Capítulo 2

1374 Palabras
No hubo forma de escapar. Sofía me arrastró directamente al centro del salón, donde las enormes lámparas de cristal de Murano proyectaban una luz ambarina que hacía que todo brillara con una opulencia casi excesiva. En cuanto llegamos a una de las barras de mármol n***o, me entregó una copa de un licor fuerte y transparente: —Esta noche no existe el pasado, Elena. ¡Vas a disfrutar de esta ciudad de una buena vez! —exclamó. Nos bebimos los tragos de un golpe, sintiendo ese ardor liberador. Mateo ya nos estaba ofreciendo unos Cosmopolitan. Un momento después, el ritmo de la música y el hecho de estar en la capital, donde nadie conocía mi historia, me hacían sentir que por fin podía respirar. Cuando la música se volvió más lenta y envolvente, Mateo y Sofía se abrazaron para bailar y yo aproveché para escabullirme hacia el área del buffet. Sin embargo, nunca llegué. Una mano me sujetó con firmeza pero con una suavidad eléctrica. Al girar, me encontré con un hombre que dominaba todo el espacio. Llevaba una máscara de cuero n***o que resaltaba su mandíbula marcada y aristocrática. Me sonrió de una forma que me robó el aliento. Tomó mi mano y la llevó a sus labios, dejando que el beso se demorara sobre mis nudillos antes de susurrar con una voz ronca —La mujer más hermosa de la gala no me puede negar un baile, ¿verdad? —¿Y por qué habría de negárselo? Bailemos —le respondí. Era imposible decirle que no. Tenía unos hombros anchos y una presencia que imponía. Pero lo que más me impactó fueron sus ojos: de un gris tormenta, tan claros y metálicos que parecían brillar, rodeados de pestañas oscuras que los hacían inolvidables. Cuando me agarró por la cintura, mis manos se apoyaron en su pecho; era una pared de puro músculo que irradiaba un calor que empezó a traspasar mi vestido. —Te he observado desde que entraste —dijo al oído—. Estás simplemente espectacular. —Qué amable. Tú pareces moverte muy bien por aquí, se nota que este es tu mundo —le dije, notando que él no parecía un intruso en ese lujo. —Digamos que estoy acostumbrado, pero nunca me habían parecido interesantes estos eventos hasta hace cinco minutos —respondió con una sonrisa que me desarmó. Sus manos bajaron lentamente por mi espalda, presionando la seda roja contra mi piel—. Me dejaste fascinado. Eres demasiado hermosa. —Eres todo un seductor —le dije, mareada por su cercanía. Al dar un giro, tropecé ligeramente. —¿Estás bien? —me sujetó con fuerza contra su cuerpo, y el roce de nuestras pelvis fue una descarga eléctrica. —Necesito aire... hay mucha gente aquí y no estoy acostumbrada. —Ven conmigo —dijo con autoridad. Me tomó de la mano y me guio por un pasillo lateral hacia un balcón privado, iluminado solo por las luces lejanas de la ciudad. Allí, el ruido de la fiesta se escuchó lejos. Me apoyó suavemente contra la pared de piedra fría, pero se acercó tanto que pude sentir el latido de su corazón. Sus ojos gris tormenta recorrieron mi rostro, deteniéndose en mis labios. Su mano subió lentamente por mi brazo hasta que sus dedos se enredaron en mi nuca. —Dime que no soy el único que siente esto —murmuró—. Porque si no te apartas ahora, no voy a poder detenerme. No me aparté. Lo atraje hacia mí por las solapas de su esmoquin. Cuando sus labios finalmente tocaron los míos, fue una rendición absoluta. El beso empezó lento, saboreándome, y pronto se volvió voraz. Bajó una mano por mi cintura hasta mi muslo, subiendo el satén rojo de mi vestido. Levantó mi pierna y la enganchó en su cadera, pegándome tanto a él que pude sentir su dureza. Con un movimiento decidido, sus dedos rasgaron mi ropa interior; el sonido de la seda rompiéndose me hizo soltar un gemido que él devoró. Sus dedos buscaron mi entrada, encontrándome ya empapada. Se detuvo un momento, suspirando contra mi boca al sentir mi