En Las Flores de Santa Marta, habían varias monjas que se encargaban del cuidado de los infantes, en especial de los más pequeños, los que no sabían andar todavía, por lo que toda una sala estaba dispuesta allí para eso, siendo que era el área de adopción más común a la que acudían las familias que querían tener a su cargo alguna criatura desprotegida. Resulta que Meliza no había sido la única mujer en tener la misma idea de dejar un bebé en esas puertas, y ahora ellas tenían que ver cómo arreglárselas sin el apoyo de nadie más que el reinado, quienes de vez en cuando les hacían llegar paquetes con comida, la cual tenía que ser distribuida de manera en la que funcionara para todos. A las monjas siempre les gustaba mantener para sí mismas lo mejor y dar a los huérfanos y demás almas desam

