No importa pero quiero saberlo. Puede que a él le guste este juego, pero a mí no, y no va a cambiar lo que siento. Sólo creo que debería saber cuántos años tiene. Es un dato que debo conocer, igual que su color favorito, su comida preferida y la canción que más le gusta de todas. No sé ninguna de esas cosas. De hecho, sé muy poco de él. —No, pero me gustaría que me lo dijeras. No sé ninguna de las cosas básicas de ti. Me acaricia el cuello con la nariz. —Sabes que te quiero. Suspiro. Eso no es un dato básico. Empiezo a pensar en introducir el polvo de la verdad en nuestra relación. Algo tiene que haber que pueda sacarle esa clase de pequeños e insignificantes detalles. Sé que el ser persistente y preguntárselo una y otra vez no produce resultados satisfactorios.

