Ariadna no recordó el camino de regreso.
Recordó, en cambio, la forma exacta en que el aire había cambiado cuando la puerta se cerró tras ella. La sensación de un límite quebrado sin estruendo, como si algo interno se hubiera desplazado apenas unos centímetros, pero lo suficiente para alterar todo el equilibrio.
Entró a su departamento sin encender las luces. Dejó el abrigo sobre la silla más cercana y se acercó a la ventana. La ciudad seguía viva, indiferente, como si no ocurriera nada importante. Como si la vida de las personas no se dividiera en antes y después por una sola decisión.
Ariadna apoyó la frente contra el vidrio frío.
El beso había sido breve.
Intenso.
Demasiado real.
Y lo peor no era haberlo permitido.
Lo peor era que una parte de ella, silenciosa y oscura, ya lo estaba extrañando.
Respiró hondo y cerró los ojos. Intentó reconstruir la lógica que la había traído hasta allí: el caso, la demanda, las pruebas, el riesgo. Todo era medible. Todo podía ordenarse.
Pero Elías Montclair no era un documento.
Era una presencia.
No había sido solo deseo. Eso habría sido sencillo. Lo habría archivado con la frialdad habitual, lo habría convertido en una debilidad aislada, en un impulso que podía reprimirse.
Lo revelador había sido otra cosa: la forma en que él se había detenido.
La manera en que había retrocedido antes de perderse por completo.
Como si el peligro no fuera solo para ella, sino también para él.
Ariadna se obligó a moverse. Encendió una lámpara tenue, tomó un vaso con agua y lo bebió sin sentir realmente el sabor. Luego abrió su laptop, como si el trabajo pudiera rescatarla del cuerpo, devolverla a la razón.
No pudo.
El cursor parpadeaba en la pantalla como una burla.
Porque el problema no era la distracción. Era la certeza de que lo que había ocurrido no había sido una fantasía momentánea, sino un cruce real entre dos mundos que jamás debían tocarse.
Y aun así lo hicieron.
En el otro extremo de la ciudad, Elías Montclair permanecía despierto.
El silencio en su residencia era absoluto, casi asfixiante. No había música. No había llamadas. No había distracciones. Solo la misma escena repitiéndose en su mente con precisión insoportable: Ariadna frente a él, inmóvil, peligrosa, decidida. Y el impulso, crudo, inevitable, de acercarse.
Se sirvió un vaso de agua y lo dejó intacto sobre la mesa.
No bebía para calmarse.
No se calmaba con nada.
Lo que lo inquietaba no era el acto en sí. El deseo era algo que comprendía. La atracción física siempre había sido simple: un impulso manejable, un juego que podía empezar y terminar cuando él lo decidiera.
Pero aquello no se había sentido como un juego.
Se había sentido como una pérdida de control.
Elías apretó la mandíbula. Se acercó a la ventana y observó la oscuridad exterior. La ciudad seguía allí, extendida, dominada por reglas que él mismo había aprendido a manipular. Su mundo se sostenía en estructuras precisas: lealtades, contratos, silencios y amenazas que jamás necesitaba pronunciar en voz alta.
Y, sin embargo, bastó una mujer para romper la estabilidad interna con la facilidad con la que se rompe una línea sobre papel.
Elías había creído que acercarse a ella era una estrategia.
Un movimiento calculado.
Una forma de medirla.
De controlarla.
Había invitado a Ariadna a su terreno para ver si ella se rendía, si se corrompía, si mostraba una grieta. Ese era el plan.
El problema era que la grieta no había aparecido en ella.
Había aparecido en él.
Esa certeza le tensó el pecho de una manera que odiaba. No porque le doliera, sino porque era nueva. Porque no respondía a lógica. Porque no encajaba en su vida.
Tomó el teléfono y marcó el número de Tomás. No era una llamada urgente, pero sabía que él contestaría.
—¿Estás despierto? —preguntó Elías.
—Siempre —respondió Tomás, con una voz tranquila—. ¿Pasó algo?
Elías hizo una pausa breve.
—Quiero un informe completo de Ariadna Castellanos. Lo que ya tengas, y lo que falte. Todo.
Tomás tardó un segundo en responder.
—Eso ya lo pediste.
—Quiero más —dijo Elías, seco.
Del otro lado se hizo un silencio que Tomás no solía permitir.
—Elías —dijo al fin—. Esto ya no suena a estrategia.
Elías cerró los ojos un instante.
—Sigue siendo estrategia.
