Martín condujo sin decir una palabra más durante casi veinte minutos, los nudillos blancos sobre el volante. Valentina miraba por la ventanilla, el corazón todavía latiéndole con fuerza por el beso violento y las manos de él entre sus piernas. Los celos seguían allí, quemando, pero ahora se mezclaban con algo mucho más peligroso: la propuesta de Ignacio, repitiéndose en su cabeza como un eco enfermizo. “Valentina se convierte en mi amante… De forma abierta… Tú podrás seguir follándola, claro… Pero ella será mía también.” Cada vez que la frase volvía, sentía náuseas y, al mismo tiempo, una extraña y traicionera excitación. No por Ignacio. Sino por el poder que representaba. Poder que podía usar para destruir a Melanie desde dentro. Poder que su abuela le había pedido con su último aliento

