CAPÍTULO 10

1420 Palabras
EL BRILLO DEL DIAMANTE Y LA SOMBRA DEL MIEDO Narrado por: Harper Ford  El aire de Mendoza era distinto al de Manhattan. No olía a asfalto caliente, a café quemado o al perfume metálico del dinero rápido. Aquí, el aire sabía a uva fermentada, a tierra seca bajo un sol que no conocía la piedad y a una libertad que, extrañamente, se sentía como una huida. Llevábamos tres días en Argentina y mi mente seguía intentando procesar el cambio de guion. Según mi calendario —ese que manejaba con precisión de relojero para Nikolai—, hoy deberíamos estar en Moscú. Hoy, él debería estar sentado en una mesa de roble macizo discutiendo rutas navieras, mientras yo me quedaba en un hotel de lujo contando los minutos para su regreso. Pero no hubo Rusia. No hubo frío. Hubo una maleta hecha a toda prisa, un vuelo nocturno en el que Nikolai no soltó mi mano ni un segundo y una llegada a una estancia privada rodeada de viñedos que parecían extenderse hasta el fin del mundo. —¿Por qué Argentina, Nikolai? —le había preguntado en el jet, mientras las luces de Nueva York se convertían en hormigas brillantes—. Rusia no puede esperar, me dijiste que era vital. —Rusia puede arder —había respondido él, con una voz tan ronca que me erizó la piel—. Tú no. Necesitamos aire, Harper. Necesitamos ser nosotros antes de que el mundo nos trague. Pero sus ojos decían otra cosa. Sus ojos se movían constantemente hacia la entrada de la cabina, hacia su teléfono satelital que parpadeaba con luces rojas en la oscuridad. Nos movíamos como fugitivos. Cada vez que un coche se acercaba a la estancia, Nikolai se tensaba. Cada vez que Stefan entraba en la habitación para susurrarle algo al oído, el rostro de mi hombre se transformaba en una máscara de piedra. La euforia de estar a solas con él, sin agendas, sin secretarias, sin la sombra de "su otra vida", luchaba en mi pecho contra un miedo animal que se instalaba en mi nuca. Una Wilson sabe cuándo el viento trae tormenta, y este viento soplaba desde el este, cargado de hielo siberiano. Esa tarde, el sol de Mendoza empezaba a teñir los Andes de un color púrpura sangriento. Nikolai me había pedido que camináramos por los viñedos más antiguos de la propiedad. Yo vestía un vestido de lino blanco, sencillo, que contrastaba con la intensidad del paisaje. Él caminaba a mi lado, inusualmente silencioso, su mano apretando la mía con una urgencia que me cortaba la circulación. —Harper —dijo de pronto, deteniéndose bajo la sombra de un olivo centenario—. Mira este lugar. Aquí nada cambia. Las estaciones pasan, la uva crece, se convierte en vino y vuelve a empezar. Es predecible. Es honesto. —Nikolai, me estás asustando —susurré, buscando su mirada—. Estás hablando como si te estuvieras despidiendo de algo. Como si estuviéramos escapando de un fantasma que ya nos alcanzó. Él no respondió con palabras. En cambio, soltó mi mano y sus dedos buscaron algo en el bolsillo de su pantalón de lino. Vi cómo sus hombros se sacudían levemente, como si estuviera cargando con el peso de toda la cordillera sobre ellos. Entonces, el Zar de Manhattan, el hombre que nunca se inclinaba ante nadie, el hombre que manejaba imperios con un movimiento de cejas se hincó. Puso una rodilla sobre la tierra roja de Argentina. El tiempo se detuvo. El sonido de las chicharras en los árboles se apagó. Solo existía el latido furioso de mi corazón contra mis costillas. Llevaba más de dos años esperando este momento. Había soñado con esto en noches de soledad en el ático, lo había imaginado en cada viaje, en cada cena romántica. Pero ahora que estaba sucediendo, la alegría no venía sola. Venía acompañada de un pánico gélido. Nikolai abrió una pequeña caja de terciopelo n***o. Dentro, un diamante de un tamaño obsceno capturó el último rayo de sol, brillando con una luz que parecía herir los ojos. —Harper Ford —su voz tembló, y ese temblor fue lo que