Acror

1127 Palabras
Después de cabalgar por un rato, llegaron hasta un pequeño pueblo de no más de cien cabañas, tenía grandes cultivos de maíz y calabaza a la orilla del camino, así como también se veían vacas, ovejas, y cabras pastando en el verde pastizal. - Estamos en la aldea de los pastores, pronto llegaremos al castillo. - dijo Amir. - ¿Castillo... No hay un dragón también, o sí? - pregunto Lidia sarcástica. - Me temo que no conozco a uno viajera. - le respondió Amir sonriendo. - Tendrás que mostrarme, después. Pasando la aldea, llegaron a toparse con un pueblo más grande, este era diferente al anterior; las casas estaban construidas de ladrillos, con cimientos firmes y techos de teja muy bien diseñados. Las calles estaban pavimentadas con finas piedras de río acomodadas meticulosamente, y tenian grandes postes con candelabros de lado a lado para iluminar por la noche. Entre más se adentraban al pueblo, Lidia noto que las personas usaban ropa de la época medieval, quienes la miraban desconcertadas, y ella sonrojada de la pena, por un momento creyó que tal vez se trataba por la peculiar pijama afelpada que llevaba puesta, oh tal vez su despeinado cabello ondulado que la hacía ver ridícula ante los lugareños. A lo lejos se podia apreciar un majestuoso castillo en la cima de una verde colina, tenía grandes murallas de piedra con altas torres, y sus cimientos color del marfil lo hacían ver sacado como de un sueño. Cuando llegaron a la entrada principal, los guardias abrieron la reja, como si supieran de quién se trataba, y una vez dentro, Lidia quedó asombrada con tanta belleza, tenía un enorme jardín con arbustos rodeados de flores de colores, se escuchaba el canto alegre de las aves, y el revolotear de sus alas, todo parecía como un cuento de hadas. Llegaron a la puerta del castillo, dónde los esperaba una especie de "mayordomo" Mientras que Lidia pudo notar que había guardias custodiando cada rincón del castillo. - Bienvenidos sean, mi señor. - le dijo el mayordomo a Amir, mientras hacía una reverencia. - Gracias Lothar, ella es mi invitada. - Le dijo Amir, mientras le señalaba a Lidia, quien lo miraba desconcertada. - Llévala con Lady Mirely para que le ayude a asearse, y que le provea todo lo que necesite. Ah! y después llévala a la biblioteca, la estaré esperando. - Como ordene, mi señor. - respondió Lothar. - Por favor joven, venga conmigo. - ¿Quien es él? - le pregunto Lidia, a Amir. - Lothar, se encarga de supervisar y mantener en orden en el castillo, ve con él, estás en buenas manos. - le dijo Amir con una sonrisa. - Ok. - le dijo Lidia, quien luego siguió a Lothar por los espléndidos pasillos del castillo hasta perderse de vista. - ¿Que quieres que haga ahora? - le preguntó Otis a Amir. - Llama al hechicero, que venga lo antes posible. - Como órdenes. Lidia se encontraba en un cuarto muy grande, parecía ser un cuarto de lavado, ya que había ropa tendida a los costados, y como 10 lavaderos de piedra; al fondo se encontraba una gran tina con agua, y está tenía pétalos de rosas rojas y blancas flotando dentro. - ¿Que es esto? - Es... Su baño, jovencita, solo lo mejor para la invitada especial. - le dijo la dulce anciana que la ayudaba. - ¡Ah, no, no! Yo no tengo nada de especial. - le dijo Lidia sonriendo apenada. - ¿Usted debe ser Lady Mirely, verdad? - Claro que es especial, nunca antes habíamos tenido el privilegio de tener un invitado en el castillo. - le dijo con dulce voz. - Empiece a despojarse de sus harapos y dese un buen baño, el agua está tibia y tiene aceite de rosas que la aran oler riquísimo, estaré afuera, esperándola para llevarla a vestir. - Gracias, que amable, pero... De casualidad no tendrá shampoo? - ¿Qué? Hay jovencita, que cosas dice. - le dijo Lady Mirely echándose una carcajada mientras salía del cuarto de lavado. - ¡Dese prisa, si no se le enfriará el agua! - Que primitivos. - dijo Lidia entre dientes. Lidia se metió dentro de la tina, se recostó un rato, cerró los ojos y se relajo, el olor a rosas en el agua tibia hizo que soltara todo el estrés que llevaba consigo y que olvidara por un momento las locuras que había vivido, nunca antes se había sentido tan tranquila, serena, sin ninguna preocupación. Por un momento pensó que se trataba de un sueño del cual no quería despertar, pero por otro lado su instinto maternal la hizo entrar en razón, haciéndole sentir culpabilidad y nostalgia; ella solo quería ir a casa para estar con su hija, así que salió inmediatamente de la tina, tomo una sábana que se encontraba tendida y se cubrió el cuerpo. - ¡Lady Mirely, he terminado! - gritó ligeramente. - Muy bien, ahora vamos a vestirte, mi señor mandó a traer unos vestidos hermosos, te van a encantar! - le dijo Lady Mirely entusiasmada. - Te llevaré a tus aposentos, y después irás a la biblioteca, allí mi señor te espera. Una vez en los aposentos, había dos chicas esperando a Lidia, una de ellas tenía en sus manos varios zapatos de tacón de diferentes tamaños, y la otra sostenía algunos vestidos muy hermosos, unos eran de corte princesa, y otros no tan llamativos pero igual de bellos y deslumbrantes. La habitación tenía una gran cama en medio, con cuatro columnas de madera adornadas con largas cortinas de seda blanca, y debajo de ella una gran alfombra dorada, justo al lado había una gran ventana descubierta, con vista al esplendoroso paisaje. Frente a la cama, había un tocador de madera con bonitos diseños de flores talladas alrededor y un gran espejo plateado en el medio; sobre él, había pequeños frascos de vidrio que contenían aceites para el cuerpo, collares con joyas preciosas, tocados para el cabello y un fino peine de plata. - Todo lo que hay en estos aposentos, es suyo. - Le dijo una de las chicas a Lidia. - La ayudaremos a vestir. - Gracias chicas, pero... Preferiría hacerlo sola, si no es molestia. - les dijo Lidia apenada. - Cómo ordene. - respondieron ambas chicas haciendo una reverencia, dejaron las cosas sobre la cama, luego se marcharon. Lidia se quedó observando los vestidos meticulosamente por un momento... No sabía qué elegir, ya que nunca se había puesto uno como esos. Así que pegó un suspiro y se tumbó sobre la cama acojinada, y cerró los ojos por un momento. - ¿Cómo fue que terminé aquí? - se dijo así misma.
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