A la mañana siguiente, el aguacero se había convertido en una llovizna, mucho más suave, y una representación bastante precisa de cómo se sentía Yoongi. Le preparó un vaso de agua a Jungkook, suficientes aspirinas como para sacrificar a un caballo, y le dejó una nota: « Hay sobras en la nevera, sírvete. Vuelvo a las 6». No tenía ni idea de si Jungkook tenía clases ese día, pero la idea seguía ahí. Cuando regresó a casa a las 6 después de un día difícil, con lapsos de concentración y un zumbido constante, Jungkook estaba tumbado descalzo en el sofá, con la cabeza vuelta hacia la tele, viendo algo. Quizás esto era una fantasía, un sueño, y Yoongi podría acercarse a él, besarlo en la frente, y no habría nada raro. Podría preguntarle a Jungkook qué tal le había ido el día, despotricar sobre

