Hilda suspiró con nervios y ansias por lo que estaba por suceder. Jamás había estado con un hombre, pero en ese día se había atrevido a hacerle tal propuesta a un extraño. Hacía gestos con su cara, sin darse cuenta de que aquel desconocido se percataba de cada expresión que realizaba. Tal vez el licor le había hecho expresar tales cosas. Si debía encontrar un culpable de su arrebato y de sus palabras audaces, era el alcohol que circulaba por su sangre debido a su enfado. Apretó los parpados y recordó la escena donde le decía que iba a regalarle su noche de bodas y que le entregaría su virginidad. Estaba loca y había perdido la razón. ¿Cómo era que se había atrevido a hacer tal declaración? Ahora que se colocaba a reflexionar sobre lo que había manifestado se daba cuenta de que había sido d

