Cruzo la puerta de servicio, esa entrada discreta al club que se esconde en el callejón lateral. Al atravesarla, me sumerjo en el pasillo que conecta la cocina y el camerino. Es entonces cuando la figura de Murgos captura mi atención: sola, inmersa en sus pensamientos, disfrutando de una copa en medio de la tranquilidad y la soledad momentánea de la cocina. Mi curiosidad me guía hacia ella, cambio mi ruta para acercarme y descubrir qué puede estar pasando con la dueña del club. —Hola… —saludo en tono suave mientras tomo asiento en el mueble cercano. Murgos levanta la vista de su copa y me sonríe con complicidad. —Hola, Miriam. —¿Por qué tan sola? —Porque intento enamorarme de la soledad. —¿Crees que sea una buena amante? —Por supuesto, la soledad siempre está esperando por mí, y lo

