Capítulo 4

1728 Palabras
Los meses que siguieron a mi confesión fueron una procesión de días lentos, cargados de una atmósfera espesa y juicios silenciosos. En el rincón más oscuro de mi armario, protegida por las sombras, descansaba una caja de terciopelo azul noche. Se había convertido en mi santuario y mi tortura. Dentro, el vestido de seda aún conservaba el rastro de sus manos, la máscara de filigrana de plata y oro brillaba con una ironía cruel, y el frasco de Ámbar Rojo permanecía como un testigo mudo. A veces, cuando el mundo exterior se volvía demasiado ruidoso, abría la caja solo para respirar; el aroma intenso y terroso me devolvía por un segundo la sensación de ser dueña de mi propio destino, antes de que la realidad me golpeara de nuevo. A pesar de que mi embarazo avanzaba sin complicaciones físicas, el pueblo se encargaba de que cada paso fuera una batalla. En una comunidad donde el apellido y la apariencia lo eran todo, yo me había convertido en el tema de conversación preferido de todas las calles del pueblo. —Mira qué desplante —susurró Beatriz una tarde, cruzándose conmigo frente al jardín de su nueva casa. Ella y Julián se habían mudado a una propiedad amplia al final de nuestra calle, un regalo de mis tíos para sellar su "unión perfecta"—. Paseando su deshonra a plena luz del día. Dime, Elena, ¿todavía no recuerdas el nombre del tipo? ¿O es que en esa fiesta de máscaras te entregaste a tantos que ya perdiste la cuenta? Me detuve en seco, sintiendo cómo el orgullo me quemaba la garganta. Miré a Julián, que estaba de pie tras ella con una expresión de suficiencia cobarde. —Mi hijo no necesita un nombre de cuna para tener dignidad, Beatriz —respondí con una calma que me costó la vida mantener—. Algo que tú, a pesar de tu casa grande y tu anillo robado, nunca entenderás. La clase no se compra con la herencia de los padres. Me di la vuelta ignorando sus gritos. Me dolía, claro que me dolía, pero cada insulto se convertía en un ladrillo más para la armadura que estaba construyendo. Mi refugio era la arquitectura. Pasaba las noches frente al tablero de dibujo, diseñando estructuras que desafiaban la gravedad, mientras Thiago daba pataditas contra mis costillas. Mi jefe, Arthur Valois, fue el único que vio más allá del escándalo. —Elena, estos planos para el centro cultural son sublimes —me dijo un día, mientras tomábamos café en su estudio—. Tienes una forma de entender la luz que es casi poética. No dejes que las lenguas pequeñas de ese pueblo apaguen tu talento. Tú no perteneces a ese lugar. Cuando Thiago nació, el tiempo pareció detenerse. Fue una madrugada de lluvia torrencial. Cuando las enfermeras lo pusieron en mis brazos y él abrió los ojos, me quedé sin respirar. No eran los ojos oscuros y predecibles de mi familia; eran dos gemas de un gris tormenta profundo, magnético, casi gélido. —Es igual a él — Susurre a mi hermana, quien estaba sentada al borde de la cama mientras acariciaba la cabecita del bebé—. Tiene esa misma mirada, Sofi, Una mirada que parece que puede ver a través de las paredes. Dos años pasaron entre pañales, entregas de proyectos y el sonido de los pequeños pies de Thiago corriendo por el pasillo. Mi hijo era una fuerza de la naturaleza: cabello n***o lacio, piel clara y una naricita respingada que le daba un aire de arrogancia infantil absolutamente encantador. Se había convertido en el centro del universo de mi padre, quien, a pesar de su dureza inicial, ahora pasaba las tardes enseñándole a Thiago a "cuadrar cuentas" con bloques de madera. El día de mi graduación, el calor de la capital se sentía incluso en nuestro pueblo. Sostenía mi diploma de Arquitecta con una mano y a Thiago con la otra. Al ver a Julián y Beatriz entre el público, mirándome con una mezcla de envidia y desprecio, supe que mi tiempo allí había terminado. Al día siguiente, Arthur Valois me llamó a su despacho privado. El aire acondicionado zumbaba suavemente mientras él jugueteaba con una tarjeta de presentación que parecía hecha de metal dorado. —Elena, siéntate. He estado hablando con mi hermano, Sebastián Valois. Como sabes, él maneja los hilos del diseño corporativo en la capital. La Corporación Von Stein está buscando una Directora de Proyectos Junior. No quieren a alguien que solo sepa dibujar; quieren a alguien que sepa liderar la nueva división de arquitectura sostenible. —¿Von Stein? —el nombre vibró en mi pecho como una advertencia—. Arthur, esa es la firma más importante del continente. No creo que... —Creo que eres la única con el fuego suficiente para sobrevivir allí —me interrumpió—. Te ofrecen un salario que triplica lo que ganas aquí, beneficios de primer mundo y, lo más importante, anonimato. Allí no eres "la chica del escándalo", eres la arquitecta Elena. Cuando llegué a casa, la adrenalina me hacía temblar las manos. Sofía estaba en la cocina