Capítulo 7 - Una nueva vida

1949 Palabras
Inés se había quedado con el rosario en la mano mientras nosotros nos infiltrábamos en las bodegas de los Contreras, los jefes del llano, eran tres primos y dos de ellos eran una patada en el culo, muy problemáticos, unos hijos de puta y después de los Cárdenas los siguientes para ser los dueños y amos. Nunca estuvieron de acuerdo con dejar de enviar mujeres a los burdeles de Europa y Asia, según ellos la v****a de una latina valía la plata y si era colombiana su culo era más apetecido. Malditas escorias, reconozco que soy un sicario, pero nunca he maltratado a una mujer y menos a unos niños, tuve una esposa maravillosa y lo mejor que me pudo pasar en la vida fue ser padre. Perdón por las expresiones, ahora me avergüenzo, entre más hago el bien, más asco me da mi pasado. Aun así, las mujeres no deben ser tratadas a la fuerza, nunca he sentido satisfacción con el maltrato a las mujeres, prefiero pensar que soy un caballero con ellas en la cama sin importar nada. Vaya que, si ha cambiado mi vida, en la semana me tiraba a dos o tres, ahora tengo meses en que no me cojo a ninguna vieja. Primero lo primero, ingresar a la finca de los Contreras, sacar a las mujeres que tengan encerradas de las que desconozco su número. Se me formó una sonrisa al recordar la expresión de la señora cuando oficialmente le dije los otros integrantes de nuestro grupo, siempre estuvieron al margen cuando era la novia del Patrón y porque teníamos mucho trabajo del Capo, ahora que no hacemos esos trabajos a ellos se les ve más seguido, pero no se los había presentado, cuando lo hice esta tarde su rostro fue digno de enmarcar. —Listo Rata, ya tenemos a Cereza y Churrusco con los camiones en el lugar acordado. —dijo Cebolla que ingresaba al despacho. —¿Es una ley el que tengan sobrenombres? ¿Por qué nunca me los presentaron? Señaló la señora a mis dos colegas, tenía ropa cómoda para la ocasión, aunque negra, le entregué chaleco antibalas, ya había solicitado un traje igual al de Roland, Cebolla también tendrá uno, en un par de meses los recibiremos. —Señora. La saludaron, Cebolla ingresó atrás de ella sonriendo, me imagino que era por lo que acontecerá. —Es mejor manejar un alias. —dije. —Al menos ellos tienen apodos más cariñosos que Rata y Cebolla. —La risa de mi segundo al mando le llamó la atención—. ¿Dije algo inapropiado? —Preséntate. La risa de los presentes que había en el despacho fue la antesala del sonrojo de la señora. —Puede decirme Mojón y estoy para servirle siempre señora. La expresión de la señora fue para alquilar vip, del sonrojo pasó al rojo y al estrechar la mano del otro integrante del operativo. —Yo soy Rasca culo. —Esta vez el sonrojo llegó al inicio de su cabello. —Es una broma, ¿cierto? —No parábamos de reírnos—. Se presentan con tal orgullo, los había escuchado antes, pero pensé que me dirían sus verdaderos nombres. —Para nada señora Verónica. —Simón. —todos la mirábamos—. Yo no puedo llamarlos de esa manera. Por favor, díganme sus verdaderos nombres o me invento uno. —Señora, no tiene nada de malo. ¿Cómo les cambiaría los apodos? —¡Es una broma! En ese momento llegó Inés para darnos la bendición a cada uno como era su rutina. —Rasca culo. —Le dijo al hombre moreno y de contextura grande—. Que Dios te bendiga. —La boca de la señora Verónica fue monumental. —Lo siento, por favor sus nombres porque yo no podría llamarlos de esa manera, es que ni cambiándole el apodo quedaría bien. —¿A qué se refiere? —El moreno se le acercó—. Es conocido entre nosotros que usted habla muy bonito, como cambiaria mi apodo. —¿Se están burlando? —medio sonrió y volvió a ponerse roja—. No podría llamarlo rasca nalga, tampoco me gusta y ni qué decir del tuyo, aunque sé que los muros de concreto que ponen en las aceras se les conoce como mojón, pero entre ustedes lo dicen de manera despectiva, así que me imagino que es por la segunda opción. Mojón era un hombre rubio, parece albino por lo blanco, de aspecto europeo, pero era más colombiano que la bandeja paisa, era el más joven y a ese carajito lo aprecio como si fuera un hijo, delgado y era el más alto de todos. » No me atrevo a llamarte popo. La carcajada en general fue mágica, ella colorada hasta las orejas, Inés mirándola con admiración y de alguna manera nosotros rindiéndonos ante su ternura. Definitivamente, era la mujer perfecta para Roland, ¡ay viejo!, como estarías disfrutando de este momento con tu esposa. —Soy Arnold. —volvió a darle la mano Mojón—. Quedo a su servicio, señora. —Gracias. —Me llamo Gustavo, gracias. —Tienen bonitos nombres, no los escondan. Acepto decir Cebolla en ocasiones porque no es tan vulgar, Cereza y Churrusco también son aceptables. ¿Qué ganan con esos apodos tan despectivos? Nos encogimos de hombros, ninguno le dio respuesta. Regresé al presente. Estábamos ingresando a la finca. Mojón y Rasca culo se encargaron de limpiar el camino, no queríamos que la señora se traumatizara mientras nosotros matábamos. Vimos diez cadáveres y al llegar al lugar Rasca culo estaba herido. —Todo bien, una puntada y quedo nuevo. Dijo, la señora se le acercó y de su bolso sacó gasa, le presionó la herida. —Esto ayudará un poco, es profunda, Gustavo. Apenas puedas que te mire el médico. —Gracias, señora. Era