Me pegué más a él, rodeando su cuello con mis brazos, sintiendo la textura de su traje bajo mis palmas. —Tú también te quedaste conmigo, Max —confesé con la voz apenas en un hilo—. Guardé el vestido, los zapatos y la máscara en una caja, como si fueran las piezas de un rompecabezas que no sabía cómo armar. Incluso conservé el perfume. Cuando empecé a trabajar en la constructora, decidí usarlo todos los días. Era mi manera de mantener vivo un recuerdo que me hacía sentir viva, aunque no supiera que el hombre de mis sueños era el mismo que firmaba mis contratos. Max soltó una risa suave y ronca que vibró en mi pecho. —¡Lo sabía! —exclamó, besando mi sien—. El día que me ayudaste en el despacho, cuando pusiste orden con esa seguridad que te caracteriza y detuviste a aquella mujer en la ent