terminó por romperme—. Durante tres años, has sido mi único rastro de humanidad. Me has dado una vida que yo no creía merecer. Te he ocultado en las sombras porque no quería que mi oscuridad te manchara, pero ya no puedo más. No quiero un "pronto". Quiero un "siempre". Él tomó mi mano derecha, sus dedos estaban fríos a pesar del calor del desierto. —¿Te casarías conmigo? ¿Aceptarías este desastre de hombre para que sea tuyo por el resto de tus días? Un grito de euforia subió por mi garganta. Mis ojos se inundaron de lágrimas, borrando la imagen de Nikolai frente a mí. Era la felicidad más absoluta que había sentido jamás. Iba a ser su esposa. Iba a dejar de ser la "asistente", la mujer en las sombras, la sombra feliz. El anillo se deslizó en mi dedo y su peso se sintió como un ancla de oro. —¡Sí! —exclamé, lanzándome a sus brazos—. ¡Sí, Nikolai! ¡Mil veces sí! Él me rodeó con sus brazos, apretándome con una fuerza casi dolorosa, como si quisiera fundirme dentro de su pecho para que nadie pudiera encontrarme. Hundí mi rostro en su cuello, aspirando su olor a sándalo y a miedo. Porque ahí estaba. Mientras yo reía y lloraba de felicidad, mientras el diamante pesaba en mi mano como una promesa cumplida, mis ojos se abrieron y miraron por encima de su hombro. A lo lejos, cerca de la casa de la estancia, vi a Stefan. Estaba hablando por un teléfono satelital, gesticulando con violencia. Tres hombres más, vestidos de n***o, aparecieron de la nada, rodeando el perímetro con armas largas disimuladas bajo sus chaquetas. Nikolai no me estaba pidiendo matrimonio en un viñedo idílico; me estaba pidiendo matrimonio en una trinchera. El miedo en mi nuca floreció, una flor de hielo en medio del calor mendocino. ¿Qué había pasado en Rusia? ¿Por qué Nueva York era un escenario prohibido? ¿Por qué este anillo parecía más una cadena para protegerme que un símbolo de amor libre? Nikolai se separó un poco de mí, tomando mi rostro entre sus manos. Sus ojos estaban inyectados en sangre, como si no hubiera dormido en una década. —No dejes de sonreír, princesa —me suplicó, besando mis lágrimas—. Por favor, solo mira el anillo. Solo mírame a mí. El resto... el resto no existe. —Nikolai... —intenté decir, pero él selló mis labios con un beso desesperado, un beso que sabía a despedida y a batalla—. ¿Quién nos está buscando? ¿Por qué estamos huyendo? —Nadie nos va a tocar, Harper —juró, y su voz recuperó el filo del Zar—. He quemado todos los puentes. Si tengo que convertir este mundo en cenizas para que tú lleves ese anillo en paz, lo haré. Me abrazó de nuevo y yo cerré los ojos, aferrándome a la prueba de embarazo que llevaba en el bolso, esa que me decía que era idiota hacerla ya que sabia y tenía la certeza del resultado. La felicidad era una ola gigante que me elevaba, pero el miedo era el abismo n***o que esperaba abajo. Esa noche, en la cama de la estancia, Nikolai me hizo el amor con una ferocidad que me dejó sin aliento, como si cada caricia fuera la última, como si estuviera marcando mi piel para que la muerte supiera a quién le pertenecía. Y mientras él dormía, agotado por su propio engaño, yo me quedé despierta, mirando el diamante brillar en la oscuridad. El sol de Mendoza se había ido. Y en su lugar, el frío de la verdad empezaba a filtrarse por las grietas de nuestra estancia, recordándome que los fugitivos, por más que se amen, siempre terminan por ser alcanzados por su pasado. Tenía el anillo. Tenía al hombre. Tenía un secreto, aun no confirmado en mi vientre. Pero mientras acariciaba el metal frío en mi dedo, supe que nuestra "aventura de amor" era en realidad una carrera contra un reloj que estaba a punto de marcar la medianoche en Nueva York. —No nos dejes, Nikolai —susurré a la oscuridad, sin saber que el Zar ya había firmado nuestra sentencia al decidir que su amor valía más que la verdad.
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