evidente que ya tenía en el bolsillo a dos hombres más para cuidarla, bueno todos de alguna manera estamos rendidos al servicio de ella. Santiago tiene razón, a donde vaya la señora tendrá personas que arriesguen su vida por ella. Siento que en esta cuadrilla de demonios un ángel comienza a darnos un poco de luz. Llegamos al sótano, había quince mujeres, jovencitas que no pasaban de los veinte años. Golpeadas, encadenadas con grilletes. La señora hizo su trabajo, tranquilizarlas para que dejaran de gritar, no queremos enfrentarnos aún a los Contreras, las cámaras las había clonado antes de llegar para que no quedara registro de nosotros. Una a una fuimos soltándolas, había una embarazada y muy golpeada. —Creemos que el bebé se le murió, desde ayer dice que no lo siente, el padre de la criatura la golpeó muy feo. —La señora trataba de contener las ganas de llorar. —Miguel ayúdala. Después de que liberé la pierna del grillete, Cebolla la cargó, no sin antes quejarse la joven. Las sacamos del lugar, en la carretera principal esperaban los dos camiones, en uno se fueron la mayoría de las chicas con Mojón y Rasca culo. —Gustavo, directo al médico. —Le ordenó la señora—. Cuídalas Arnold. El otro camión lo conducía Churrusco, nos fuimos con dos chicas y la mujer embarazada, no podía tener más de veinte años, con una inmensa barriga, con el rostro completamente desfigurado por los golpes, ella debe ir a la clínica. Llamé al doctor Mendoza para informarles que iríamos con una paciente en estado de embarazo, esperemos que aguante las dos horas que tardaremos en llegar a la capital. Pero el grito de agonía de la muchacha nos alarmó, llamó la atención de la señora. La chica tenía la cabeza sobre las piernas de Cebolla y la señora se puso a prestarle la atención necesaria, volvió a gritar, era evidente que entró en trabajo de parto. Esto parece una novela. —Esto no puede estar pasando, Simón detén el camión. Ordenó la señora Verónica, toqué la cabina y Churrusco orilló el camión. —Estamos a medio camino. Dije, no quería tener un enfrentamiento con alguno de los Contreras. —¡Va a nacer el bebé! —¿Sabe atender un parto? —Que yo sepa no era doctora. —Soy veterinaria, puedo hacerme cargo, llama una ambulancia, mientras llega haré lo que pueda. Se quitó el chaleco antibalas, el buzo quedando con una camiseta negra. Hice lo sugerido, solicité una ambulancia exclusiva, los gritos volvieron, estábamos nosotros y dos chicas más, en medio de la carretera y de noche. » Bueno, necesito ayuda, Cebolla sé su soporte, chicas en ese lado busquen si hay mantas o lo que nos sirva para esto. —De su bolso sacó unos guantes—. Simón, necesito más luz. Tomé la linterna, Cebolla encendió la de su celular, alumbré a las piernas de la mujer y mi amigo también enfocó hacia ese lado dándole una mejor iluminación. » ¡Jesús ya viene! —Noté un dejo de alegría por parte de ella. —No tengo fuerzas. Dijo la joven, verla con su rostro desfigurado me conmovió, las otras dos chicas habían sacado de los plásticos las cobijas que habíamos traído para brindarles algo de calor, también tenía un botiquín más equipado, no sabíamos con qué nos encontraríamos. Sin dudas parece una película, hace unos días intentaba quitarse la vida y ahora ayuda a traer una vida. Dios tus hilos sí que son incomprensibles. —¿Cómo te llamas? —¡Diana Ramírez! —volvió a gritar. —Bueno, Diana. Un placer, me llamo Verónica Vásquez. Miró a las otras jóvenes y les hizo señas para que colocaran las cobijas a un lado. » Miguel, Simón ayúdenme a ponerla sobre las mantas, ¿hay tijeras, alcohol, agua? —Sí, hay un poco de cada una de esas cosas. —respondió una de las chicas, una bella morena. —Diana, toma la mano de Miguel, aférrate de ella para pujar, sé que estás muy débil, que te duele el cuerpo, pero piensa en tu bebé. ¿Amas a tu bebé? —Él no tiene la culpa de lo que me pasó, pero yo no creo… —Vas a poder, créeme. Lo haremos y este guerrero o guerrera nacerá sano y será lo único bueno de este mal momento, es esa luz a la que te aferrarás linda, ¿estás de acuerdo conmigo? —La joven volvió a gritar—. Puja cuando sientas la contracción, hazlo por tu bebé. Nunca en mi jodida vida había visto el nacimiento de un ser humano, nunca había sido consciente que la v****a podría abrirse de esa manera, he sido un puto malparido sicario, pero eso que mis ojos registraban jamás me lo habría imaginado. No pude seguir viendo a la mujer como un objeto, no soy tan degenerado, pero he de reconocer que he sido un hijo de puta con el trato de las mujeres en algunas ocasiones, aunque me consideraba un caballero que las trataba con delicadeza en la cama, más con respeto, de ser así no me hubiera acostado con el mundo de viejas que he disfrutado. Cebolla le decía algo a la joven en el oído, él no veía lo que yo sí, las chicas, le pasaban lo que pedía la señora, mientras que ella sostenía lo que estuviera saliendo por esa v****a, empecé a sudar frío. La joven seguía gritando y las palabras de aliento de la señora Verónica cada vez eran más lejanas para mí. Un llanto se escuchó, la frente me sudaba, esa sangre, esa imagen. —¡Lo lograste! Habló Cebolla. Otro grito de la muchacha y el llamado de la señora para que enfocara bien. » ¿Viene otro bebé?
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