Ales caminó en silencio junto a ella por el largo pasillo que conducía al invernadero de la mansión. Afuera, el viento seguía soplando con fuerza, pero dentro, el calor del vidrio, la humedad delicada y el aroma a tierra húmeda envolvían el ambiente como un susurro cálido. Natalia nunca había estado allí. El espacio estaba lleno de vegetación viva, de plantas colgantes, de flores silvestres y otras más exóticas. El rincón más alejado del invernadero brillaba con un color especial. —Ven —le dijo Ales con una ligera sonrisa. La guió hasta una planta de hojas verdes intensas, gruesas y flores violáceas que se abrían con delicadeza pese al evidente frío del clima exterior. —¿La ves? —preguntó—. Es una helleborus niger. Pero a mí me gusta llamarla “esperanza nevada”. Solo florece en inviern

