Valentina bajó del taxi frente a la mansión con las piernas todavía temblando. El cielo de Santiago ya estaba oscuro, y las luces cálidas de la casa contrastaban brutalmente con el frío que sentía por dentro. Todavía llevaba el olor de Ignacio en la piel, mezclado con el jabón del hotel. Cada paso hacia la entrada le pesaba como plomo. Había cruzado una línea que no tenía vuelta atrás, y lo sabía. Pero lo peor no era el sexo salvaje ni la dominación de su padrastro. Lo peor era que una parte de ella —oscura, hambrienta— había sentido poder en ello. Empujó la puerta principal con cuidado, esperando escabullirse hasta su habitación sin que nadie la viera. Solo quería ducharse, borrar las huellas de Ignacio y pensar. Pensar en cómo usar esto para su venganza sin perderse del todo. Pero no l

