Punto de vista de Elena Dios mío, cuando Maximilian y yo nos quedamos solos en la mesa, me sentí como una pasante en su primer día: nerviosa, fuera de lugar y con el pulso a mil. El silencio era tan denso que casi podía masticarse. —Escucha bien, Elena —soltó Max de repente. Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio con esa seguridad que me desarmaba—. Puede que estés furiosa, pero no voy a quedarme sentado viendo cómo cualquier tipo se cree con el derecho de tocar lo que me pertenece. Tolero que salgas de casa con ese vestido que parece diseñado para dejarme sin aliento, pero no voy a permitir que vuelvas a bailar con otro hombre. Ni una vez más. —Estás muy equivocado, Maximilian —le respondí, sosteniéndole la mirada—. Aquí nada te pertenece. Y sí, estoy furiosa, así que ni se te ocur

