Capítulo XXXI

1398 Palabras

— ¿A qué te referías con que el señor Geissler hizo cosas malas? —pregunté cortando el silencio que absurdamente nos envolvía a ambos. Lo vi tensarse de inmediato ante mí pregunta. Enseguida coloqué mi palma en su pierna y este me miró sorprendido. Necesitaba que olvidara su ética y hablara. Por suerte yo sabía cómo hacerlo. Como si estuviera distraída acaricié su pierna con lentitud. —Si es que puedes hablarme de ello, claro está. —Sí —afirmó con la voz enronquecida por el deseo—. Al señor Geissler le gusta jugar sucio. —Pero si estás con él a ti también debe gustarte ¿No? — ¡No! —repuso como si el hecho de pensarlo le molestara—. Solo hago lo que él me dice por... — ¿Por? —inquirí con una ceja arqueada en su dirección a la vez que mis uñas se clavaban lentamente en su muslo. Lo

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