A la madrugada, Miranda decidió subir a su habitación y yo no pude detenerla, ¿cómo decirle que no quería quedarme a solas con su hijo? Me quedé sola en la recepción de esa casa, que ahora me parecía enorme y espeluznante. —¿Hannah? —mi marido apareció por una puerta, rodeado de los empleados que comenzaban la limpieza. Vino a mí y con una confianza nueva, me tocó la cara y luego frunció el entrecejo. —No bebiste con mi madre, ¿verdad? Negué de inmediato y di medio pasó atrás, comenzando a temer sus intenciones. Si ese hombre se había fijado en mí desde el comienzo y elegido como su mujer, como fruta en el mercado, ¿qué podía esperar de él? —Ya veo —comentó despacio, sospechoso de mi actitud evasiva—. En ese caso, vayamos arriba, ya es tarde. Sin encontrar una excusa para negarme, ca

