Herick llevó a Hilda hasta el banco para levantar pesas. Se acostó con cuidado y ella quedó encima, ahorcajadas en su entrepierna. Siguieron besándose hasta secar las reservas de su saliva. Luego, la cargó en sus brazos, como si fuera su reina y la subió por las escaleras, hasta llegar a su recámara. La condujo hacia el cuarto de baño y activó la regadera. El agua fresca limpiaba la transpiración de sus cuerpos. El resto de su ropa deportivo voló hacia un lado y quedaron desnudos, mientras eran limpiados por el agradable rocío que caía sobre ellos. Hilda se encontró frente al cuerpo esbelto y marcado de Herick, que se extendía ante ella como una obra de arte tallada en mármol blanco. Cada contorno y cada músculo delineado resplandecían bajo la luz, invitándola a perderse en su magnificenc

