El disfraz anhelado

1968 Palabras

Cruzo la puerta de servicio, esa entrada discreta al club que se esconde en el callejón lateral. Al atravesarla, me sumerjo en el pasillo que conecta la cocina y el camerino. Es entonces cuando la figura de Murgos captura mi atención: sola, inmersa en sus pensamientos, disfrutando de una copa en medio de la tranquilidad y la soledad momentánea de la cocina. Mi curiosidad me guía hacia ella, cambio mi ruta para acercarme y descubrir qué puede estar pasando con la dueña del club. —Hola… —saludo en tono suave mientras tomo asiento en el mueble cercano. Murgos levanta la vista de su copa y me sonríe con complicidad. —Hola, Miriam. —¿Por qué tan sola? —Porque intento enamorarme de la soledad. —¿Crees que sea una buena amante? —Por supuesto, la soledad siempre está esperando por mí, y lo

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