantasías.
¿Qué se supone que debo hacer cuando él está ahí, mirándome con firmeza mientras mantiene su cabeza ladeada? Este hombre es más que perfecto. Su mirada es penetrante y tiene la boca entreabierta, percibo el subir y bajar de sus pectorales.
No es muy musculoso, es…, es simplemente y llenamente perfecto. Madre mía tiene el vientre en V.
Está nervioso igual que yo. ¿Qué hace ahí, solo con unos pantalones, recién afeitado y mostrando toda su belleza?
De pronto tengo un momento de lucidez, y recuerdo a lo que venido. Sabía que no debía confiar en él. Me rio en mis adentros porque el hecho de que haya mentido no hace que pierda el interés, al contrario, me invade el deseo.
¿Esperaba verlo? Sí, lo admito, aunque no exactamente así. Me observa con una determinación absoluta, y su mirada me dice que estoy a punto de morir de placer.
Debería marcharme, pero por más que sepa que he de hacerlo, por más que mi sensatez me obligue a huir, no lo hago.
En vez de eso, bajo la mirada hasta sus muslos, cubiertos por los vaqueros y advierto un bulto a la altura de su entrepierna.
Está completamente excitado y, a juzgar por la violenta sacudida de deseo que acabo de sentir, yo también.
—Tienes el pulso acelerado y la piel encendida sin que te haya tocado todavía —jadea Nick.
Cuando se encuentra a tan solo unos centímetros de distancia, su aroma inunda mis fosas nasales y hace que mi cuerpo se tense.
No sé cómo lo consigo, pero levanto la mirada y mantengo el contacto visual hasta que lo tengo frente a mí.
Antes de que pueda reaccionar, Nick me besa como jamás me habían besado antes. Siento sus manos recorrer mi cuerpo y para en el dobladillo de mi blusa. No puedo detener mis movimientos, subo mis manos para que pueda quitarla y así solo quedo en sostén.
Mi mente pide que huya, pero mi cuerpo no planea obedecerla. Nick sigue mirándome mientras se complace viéndome y sus ojos se vuelven aún más oscuros.
Lleva su mano al seguro de mi sostén y lo abre con un movimiento experto, dejándome desnuda de la parte de arriba.
Me da media vuelta y siento como sus manos las coloca en mis hombros, es un tacto que quema, pero que se siente tan maravilloso al mismo tiempo.
La presión aumenta cuando siento su aliento en mi nuca hasta llegar a mi oído, sé que lo estoy incitando, pero en ese momento ya he perdido el sentido por completo. Quiero más.
—Sentimos lo mismo, Addison. Deseo. Yo te deseo, como un maldito maniático. Su erótica intelectualidad me tiene loco y estoy seguro, como de que arderé en el maldito infierno, que antes que cuente hasta diez te tendré debajo de mí, en tu cama.
Las vibraciones de su voz provocan una oleada de placer por todo mi cuerpo. Tengo un nudo en la garganta. Todo esto se me ha ido de las manos.
—Sí, lo deseo.
Apenas puedo ser consciente de mi voz. No puedo creer que haya planeado todo esto. No puedo creer que esté cediendo ante él.
Presiona toda la parte de su cuerpo sobre mi espalda y empieza a mordisquear el lóbulo de mi oreja, lo que aumenta las fuertes pulsaciones que ya siento en mi vientre.
—Eres hermosa, Addison.
—Oh, Dios —digo cuando siento su erección palpitante contra mi trasero, a través del pantalón.
—Lo sientes. —Empieza a trazar círculos con su cadera y yo termino gimiendo—. Voy a follarte.
Sus palabras me convencen en lo absoluto. Me siento a su merced. Estoy consciente de que debe de tener mucha práctica hasta convertirse en Mr. Sexo como todos lo conocen.
Pero también soy consciente de que las mujeres deben caer ante sus pies. Era el claro ejemplo de que él era bueno en la teoría tanto como en la práctica.
Sin embargo, no me importa en lo absoluto, lo único que quiero es que me posea. ¿Qué daño podría causarme estar una noche con él?
Siento como sus dedos empiezan a descender. Cuando alcanza la parte inferior de mis pantalones, toma la cremallera y me apoya la otra mano en la cadera.
Doy un respingo, tengo muchas cosquillas ahí y cualquier roce me hace saltar, quiero darme la vuelta, pero él me toma con firmeza para que me quede quieta. Tal parece que le gusta mantener el control.
Cierro los ojos y espero lo que está por hacer. Baja mi cremallera y desliza poco a poco mi pantalón. Escucho que suelta un suspiro al ver mi piel desnuda.
Me suelta y me llevo la sorpresa de mi añoranza por su calor. Siento sus manos sobre mis rodillas, ayudándome a quitar mis pantalones.
Él se queda sin aliento y yo doy gracias por haberme puesto ropa interior decente.
¿Qué estoy haciendo? Estoy a merced del Adonis que se yergue tras de mí, mientras estoy con bragas y zapatillas.
—Encaje, mmm —susurra
Me carga para quitarme el pantalón que se quedó atorado en mis pies y luego me pone frente a él.
Levanto la mirada quedando a la altura de su barbilla. Si levanto un poco más mi vista me encuentro con sus hermosos labios carnosos.
Acerca una mano a mi pecho y con el pulgar me dibuja círculos alrededor del pezón. Mantiene la mirada fija en sus movimientos. Se me erizan los pezones con el contacto, y se endurecen.
Una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios. Acerca también el dedo índice, me pellizca la rígida protuberancia y hace que mis pezones palpiten y se transformen en pesados y ansiosos montículos.
Me extasía por completo que este hombre me estudie tan de cerca, que me esté provocando hasta hacerme temblar de desesperación.
Me roza el labio inferior con la lengua y busca con ella una entrada que no le niego. Lo acepto en mi boca y nuestras lenguas se baten en duelo.
Tiene la boca caliente, y su lengua es laxa pero intensa. Le rodeo los hombros con los brazos para acercarlo más mientras él presiona la entrepierna contra mi vientre.
Su erección es dura como el acero, y lucha por librarse del encierro al que la someten los pantalones que la cubren. Todas las partes de su cuerpo son perfectas. Es tal y como me lo había imaginado.
—Voy a perderme en ti.
Con un leve tirón me levanta una pierna hasta su cadera y me agarra el trasero con la otra mano.
Busca mi mirada con desesperación.
—Hay algo entre nosotros —susurra—. No son imaginaciones mías.
No, no lo son. Recuerdo lo que sucedió cuando lo vi por primera vez. Sentí como si me hubiese electrocutado, todo tipo de reacciones extrañas azotaron mi mente y mi cuerpo.
Aquello no fue normal, y me alivia saber que no fui la única que lo sintió.
—Hay algo.
Mientras clava la cadera contra la mía, sigue poseyendo mi boca lentamente y ambas sensaciones combinadas me acercan al límite. Si me toca, es probable que estalle.
Su beso se intensifica y la presión de su cadera aumenta.
—Por Dios —murmura contra mis labios—. No lo fastidies.
¿No lo fastidies? ¿Por qué me suplica eso? ¿O se lo está rogando a sí mismo?
De repente, todo cobra sentido cuando oigo a otra persona gritar el nombre de Nick. Reconozco la voz desagradable de Lily. Y así, sin más, el placer que no paraba de aumentar desaparece.