La noche romana se extendía como un manto de terciopelo sobre la ciudad. Berlín, con el corazón acelerado, observaba cómo la luz del atardecer se filtraba por las ventanas de su apartamento, pintando la habitación con tonos cálidos y suaves. Esta noche era especial. Jazmín, su musa, su refugio, se iría en unos días y quería que cada segundo contara. Estaba tan enamorado y entregado a ella. Había pasado horas preparando una cena romántica: velas parpadeantes creaban una atmósfera íntima, pétalos de rosa esparcidos por la mesa formaban un camino hacia la mesa, y el aroma de la comida casera llenaba el aire. La mesa estaba adornada con su mejor vajilla y cubiertos, y una botella de vino tinto esperaba para ser abierta. —!Perfecto! —Casi exclamao satisfecho por su trabajo. Cuando el timbre