preparando la cena mientras Mateo, su prometido, jugaba con Thiago en la alfombra. —Nos vamos —solté sin preámbulos. Sofía dejó caer la cuchara y me miró con los ojos muy abiertos. — A la capital. —¿A la capital? ¿Lo dices en serio? —La Corporación Von Stein me quiere, Sofi. Es nuestra oportunidad. Para Thiago, para mí... para todos. —Ni creas que te vas a librar de mí tan fácilmente —rio mi hermana, rodeándome con sus brazos—. Conseguí una entrevista en Studio Vanguard para diseño de interiores. Mateo ya tiene el visto bueno para el traslado de su oficina. Si tú saltas, nosotras saltamos contigo. Ese niño es mi sobrino y mi ahijado, y no voy a permitir que crezca lejos de su tía favorita. —Eres su única tia. — Dije y ambas comenzamos a reír. El viaje de dos horas hacia la capital fue un tránsito entre dos mundos. Mientras el autobús avanzaba, veía cómo las montañas bajas del pueblo eran reemplazadas por los imponentes rascacielos de cristal y acero. Nos instalamos en un departamento de estilo industrial en el corazón financiero, un lugar con techos de cinco metros y ventanales que hacían que Thiago se quedara horas mirando las luces de la ciudad. Mi entrevista con Valerie St. Claire fue una batalla intelectual de tres horas. Ella era una mujer elegante, de unos cincuenta años, con una mirada que no dejaba pasar ni un error en un presupuesto. —Dime, Elena —preguntó Valerie, cruzando sus manos impecables sobre el escritorio de mármol—, ¿cómo manejarías una discrepancia de diseño con un CEO que cree que su visión es la única ley universal? —Con datos, elegancia y una alternativa que le haga creer que la idea fue suya desde el principio —respondí sin parpadear. Valerie sonrió por primera vez. Una sonrisa afilada. —Bienvenida a bordo. Me voy a Madrid en diez días, así que el lunes empiezas oficialmente. El señor Von Stein es... particular. Es brillante, pero implacable. No admite excusas. Espero que estés a la altura. Esa noche, el silencio del departamento era absoluto, interrumpido solo por la respiración acompasada de Thiago en la habitación de al lado. Caminé hacia mi tocador y saqué la caja de terciopelo. Por primera vez en dos años, no sentí miedo al ver el contenido. Tomé el frasco de Ámbar Rojo y lo miré bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal. —Es hora de que este aroma deje de ser un recuerdo —susurré. Me apliqué una gota en el pulso de las muñecas. El aroma intenso me envolvió al instante. Era el olor de la noche en que me sentí libre, y quería llevar esa libertad conmigo a mi nuevo trabajo. No era solo perfume; era mi declaración de guerra contra cualquiera que intentara volver a pisotearme. El lunes por la mañana, la capital me recibió con un cielo de un azul eléctrico y el rugido vibrante de una ciudad que nunca descansa. Me miré al espejo una última vez antes de salir. Mi traje n***o de corte impecable y mi blusa de satén verde oscuro, me devolvía la imagen de una mujer que ya no reconocía como la víctima de los chismes de un pueblo pequeño. Recogí mi cabello en un moño bajo, elegante y pulcro, dejando que unos pocos mechones enmarcaran mi rostro. Caminé hacia la habitación de Thiago y le di un beso en la frente mientras dormía bajo el cuidado de Sofía. Al salir del departamento, el aire frío de la mañana me golpeó la cara, pero no me hizo temblar. Al llegar a la base de la Torre Von Stein, tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para ver la cima. Era una estructura imponente de acero y cristal oscuro que parecía hendir las nubes, un monumento al poder y a la precisión. Crucé las puertas giratorias y mis tacones resonaron con autoridad sobre el mármol n***o del lobby. El eco era constante, rítmico, como el latido de un gigante. Sentía el rastro del Ámbar Rojo flotando sutilmente a mi alrededor, una estela invisible que me recordaba que yo era la dueña de mis secretos. Al entregar mi identificación en la recepción y recibir el pase electrónico con mi nombre —Elena, Directora de Proyectos—, sentí una descarga de adrenalina pura. —Piso cincuenta, señorita. La oficina de presidencia la espera —dijo el guardia con una breve inclinación de cabeza. Entré en el ascensor de alta velocidad. Mientras los números digitales ascendían rápidamente, sentí que la presión en mis oídos era el preludio de algo mayor. No sabía qué tipo de hombre encontraría tras esas puertas dobles de madera de nogal, ni cómo reaccionaría el mundo corporativo ante una mujer con mi historia, pero ya no me importaba. Había diseñado mi nueva vida con la misma precisión con la que trazaba un plano maestro, y estaba lista para enfrentar cualquier estructura, por imponente que fuera. Las puertas del ascensor se abrieron con un siseo elegante. Respiré hondo, ajusté mi maletín y caminé hacia la recepción de la planta presidencial.
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