Ales se quedó parado en el umbral de la puerta, viendo cómo el auto de Natalia se alejaba. No dijo adiós. No levantó la mano. Solo se quedó allí, con la niña pegada a su pierna, con la misma quietud que siempre lo envolvía cuando no sabía qué hacer con lo que sentía. Lida fue la primera en moverse. Corrió hacia el interior de la casa con una risa pequeña, feliz con la promesa de que Natalia volvería el fin de semana. Él la siguió, sin decir nada, y se repitió a sí mismo que eso no significaba nada. Que Natalia no era parte de su vida, ni de la vida de su hija. Que solo era una distracción. Un deseo compartido entre cuerpos y sábanas. Pero en el fondo… no era cierto. Pasaron las horas como si el tiempo se hubiera vuelto espeso. Lida le hablaba de las galletas, de la pizza, de lo divertid