—Entonces estás cometiendo un error —respondió Tomás—. Porque si ella entra demasiado, no podrás sacarla sin consecuencias.
Elías colgó sin despedirse.
No porque no escuchara la advertencia.
Sino porque era demasiado tarde para fingir que no la entendía.
Ariadna llegó a su oficina temprano, antes de que el edificio se llenara de movimiento. El silencio del pasillo le permitió respirar con más calma, pero no disipó la tensión.
Valeria ya estaba allí, revisando documentos con expresión seria.
—Te ves cansada —observó sin levantar la vista.
Ariadna dejó el bolso sobre su escritorio.
—No dormí bien.
Valeria la miró entonces con atención. Demasiada atención.
—¿Lo viste otra vez?
Ariadna sostuvo su mirada.
—No exactamente.
La respuesta fue lo suficientemente ambigua como para confirmar más de lo que negaba. Valeria se puso de pie lentamente y caminó hasta ella.
—Escúchame —dijo con voz baja—. Este caso va a volverse más agresivo. Y si él detecta una debilidad, la usará.
Ariadna tragó saliva con lentitud.
—No soy débil.
Valeria negó con la cabeza.
—No estoy hablando de debilidad. Estoy hablando de deseo. Son dos cosas distintas. Y el deseo, Ariadna, siempre deja huellas.
Ariadna no respondió. Porque era cierto.
Aquel encuentro no había sido solo un impulso. Había sido una revelación. Para ambos.
La atracción ya no era una tensión ocasional ni un juego de poder escondido detrás de reuniones legales.
Se había vuelto una verdad evidente.
Imposible de negar.
Y justamente por eso, más peligrosa que nunca.
Ariadna cerró la puerta de su oficina con un gesto lento y preciso.
No era paranoia. Era instinto.
Apoyó la espalda contra la madera unos segundos, con los ojos fijos en un punto indefinido, y respiró hondo. Había noches en las que el insomnio se sentía como un castigo; esa mañana, en cambio, se sentía como una advertencia.
No podía permitirse perder el control.
Lo que había ocurrido con Elías no había sido un desliz inocente ni un error aislado. No era algo que pudiera ignorar, ni enterrar bajo una pila de trabajo, ni racionalizar con excusas elegantes. Era una verdad incómoda: lo deseaba.
Y, peor aún, él también.
El deseo había sido inmediato, inevitable, pero no era eso lo que la desestabilizaba. Ariadna conocía el deseo, lo entendía como impulso y como hambre, como reacción humana. Lo que la inquietaba era la intensidad silenciosa con la que se había instalado en ella. Como si su cuerpo hubiera decidido algo antes que su mente. Como si ya no existiera un espacio seguro donde esconderse.
Se obligó a sentarse en su escritorio, abrió una carpeta y fingió leer. El texto era claro, pero su mente insistía en regresar a los detalles equivocados: la firmeza de la mano de Elías en su cintura, la contención peligrosa de su cercanía, la forma en que él había retrocedido con esfuerzo, como si se estuviera negando algo que deseaba demasiado.
Ariadna apretó la mandíbula.
Si aquello iba a existir, entonces no podía permitir que existiera en su contra.
No se trataba de negarlo. Negar algo así solo lo convertía en una debilidad más. Se trataba de comprenderlo. De encajarlo dentro de su propio esquema mental, de darle una utilidad. De convertirlo en herramienta.
Esa era la diferencia entre alguien que se perdía… y alguien que elegía.
Tomó un bolígrafo y escribió en la primera hoja en blanco:
Control.
Lo subrayó una vez.
Elías Montclair la había invitado a su mundo creyendo que podía medirla. Creyendo que podía moverla como una pieza. Ariadna lo veía con claridad ahora: él había iniciado el juego, sí, pero no porque quisiera destruirla. Lo había hecho porque necesitaba saber cuánto podía acercarse sin que ella lo amenazara.
Y eso significaba una cosa esencial:
Elías tenía un punto vulnerable.
Y su nombre era ella.
Ariadna cerró el cuaderno con firmeza. Esa revelación no la tranquilizaba. La volvía más peligrosa.
El deseo no la debilitaba, si sabía usarlo.
Lo que podía destruirla era permitir que el deseo se convirtiera en emoción.
Y Ariadna no hacía concesiones emocionales sin cobrar el precio.
En el edificio Montclair, Elías asistía a una reunión con tres ejecutivos y dos asesores legales. Nadie se atrevía a alzar la voz. Nadie se atrevía a cometer errores.
Aun así, él no estaba completamente allí.