humedad. —Dios, estás tan caliente para mí... tan mojada —susurró con la voz quebrada por el deseo. Introdujo dos dedos lentamente, explorándome, mientras su pulgar encontraba el centro de mi placer. Empezó a acariciarme con movimientos circulares y profundos, observando cómo mi cabeza caía hacia atrás. —Mírame —ordenó. Abrí los ojos para encontrarme con ese gris metálico ardiendo. Con manos hábiles, se deshizo de su cinturón y bajó el cierre de su pantalón, liberándose. Sentí el contacto de su piel caliente y vibrante contra mi muslo. —Quiero que estés dentro de mí. Ahora —supliqué, tirando de él. Él no se apresuró. Apoyó su punta contra mi entrada, rozándome lentamente, torturándome con la anticipación hasta que ambos estábamos jadeando. Luego, con un empuje firme y decidido, entró en mí con una lentitud insoportable, llenándome por completo. Era imponente, y la sensación me hizo arquear la espalda de puro placer. Se detuvo un segundo, con los músculos en tensión, disfrutando de cómo mis paredes se contraían a su alrededor, abrazándolo. —Eres... perfecta —gruñó, enterrando el rostro en mi cuello. Empezó a moverse. Cada embestida era larga y deliberada. Salía casi por completo solo para volver a entrar con más fuerza, haciéndome sentir cada milímetro de su anatomía. Su mano apretaba mi cintura con tal firmeza que sabía que dejaría huella, mientras sus labios marcaban mi piel con besos hambrientos. El ritmo fue subiendo hasta volverse salvaje; yo me aferré a sus hombros, mis uñas clavándose en su saco mientras sentía que un nudo de tensión estallaba en mi vientre. Sentí el orgasmo formándose, una presión insoportable que me nublaba la vista. —¡Me corro, me corro! —gemí desesperada. Él no se detuvo; aumentó la velocidad, golpeándome con una ferocidad que me hizo perder el sentido de la realidad. El clímax me golpeó como una descarga de alto voltaje, haciéndome vibrar y gritar en su oído. Él me sostuvo con fuerza, acelerando al sentir mis contracciones, hasta que con un último empuje profundo que me hizo tocar el cielo, se tensó y se corrió dentro de mí con un gemido ahogado que vibró en mi pecho. Nos quedamos así un rato largo, jadeando, unidos por el sudor. Él me bajó al suelo con una delicadeza extrema, me acomodó el vestido y me dio un beso suave en la frente. Me abrazó con un cariño protector que me desarmó. Julián nunca se había quedado así conmigo; para él, yo era solo un trámite. Este hombre, en cambio, me sostenía como si fuera valiosa. —Pero, hermosa, aún no sé tu nombre... —me dijo al oído. Antes de que pudiera decirle nada, su celular vibró. Lo sacó del bolsillo, su rostro se puso rígido y se alejó unos pasos. —¿Qué? ¡Eso no puede ser! —exclamó con una urgencia que me heló la sangre. Sin mediar palabra, salió corriendo por el pasillo como si fuera una emergencia, dejándome allí sola, con las piernas temblando y el corazón vacío. «Claro, Elena, qué tonta eres», pensé. Me arreglé el vestido y volví al salón. Encontré a Sofía y Mateo cerca de la puerta. —Sofi, creo que acabo de tener el encuentro más intenso de mi vida —dije con la voz cortada. —¡En cuanto lleguemos al hotel me cuentas todo! —respondió ella. Mateo nos llevó de vuelta al hotel, Al entrar, Sofía cerró la puerta y me sentó en el sofá. Le conté la ferocidad del encuentro y cómo él desapareció. Cuando terminé, mi hermana me miró con una cara de espanto. —Elena... dime que usaron condón. Me quedé helada. Entre el alcohol y la pasión, se me olvidó por completo. —No... no lo hicimos —susurré. —Mierda. Tranquila —me dijo Sofía, abrazándome—. Mañana mismo vamos a ver qué hacemos. Intenta dormir. Me acosté en mi cama, sintiendo todavía el rastro de ese hombre en mi cuerpo y preguntándome si mi noche de "libertad" me iba a traer un problema mucho más grande.
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