Después de comprar lo que necesitábamos y queríamos, porque los tres nos vimos comprando ropa, juguetes, accesorios a un bebé de quince días de nacido. Al llegar al parqueadero guardamos las cosas en el maletero del carro, incluso habíamos comprado el traje de bautizo.
Me senté en la parte de atrás mientras que Miguel fue el conductor, siempre le han dado esa responsabilidad y lo comprobé el día del atentado de mi marido. Estábamos lejos de la casa, ya era más de las nueve de la noche y el tráfico en esta ciudad era un desastre.
—Rata, nos siguen.
El comentario de Cebolla disparó los latidos de mi corazón y al tiempo sus relojes pitaron.
—Señora, cálmese. —Simón sacó sus armas y Miguel también—. Desvíate Cebolla.
Ordenó su jefe, habían cambiado su actitud, mientras que yo trataba de controlar mi respiración, ellos se veían tan tranquilos, Simón llamó por celular.
» Mojón, nos siguen, rastreen mi carro y vengan a darnos refuerzo.
—¿A las afueras?
Fue la pregunta del conductor, ellos se comunican en clave, Simón solo afirmó.
—¿Por qué nos siguen? Y quiero la verdad, por favor.
—Varias teorías.
—¿Cuáles? —demandé.
—Señora. —Simón comenzó a hablar, Cebolla se dirigía a las afueras de la ciudad—. Estamos en la mafia, soy el posible sucesor del cartel, aunque no lo deseo, no sé cuál es la orden del patrón, maté a Salcedo, maté a Jaime Jaramillo, están casando a los jefes de los carteles del país. —Se giró para mirarme.
» Muchas razones, ¿ahora confía en nosotros? —afirmé—. Baje el espaldar de ese asiento, saque el bolso que hay ahí, póngase el chaleco antibalas y el casco, dentro de poco, Cebolla se convertirá en un piloto de carrera cuando pueda salir de Bogotá, sé que a usted no le gusta la velocidad, por el amor de Dios no grite, eso nos desconcentraría.
—Bien.
Hice lo que me dijo, a los quince minutos vi cómo Miguel se transformaba en un piloto de la Fórmula Uno, si cierro los ojos me marearé, no quiero vomitar.
—Después del peaje los esperamos y los encaramos.
¿Qué? ¿Van a enfrentarse a quema ropa?, no digas nada Verónica, ellos saben lo que hacen. —Me dije—. Me pidieron silencio y por una vez en mi vida haré caso. El auto que nos seguía también aumentó la velocidad, era evidente que querían alcanzarnos, era una ventaja que fuera tan tarde, la carretera estaba desierta, al pasar el peaje y desviarse para tomar la carretera para Cajicá se comenzaron a escuchar los primeros tiros.
Solo fui una receptora de movimientos y sincronización de dos expertos que se enfrentan a la muerte, parecía una película de acción, el par de hombres se miraron, Cebolla dio un giro al carro y comenzó a conducir en reversa mientras que Simón sacaba la mano por la ventanilla y les disparaba a los dos neumáticos delanteros del carro logrando que este se viniera de frente y realizando un sin números de volteretas.
Me dio miedo que ese carro nos alcanzara, pero debo reconocer que al volante hay un experto. Había otro carro persiguiéndonos y más atrás otro descargando tiros de metralleta.
—Esos son los nuestros. —dijo Simón con la tranquilidad del caso—. Vamos a ver quiénes eran esos hijueputas.
Cebolla frenó y comenzó a manejar ahora de frente, estábamos en contra vía, esto era una locura, se detuvieron, se bajaron como si no hubiera pasado nada, mientras que mi pulso estaba que reventaba los relojes de ellos.
El carro donde iban Arnold, Gustavo, Churrusco y Cereza también se detuvo, ellos habían acabado a los escoltas que seguían el carro que Simón aniquiló. Bajé el vidrio de la puerta del auto para escuchar lo que hablaban y me quité el casco. Miré cómo Rata sacaba y arrastra a un tipo y Cebolla hacia lo mismo con el otro.
—Vaya, vaya, vaya si son estas dos escorias. —decía Simón—. Podemos saber ¿cuál fue su razón? Deben de tenerla y bien grande para tener las güevas de enfrentarnos.
—Maldita gonorrea. —dijo uno de los hombres heridos que estaban en el piso.
—Ustedes nos quitaron el cargamento de las putas.
Comentó el hombre que estaba a los pies de Miguel, Dios, ellos deben ser los… ¿Cómo era?, los Contreras.
—¡Putas!
Gritó Miguel, se estiró en su postura, con el arma en la mano la dirigió a la cabeza del tipo.
» Diana no es ninguna puta, nos vemos en el infierno. —descargó cuatro tiros en la cabeza del tipo y dos más en los testículos.
—Maldi… —Simón se encogió de hombros y le dio un tiro a su presa en la cabeza. —Rasca culo, limpien el desastre.
