Habían matado a otro cabecilla, ¿esta mierda que significaba?
—Lo que escuchaste, supuestamente fue una riña por una vieja, pero a mí se hace mucha coincidencia.
—Disculpa, los temas de la organización no son mi prioridad ahora. No hasta que se lea el testamento, ahora ando buscando al malparido que mató a mi jefe.
—Entiendo. Quería infórmate, nos hablamos luego.
Volví a mirar el monitor, la señora no se encontraba, miré por la ventana para ver si había vuelto a salir al jardín y nada, regresé a los monitores, devolví un par de minutos y fui adelantando hasta saber dónde se había metido.
Estaba en la cama, se levantó en dirección al baño, antes de entrar miró a la cámara y dijo. «Gracias, Simón». La piel se me erizó, corrí hasta el baño, sabía lo que había hecho, estaba encerrada, de una patada partí la puerta y la encontré en el piso, sentada en un charco de sangre con sus manos a cada lado de su cuerpo, agarré un par de toallas de manos, se las amarré en las muñecas, Presioné el botón de pánico que había en el cuarto, regresé a cargarla.
—Ahora no es el momento, pero me va a escuchar, ¡ya está maricada se debe acabar!
La sentía más muerta que viva. Sé que no soy digno ante tus ojos Dios, pero no te la lleves. Te lo suplico.
» ¡Ayuda! —grité.
El pasillo se llenó con doctores y enfermeras, ella estaba toda manchada de sangre, por consiguiente, mi camisa quedó igual. Se la llevaron corriendo, me senté en el pasillo en frente de la puerta donde desapareció la señora Verónica.
» No te la lleves Roland, la amaste mucho, no seas tan orgulloso de llevártela.
Susurré. No sé qué tiempo pasó, vi a Cebolla corriendo hasta llegar a mi lado.
—¡No!
Él debió de verificar su rastreador, el mismo que pitaba en mi reloj, el que ignoré mientras trataba de detener la hemorragia de sus muñecas.
—La están tratando.
—Tienes mucha sangre.
—Unos segundos, solo desapareció unos segundos de mi radar. No podemos seguir así Cebolla. ¡Te juro que apenas se recupere, le voy a dar un par de correazos para ver si reacciona!
—Los necesita. ¿De dónde sacó con qué cortarse?
—Quien sabe desde cuándo lo andaba planeando, utilizó media hoja de cuchilla Minora, no sé de dónde la sacó.
—De su vecino, cada tres días el enfermero rasura al viejito con el que desde hace más de una semana entabla conversación, sabes que es vecino de patio, es su rutina.
—Es muy astuta. —dije—. Ella siempre ha sabido cómo evadir mi vigilancia.
— Voy a llamar a su familia. —afirmé.
Nos dejaron entrar a su habitación a la media noche, verla entubada, pálida, delgada, me preocupaba, siento que le estoy fallando a mi amigo. El médico nos dijo que las heridas eran profundas, le hicieron trasfusión de sangre. No puede seguir en esta situación. ¡Debe reaccionar!
—Descansa Rata, yo me quedo hoy haciendo guardia. Ya le escribí a Mojón para que venga.
—Bien. Nos vemos mañana, voy a la casa a ver a Inés, debe estar preocupada al igual que los demás.
—No les he avisado, ni siguiera Arnold, sabe. A la pobre de Inés vamos a tener que regalarle almohada para sus rodillas, pasa orando por nosotros. —sonreí ante su comentario—. Sí, ahora sumará a sus plegarias a la señora Verónica, nos vemos mañana, don Fausto y Santiago llegan a primera hora. —suspiré.
Lo habíamos invocado, Inés oraba arrodillada en la sala cuando abrí la puerta, se asustó al ver mi ropa llena de sangre.
—¡Simón! —llegó a mi lado.
—No es mía, es de la señora Verónica, se cortó las venas. —El grito fue abrumador—. Ya está fuera de peligro, pero no sé qué hacer para que ella reaccione.
—Amor y tiempo, debemos hacer que vuelva a acercarse a Dios, ella lo necesita.
—Estoy agotado, he trabajado menos y me siento boqueado.
—Bueno, estaba esperando la llegada Cebolla, pero solo dejó a Mojón en la entrada y salió a buscarte, quería llevarte un sobre que trajo una joven, sabes, su rostro se me hizo conocido, por más que le he echado cabeza, no logro saber dónde la conocí. Te dejó algo. —llegó hasta la mesa, me entregó un grueso sobre de manila—. Dijo; no se tarden y deben viajar después del testamento.
—No entiendo, lo miraré mañana, regálame esas pócimas benditas, ¿los demás duermen? —afirmó. Mañana miro las grabaciones para saber quién dejó dicho mensaje.
—Son aromáticas.
Llegué con Inés a la clínica, les dejé instrucciones a cada uno de los muchachos para que hicieran acto de presencia en las empresas de Roland. Mientras no estoy que ellos me ayuden al respecto.
