Entendí el juego. La niña era una tiburón de las ventas. Me pareció brillante. —Elige lo que quieras, me lo llevo. —¿Y cuál es el presupuesto de este "regalo para su hermana"? —preguntó con malicia. —No tengo idea de cuánto cuestan estas cosas, tú dime. —Depende de quién sea la chica que le gusta. —¿Qué tiene que ver eso? —pregunté sin entender su lógica. —Es que si es de las populares, el regalo tiene que ser de gama alta para que yo no hable. ¿Quién es? —Mierda... es Leyla —dije resignado. —¡Uy! ¡Entonces el regalo es carísimo! —exclamó con una sonrisa enorme—. Tienes buen gusto, galán. Acepté el trato. Gabriela, que así se llamaba la pequeña extorsionadora, empezó a llenar un maletín de productos mientras me soltaba información valiosa. Supe que Leyla había terminado con su nov