—Si señor. —cuando regresaron al auto me miraron.
—Lamento. —negué varias veces—. La felicito por no gritar señora. —miré a Simón, mientras Miguel emprendía el viaje de regreso.
—El que no haya gritado no significa que no tenga ganas de hacer del número dos.
Las carcajadas eran estruendosas en el espacio reducido del auto, eran contagiosas y por más que estaba muerta de los nervios no pude evitar sonreír también.
» ¿Y a ti como debo llamarte de ahora en adelante? —miré a Miguel y él me la devolvió a través del retrovisor, se encogió de hombros—. ¿Dominic Toretto? —Las carcajadas fueron más sonoras.
No podría mentir, esa maniobra fue digna envidia de una película. Al llegar a la casa, pasada la medianoche con un sin números de bolsas de regalo, las que dejamos en la sala y nos percatamos que Inés estaba arrodillada con un rosario en la mano.
—El poder de la oración no es tan remunerada como la constancia al hacerlo. —dije.
—Si nosotros tenemos el infierno ganado, ella tiene el cielo a su disposición. —comentó Simón—. Es hora de descansar, señora. —afirmé.
Le di un beso en la mejilla a cada uno y soy consciente de que cada vez que lo hago para ellos era un momento incómodo, pero deben acostumbrarse. Ojalá en las oraciones de Inés pida por ellos y por la mujer indicada, era evidente que Miguel era más a los gustos con mujeres.
Mañana será un día de trabajo largo, Diana como mi asistente y Gladis como mi represéntate legal ante las empresas, debemos ponernos en contexto. Al ingresar a la recámara la nostalgia me invadió, Galaxia al verme entrar llegó a mis pies, al igual que sus dos cachorros.
Bajo lágrimas los acaricié y después de dejarlos en sus respectivas camas me metí en la mía con la camiseta de Roland puesta. Me abracé a ella y aspiré su perfume.
—Te amo, donde estés Cielo, que tengas dulces sueños.
Faltaban dos días para la lectura del testamento y tres para el bautizo de Isaac. Toda la semana he pasado en el despacho con Diana organizando la información enviada por Gladis, quién era la representante legal de las fundaciones.
Fue decisión unánime y lo será por un tiempo determinado debido a los constantes altercados que se han presentado entre los jefes de los carteles. Por eso le he delegado un escolta para dichos trámites y Gustavo aceptó llevarla a todo lado, no quiero que le hagan algo por mi culpa.
Hace dos días llegaron a la casa con Enrique y ese niño me trajo de regreso a la Verónica que nunca debí dejar de ser. Si hubiese tenido un niño lo habría llamado Enrique. Mi asistente me contó una parte de su vida y ahora la admiro más por su fortaleza para enfrentar la vida, ha demostrado una gran nobleza.
¿Quién iba a creer lo fuerte que era al verla?, era una mujer de un metro con cincuenta y seis de estatura, mide como diez centímetros menos que yo. Simón y Miguel han salido mucho y otras veces se encierran en el sótano.
Hago los ejercicios con ellos a las cuatro de la mañana, desayunamos en familia con el resto de los muchachos si no están en alguno de los trabajos encomendados, después del desayuno no los vuelvo a ver hasta la cena.
Sin ellos no salgo y tampoco me dejan salir, con la persecución que viví me he puesto algo paranoica. Mi padre y hermano llegarán el sábado para el bautizo. Esta mañana después del desayuno nos dijeron que querían hablar con nosotras en la noche respecto a los avances que han tenido con el asesinato de Roland.
Me parece mentira que en tres días se cumplan tres meses de la muerte de mi esposo y era mejor no pensar en eso. Mejor me concentro en lo que me envía Gladis, Diana se había inscrito en varios cursos virtuales.
—Señora, Vero. —Había sido imposible quitarle la palabra señora al llamarme.
—Tú saliste más terca que la gente de la casa, deja de decirme, señora, te considero una amiga.
—Pero si ya consiguió que al menos le diga Vero. —sonreí. En ese momento ingresó Inés con el bebé en brazos.
—Este príncipe tiene hambre.
Ver ese brillo en los ojos de esa chica me hizo lamentar el que no tendré hijos, admiro su madurez, aunque solo sea un año y medio menor que yo. Tiene claro que ese bebé fue producto de violaciones constantes, pudo no haber sabido quien era el papá, pero desafortunadamente el progenitor se ensañó con ella y por tres meses seguidos él era el único que la forzaba, el tal Jaime Jaramillo, el mismo que ahora debe estar en el infierno. Después de alimentar a su hijo en el mueble del despacho, se lo entregó de nuevo a su abuela.
—Nunca me cansaré de darle las gracias, no solo por rescatarme, sino darme asilo, pagar mis gastos médicos, ahora darme empleo y próximo la posibilidad de estudiar. —miró la puerta por donde salió el niño—. Ahora puedo darle una educación y pagarle un seguro.
—¿Diana en que hemos quedado?