Tomás lo observaba desde el extremo de la mesa con paciencia contenida. Conocía ese leve cambio en su expresión: una mínima tensión en la mandíbula, un silencio más largo de lo necesario antes de hablar.
—La estrategia es clara —decía uno de los asesores—. Podemos solicitar nulidad por falta de pruebas directas.
Elías escuchó. Asintió. Pero sus dedos golpearon una vez el borde de la mesa, un gesto apenas visible.
—No —dijo al fin.
El asesor se quedó inmóvil.
—¿No, señor Montclair?
Elías levantó la vista.
—No quiero nulidad —repitió, con calma—. Quiero que esto avance.
Hubo un silencio inmediato.
Tomás no dijo nada, pero su mirada se afiló apenas, como si estuviera confirmando algo que ya sospechaba.
Gabriel, sentado a la derecha de Elías, apretó el puño y luego lo relajó.
—Eso es absurdo —dijo, incapaz de contenerse—. Si lo dejamos avanzar, ella va a entrar más.
Elías no lo miró. Respondió sin necesidad de enfrentarlo directamente.
—Que entre.
Gabriel se inclinó hacia adelante, frustrado.
—¿Estás escuchándote? No es un juego.
Elías alzó por fin la mirada hacia su hermano.
—Lo sé.
Y en esa simple respuesta había algo más. Una grieta. Una verdad que no iba a decir en voz alta en una sala llena de hombres que solo entendían la lealtad en términos de sangre y poder.
Lo que ellos no comprendían era que había cosas más peligrosas que un enemigo declarado.
Había enemigos que te gustaban demasiado.
Ariadna salió del edificio judicial al mediodía y sintió el cambio de inmediato.
Un hombre cerca de la entrada la observó demasiado tiempo. No era periodista. No era funcionario. No era alguien que perteneciera allí.
Era vigilancia.
Sutil. Limpia. Silenciosa.
Ariadna mantuvo el paso sin alterar la expresión. No aceleró. No se detuvo. Pero su mente se activó con precisión. Elías no enviaba improvisados. Y si había vigilancia, significaba dos posibilidades:
O la estaban intimidando.
O la estaban cuidando.
Las dos opciones eran igual de perturbadoras.
Entró en un café cercano y pidió un té. Se sentó junto a la ventana, como si buscara tranquilidad, pero en realidad estaba diseñando su siguiente movimiento.
No podía permitir que Elías definiera el ritmo.
Ariadna sacó el teléfono y abrió la conversación con él. El último mensaje seguía allí, como una marca fresca: Esta vez no fue una invitación.
Ella escribió despacio.
Necesito hablar contigo. Hoy. En un lugar público.
Leyó el mensaje una vez antes de enviarlo.
No estaba pidiendo.
Estaba marcando condiciones.
La respuesta llegó dos minutos después.
Dime dónde.
Ariadna sintió una satisfacción mínima. Oscura. Exacta.
Eligió un restaurante discreto, con mesas suficientemente separadas, un lugar donde el contacto pudiera existir en forma de miradas, silencios y proximidad medida, sin estallar. Un lugar donde el peligro no fuera físico, sino psicológico.
Eso era lo que ella buscaba.
Quería demostrarle que podía sostener el deseo sin rendirse.
Que podía sentirlo sin perder control.
Que podía usarlo.
Cuando Elías llegó, no sonrió. No saludó con cortesía innecesaria. Se sentó frente a ella con la misma calma peligrosa de siempre.
—Te ves tranquila —dijo.
Ariadna apoyó los dedos sobre el borde de su copa y sostuvo su mirada.
—Estoy enfocada.
Elías inclinó ligeramente el rostro, observándola como si intentara descifrar qué había cambiado.
—¿Qué quieres? —preguntó.
Ariadna bajó la voz, solo lo suficiente para obligarlo a acercarse un poco.
—Retomar el control de esta situación.
Elías sonrió apenas.
—¿Y quién lo perdió?
Ariadna sostuvo su mirada sin pestañear.
—Ninguno de los dos debería cometer el error de creer que esto es unilateral.
La tensión volvió a instalarse entre ellos con fuerza. Había deseo, sí. Pero ahora también había algo más: una nueva dinámica. Ariadna no estaba allí reaccionando. Estaba dirigiendo.
Elías lo sintió.
Y eso, lejos de alejarlo, lo atrajo con más intensidad.
Porque Ariadna Castellanos no era una mujer que se perdiera en un hombre como él.
Era una mujer que podía convertirlo en su propio riesgo.