Hilda tomó el control del beso, dejándose llevar por la intensidad que abarcaba cada fibra de su ser. Se acomodó a horcajadas en las piernas de Herick, rodeándolo con sus brazos alrededor de su nuca, mientras él la sostenía firmemente por la espalda. La proximidad entre ambos aumentaba la pasión del momento, y cada caricia, cada roce, era una expresión de su profundo deseo mutuo. El tiempo parecía detenerse mientras se entregaban al placer de estar juntos, dejando a un lado las preocupaciones y responsabilidades del mundo exterior. Se fundieron en un abrazo lleno de vigor que transmitía todo su vínculo y la complicidad que compartían. Desde que había conocido a Herick, sus hormonas femeninas habían despertado al grado de hacer cosas que le eran imposibles de creer. Desde siempre había sido

