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1846 Palabras
Llamado Damian se recostó en la amplia cama de su departamento en Londres, un lugar que, a pesar de estar perfectamente ordenado, tenía el aire impersonal de quien nunca se queda lo suficiente para llamarlo hogar. Las paredes eran lisas, sin cuadros ni adornos. La decoración era mínima: muebles modernos y funcionales, una paleta de tonos grises y negros y estantes vacíos que apenas sostenían algunos documentos y objetos personales dispersos. Solo una mesa baja de cristal junto al sofá sugería actividad reciente, con restos de un café frío y un cuchillo táctico dejado descuidadamente a un lado. El espacio reflejaba su vida: práctico, eficiente y siempre listo para la próxima misión. Las ventanas, de piso a techo, dejaban entrar las luces de la ciudad, parpadeando como estrellas artificiales en la noche londinense. Damian rara vez se quedaba en el departamento y cuando lo hacía, era solo para recuperar fuerzas antes de volver al campo. En la penumbra de la habitación, sostenía el medallón entre sus dedos, observando con detenimiento cada grabado y las intrincadas runas antiguas que parecían contar una historia olvidada. La cadena colgaba entre su mano, balanceándose ligeramente con el movimiento de sus dedos. No podía explicar por qué aquel artefacto capturaba tanto su atención. Tal vez era su complejidad, el peso extraño que parecía portar más allá de lo físico. O tal vez, pensó con una sonrisa sardónica, tenía que ver con la mujer a la que pertenecía: la vampiresa de mirada desafiante y labios peligrosamente tentadores. Recordó su enfrentamiento con ella, la forma en que sus cuerpos se habían cruzado en combate, el destello de furia en sus ojos cuando él la había descolocado. Incluso ahora, podía sentir el calor residual de aquella mordida salvaje en sus labios. Damian frunció el ceño, apartando esos pensamientos. No tenía tiempo para distraerse con mujeres y mucho menos con criaturas que pertenecían a un mundo del que siempre había preferido mantenerse al margen. Sin embargo, no podía negar que había algo en esa vampiresa que lo había marcado tanto como el objeto que sostenía. Después de unos momentos, dejó escapar un suspiro largo y pesado. Acomodándose en la cama, dejó el medallón sobre la mesita de noche, aunque sus dedos dudaron un segundo antes de soltarlo. Finalmente, se hundió en las sábanas oscuras, cerrando los ojos mientras la respiración se volvía lenta y constante. El mundo exterior se desvaneció poco a poco, pero incluso en el umbral del sueño, el brillo etéreo del medallón y la imagen de la vampira persistían, aferrándose a su mente como un recuerdo al que no podía escapar.  El Sueño Damian caminaba en un mundo de sombras y susurros, un paisaje onírico que parecía al borde de desvanecerse en cada paso. La niebla envolvía sus pies descalzos, densa y etérea, mientras el aire estaba cargado de una tensión eléctrica, casi tangible. El corazón le latía con fuerza, como si algo desconocido lo estuviera llamando desde el centro de aquel lugar imposible. Y entonces la vio. La mujer vampiro. Estaba de pie, apenas a unos metros de distancia. Su vestido n***o, ahora fino y ajustado, se adhería a su cuerpo como una segunda piel, dejando al descubierto sus curvas de manera deliberadamente provocadora. Su cabello caía en suaves ondas sobre sus hombros desnudos y sus labios rojos se curvaron en una sonrisa pícara, tentadora. - Damian... - susurró su nombre, una caricia al oído que le recorrió la columna como un latigazo de placer y dolor. El hombre intentó hablar, pero las palabras se ahogaron en su garganta. Dio un paso hacia ella, y luego otro, con cada músculo de su cuerpo clamando por alcanzarla. La necesidad era abrasadora, dolorosa, como si algo primordial dentro de él lo impulsara sin descanso. Pero cada vez que extendía la mano, Alessia se escabullía entre sus dedos, desvaneciéndose con la elegancia de un humo espeso. Su risa suave resonaba a su alrededor, burlona y seductora, avivando su desesperación llamándolo en susurros seductores. - Quédate... - gruñó con frustración, su voz grave cargada de deseo y furia contenida. Ella lo miró por encima del hombro, con la mirada cargada de promesas no dichas. - Ven a mi… Damian rugió de rabia, impulsándose hacia adelante con una rapidez brutal, pero Alessia siempre estaba un paso por delante, bailando fuera de su alcance con una gracia dolorosamente sensual. Su necesidad por ella se intensificaba a cada momento, quemándolo desde dentro. La deseaba con una ferocidad que rozaba la locura. Finalmente, cuando estuvo a punto de alcanzarla, Alessia se volvió una vez más, sus ojos brillando como estrellas oscuras. - Me perteneces ahora - susurró contra sus labios, tan cerca que casi los rozaron. La sensación era devastadora y entonces, todo se fragmentó. Damian despertó de golpe, su cuerpo encorvado sobre sí mismo mientras un dolor punzante le atravesaba el pecho. Jadeó, intentando respirar, pero cada inhalación era como una puñalada ardiente. - Maldita sea... - gruñó entre dientes, apretando los puños sobre las sábanas empapadas en sudor. El dolor no cedía, retorciéndolo como si su propio cuerpo estuviera en guerra consigo mismo. Finalmente, tras lo que pareció una eternidad, su respiración comenzó a regularse. Su corazón aún martilleaba contra su caja torácica, pero el tormento físico disminuyó lo suficiente para que pudiera alzar la mirada. Fue entonces cuando lo vio. Sobre su pecho desnudo, allí donde antes no había nada, una marca brillaba con un rojo ardiente, como