Tenía el grueso sobre en mis manos, nos encontramos a los familiares de ella, su padre, hermano y cuñada. En la mañana que hablé con Cebolla me dijo que había despertado, que quería hablar conmigo. Al ingresar a la habitación le entregué a mi amigo el sobre.
—Llévalo al cuarto, luego lo miramos. Ya vengo.
Me acerqué a ella, al verme bajó la mirada. Sus familiares la abrazaban, le decían infinitas palabras de aliento, Inés era una de ellas, su padre lloraba sin consuelo, una cosa era decirle y otra era verla. Los ignoraba a todos, las enfermeras ingresaban, le suministraban el medicamento y se quedaba dormida.
Todos me dieron las gracias, la visita duró todo el día, Raúl llegó con Juan quien quedó conmocionado ante la situación, Cebolla se veía agotado y después de hablar con Raúl su genio aumentó, estos no andaban tan bien. A eso de las seis de la tarde se fueron retirando, la señora no paraba cabeza, el medicamento la tenía bajo efecto.
—Mañana volvemos, Simón. —estreché la mano de don Fausto—. Una vez más, gracias por salvarla y llegar justo a tiempo.
—No es nada, es mi trabajo señor.
Ellos desde que pasó lo de la boda, cuando llegan a Bogotá, se quedan en el apartamento que Roland le regaló a la señora.
—Gracias. —Me dio un beso en la mejilla la mujer de Santiago—. Sé su conciencia, solo te escucha a ti.
—No escucha a nadie. —dije.
—Las veces que abrió los ojos, te miraba a ti. —comentó Santiago.
—Debo ser honesto, ¡quisiera darle un par de correazos para hacerla entrar en razón!
—Estás autorizado. —dijo Santiago—. Debemos experimentar con las terapias de choque, ¡qué entre en razón!
Nos estrechamos las manos, se despidió de Inés y Cebolla, se fue con Raúl que parecía querer incendiar a mi amigo con la mirada.
—¿Puedo seguir visitándola? —La pregunta de Juan me molestó un poco.
—Eso es algo que debe responderte ella, no yo. Lo único que te puedo decir que los horarios son una hora en la mañana y una hora en la tarde. Hoy fue una excepción por lo acontecido.
—Bien, lo tendré presente.
Se acercó a ella, le dio un beso en la frente y otro en la nariz. No sé si son ideas mías y debo detener el tema, pero me dio ira que lo hiciera, no porque sienta atracción por la señora Verónica, ¡era que ella era la mujer de mi amigo!, apreté mis puños, solo fui consciente de mi cambio de actitud cuando la mano de Inés se posó sobre la mía, vi que también tenía su mano sobre la de Cebolla, ¿mi amigo también sintió lo mismo?, por una fracción de segundo nos miramos ¿Qué mierda era esto?
—Joven, no lo tome a mal, espere a que ella se encuentre consciente para tales demostraciones de afecto, conociendo a…
—No me lo hubiera permitido. —respondió Juan—. Lo sé. Vuelvo otro día.
Nos quedamos los tres, ella aún dormía, entramos a la habitación continua, mi segundo tomó el sobre y me lo entregó, al abrirlo había treinta y una carpetas, cada una con el nombre del jefe de cada ciudad, una de ellas decía Bogotá, al mirar el interior la primera hoja en letra de computador decía.
MUERTO
Nos miramos y él se acercó con el entrecejo unido, en esas se cayó un papel, al recogerlo solo decía.
Jaque mate después del testamento.
—¡Inés! ¿Cómo era la mujer que te entregó esto? —Cebolla tomó mi laptop, la conectó al computador que había en la mesa, lo vi que ingresaba a las cámaras de la casa—. ¿Inés?
—Tenía una gorra, solo dijo; entrégalo solo a Rata y no se demoren, después del testamento viajen. Miré las imágenes de la pantalla.
—Y es astuta.
La imagen en el monitor revelaba a una mujer dándole la espalda a la cámara escondida en la entrada, devolví el video, desde su ingresó estaba cubierta, no solo por la chaqueta con capucha, tenía gorra, gafas, bufanda, guantes de lana y al tocar a la puerta se hizo de espalda a la cámara oculta en la entrada.
O fue suerte o sabía de ella, lo cual sería imposible, solo tres personas saben de su existencia, dos estamos aquí y uno está muerto, ni siquiera Inés tenía conocimiento, la cámara interna captó unos labios muy rojos. Le tomé foto a esa imagen, era lo único de piel.
—Se quitó los lentes y los ojos son verdes. —continuó diciendo.
—Entonces eres la única que la ha visto. —La miré.
—Tengo buena memoria, si me entregan fotos yo podría reconocerla.
—Bien, lo que no comprendo era porque una desconocida nos entrega información confidencial.