Abordo mi carro después de despedirme de mi hija. Cuando llego a la empresa, mi padre y mi hermana me esperan. —¿Y mamá? —me pregunta Tania al verme llegar sola. —Mi madre fue dada de alta, pero con indicaciones claras: si algo la altera, esta vez no habrá vuelta atrás. Así que por favor, compórtense —les digo, entrando a la sala de juntas con paso firme. —Voy a dividir la empresa —anuncio. —¿Qué? No puedes hacer eso —protesta Tania. —De hecho, sí puedo. Y te refresco la memoria, hermanita: tú lo propusiste cuando fui nombrada directora ejecutiva. —Sí, pero ahora la empresa está en la cima, es una de las mejores. Si la divides, se devaluará. —Eso no es mi problema, solo les estoy avisando. Mi padre está sentado en silencio, observándome sin decir palabra. —Puedes ser la CEO de la