si hubiera sido grabada con una garra afilada. Las líneas formaban una espiral entrelazada con líneas afiladas, un símbolo antiguo, intrincado y perturbadoramente hermoso. Cada pulsación del sello resonaba en su piel, como si estuviera vivo. - ¿Qué mierda es esto...? - murmuró, tocando con dedos temblorosos la superficie caliente de la marca. El dolor aún palpitaba bajo sus yemas y la visión del símbolo le provocó un escalofrío que nada tenía que ver con el frío del amanecer londinense. Damian apretó los dientes, su mandíbula tensándose mientras la furia se mezclaba con la confusión. Algo había cambiado dentro de él, algo que no podía explicar pero que, de alguna forma, sabía que tenía que ver con esa mujer. Y eso lo enfurecía aún más. La Búsqueda Damian entró al edificio de la agencia con el ceño fruncido y una expresión que ahuyentaba hasta al más valiente. Las luces blancas de los pasillos iluminaban su rostro tenso, acentuando la sombra de fatiga bajo sus ojos. No había dormido en toda la noche y el maldito sueño lo había dejado con el cuerpo encendido como si le hubieran lanzado fuego líquido por las venas. Lo peor había sido la necesidad humillante que lo llevó a resolverlo de la manera más primitiva posible como un adolescente después de ver porno. - Joder... - murmuró para sí, mascullando la palabra con disgusto mientras apretaba los puños en los bolsillos de su chaqueta. Atravesó el vestíbulo con zancadas largas y determinadas, ignorando las miradas curiosas de los agentes que se apartaban de su camino. Nadie quería cruzarse con él cuando tenía esa cara de “No me hables si aprecias tu vida”. Llegó al departamento de tecnología, donde el sonido de teclas y pantallas holográficas llenaba el aire. Sasha, un técnico delgado con cabello alborotado y una camiseta de algún videojuego, estaba concentrado en su monitor. Ni siquiera levantó la vista cuando Damian se acercó. - Carter - gruñó Damian, su voz profunda y cargada de impaciencia. El técnico apenas tuvo tiempo de parpadear antes de que Damian lo agarrara por el cuello del uniforme y lo levantara parcialmente de su asiento. - ¡Ey! ¿Qué carajos...? - protestó Sacha, moviendo las manos en señal de rendición. -Ven conmigo - ordenó Damian, arrastrándolo hacia una sala privada con aislamiento acústico. Una vez adentro, cerró la puerta con un golpe seco y soltó al técnico, que tosió dramáticamente mientras se acomodaba la camisa. - ¿Sabes hacer retratos hablados? - preguntó Damian sin rodeos. Sasha lo miró con incredulidad, todavía frotándose el cuello. - ¿Qué? No, pero tengo un programa que lo hace. Damian chasqueó la lengua con impaciencia. - Usa esa cosa. Necesito un rostro. - ¿De quién? - La mujer con la que peleé en Yugoslavia. Sasha frunció el ceño, buscando en su memoria. - ¿La que te dio una paliza? - Cierra la maldita boca y haz el retrato - espetó Damian, fulminándolo con la mirada. Sasha encogió los hombros, murmurando algo sobre “tipos temperamentales” y comenzó a manejar el programa. Damian describió cada detalle de la mujer: el cabello oscuro, los ojos intensos, la mandíbula definida y esos labios que aún lo perseguían en sus sueños. Tras unos minutos, el rostro de Alessia apareció en la pantalla, casi idéntico a la imagen que se había quedado grabada en su mente. - Ahí está. ¿Contento? - preguntó Sasha, girando la pantalla hacia él. Damian asintió con brusquedad. - Búscala. El técnico tecleó algunos comandos y accedió a bases de datos restringidas. Los resultados aparecieron rápidamente. - Alessia D’Angelo… - dijo Sasha, mientras leía la información de la red - Es una mujer poderosa y muy rica. Damian estrechó los ojos mientras procesaba la información. -Mierda... - murmuró para sí. El nombre de Alessia ahora era más que un simple eco en su cabeza. Era un problema tangible y uno que pensaba resolver a toda costa. Sasha continuó tecleando mientras la pantalla se llenaba de líneas de información detallada. -Vaya... - murmuró sorprendido - Esta mujer no es cualquiera. Alessia D’Angelo es CEO de una empresa de cosméticos llamada Acqua Vita. Damian arqueó una ceja. - ¿Cosméticos? - Sí, pero no cualquier negocio de maquillaje barato. Es una compañía de lujo con varias tiendas en Europa: Italia, París, Londres y Austria. También tiene inversiones en bienes raíces y propiedades en todas esas ciudades. Además... - Sasha hizo una pausa dramática, como disfrutando el momento - Es una filántropa poderosa. Financia proyectos de conservación del medio ambiente y becas educativas para mujeres en ciencia y tecnología. Damian bufó, escéptico. - Perfecto, una santa con colmillos. - Lo que quieras, pero parece intocable en el mundo humano. Ah, espera... - Sasha amplió la información en la pantalla - Actualmente está en Londres por una muestra de moda. Hay registros de confirmación para su participación en eventos exclusivos durante esta semana. Damian apretó la mandíbula mientras procesaba la información. - ¿Dónde están sus oficinas? - Tiene una sede principal en Milán, pero también una oficina privada aquí en Londres, en Knightsbridge. Damian asintió lentamente. - Bien – le dijo – Consígueme una cita en sus oficinas con una cubierta. Se giró hacia la puerta, su mente ya trazando el siguiente movimiento. Alessia D’Angelo había jugado con él, dejado una marca imposible de ignorar y ahora estaba justo en su territorio. - ¿Vas a hacer algo... ilegal? - preguntó Sasha con cautela. - No puedes matarla a la vista de otros. Damian lanzó una sonrisa torcida. - No si puedo evitarlo.
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