Ludovico solía esperarla en la habitación cuando oscurecía. Y cuando no era en la habitación, era en cualquier rincón.
La noche era su territorio.
Greta se sacudió despacio, sin prisa. La ropa se pegaba a su cuerpo húmedo. Sus piernas temblaban. No podía evitarlo, había pasado muchas horas metida en el agua intentando ahogar los recuerdos.
El eco de pasos sobre las baldosas la sobresaltó.
Se volvió de golpe.
Massimo apareció en la terraza, recargado contra una de las columnas de mármol. Tenía la camisa desabotonada, los tatuajes visibles, la cicatriz en la ceja cortando la expresión dura de su rostro.
—Deberías estar dentro cambiandote de ropa o acaso quieres morirte de hipotermia —dijo, sin alzar mucho la voz.
Greta tragó saliva.
—No quería… molestar —susurró.
Él sonrió de lado, una mueca torcida.
—Esta es tu casa, ¿recuerdas? —se acercó un poco—. Aunque no te guste, Greta… ahora eres mi mujer.
Ella bajó la mirada.
Massimo se detuvo a un metro de ella.
—¿Pensabas dormir aquí afuera? —preguntó, señalando la tumbona.
Greta negó con la cabeza.
—Entonces, muévete.
La orden no fue agresiva, pero tampoco amable. Greta se puso de pie, temblorosa.
Caminaron juntos hacia la casa.
Ella sentía el corazón desbocado. Cada paso hacia la habitación era como acercarse a una celda. A un verdugo, a lo inevitable.
Al llegar, él abrió la puerta y se apartó para dejarla entrar.
—Ve a cambiarte —indicó.
Greta se quedó quieta.
—¿Para… para qué? —se atrevió a preguntar.
Massimo entrecerró los ojos.
Se acercó tanto que pudo oler su perfume, su aliento a whisky.
—Para nada —murmuró—. Solo porque quiero verte con otra cosa puesta.
Ella asintió sin discutir.
Se fue al baño, cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella. Contuvo el llanto. Porque llorar era perder. Siempre había sido así.
Se cambió despacio.
Cuando salió, Massimo estaba sentado en el borde de la cama, fumando.
La miró de arriba abajo.
—Mejor —dijo.
Luego, sin añadir nada más, apagó el cigarro y se recostó.
—Abrigate bien y duerme. —Luego señaló la mesita, le había pedido un vaso de leche tibia con yerbabuena—. Pero primero, tomate la leche, te ayudará a coger calor.
Greta se quedó quieta, sin entender.
—¿Qué…? —murmuró.
Massimo cerró los ojos.
—Te dije que no haré nada que tú no quieras. —Suspiró, como cansado de repetirlo—. Y hasta donde sé… no quieres nada. Así que duerme.
Greta bebió la leche y se recostó en el borde de la cama, de espaldas a él.
Pero no cerró los ojos.
Porque la noche seguía siendo el peor escenario. Y el miedo, el único compañero fiel.
Horas más tarde, cuando la noche se había vuelto densa y todo en la casa dormía, Greta sintió algo.
Primero fue un roce leve en la pantorrilla. Un contacto tibio, casi imperceptible, pero suficiente para arrancarla de ese leve sueño en el que había caído.
Su cuerpo entero se tensó.
Abrió los ojos en la oscuridad y solo escuchó la respiración pesada de Massimo a su lado. Pero entonces volvió a sentirlo. Una mano, grande y callosa, recorriendo despacio su pierna, subiendo por su muslo con una lentitud calculada.
Todos los vellos de su piel se erizaron.
Pero no era deseo.
Era terror.
Puro y jodido horror.
Contuvo un jadeo.
Sintió cómo esa mano seguía avanzando, atrevida, acariciando la parte interna de sus muslos, deteniéndose a apretarle una zona blanda como si quisiera memorizar la textura de su piel.
Greta tragó saliva.
—Dijiste que no me tocaría. Lo juró. Lo dijo…
La mano se detuvo.
Entonces, la voz grave de Massimo se escuchó cerca de su oído, ronca, cargada de un tono peligroso que le heló la sangre.
—Quiero probarte.
Greta se quedó rígida.
No se atrevía a moverse, pero su mente gritaba. No entendía a qué demonios se refería. En la oscuridad apenas podía ver su rostro, pero sentía su aliento caliente rozarle la mejilla.
—¿Qué… qué quieres decir? —preguntó con un hilo de voz.
Massimo se rió, un sonido bajo, gutural.
—Quiero besar tu cuerpo —susurró—. Ver si sabe tan bien como siempre imaginé.
Greta cerró los ojos con fuerza.
Eso no iba a acabar bien. Sabía que los besos no serían suaves, ni dulces, ni deseados. Serían otra forma de marcarla, de tomar lo que no quería dar.
Y esta vez, no iba a permitirlo.
Sin pensar mucho, alargó el brazo hacia la mesita de noche. Sus dedos tocaron la base de la lámpara. Era pesada, de cristal grueso.
La agarró con fuerza.
Se incorporó de golpe y la sostuvo en alto, apuntando directo a la cabeza de Massimo.
—Si me sigues tocando, te parto la maldita cabeza —dijo con la voz temblorosa pero firme.
Massimo se quedó inmóvil.
Parpadeó, sorprendido.
La lámpara temblaba en la mano de Greta, pero ella no la bajó.
—Dijiste… —Greta apretó los dientes—. Dijiste que no me harías nada a menos que yo quisiera. ¿Lo recuerdas? Porque yo no quiero nada.
El silencio se hizo espeso.
Massimo la miró durante varios segundos que parecieron horas. Y después, para su asombro, se echó hacia atrás, riendo por lo bajo.
Se pasó una mano por el rostro.
—Maldita sea, Greta —murmuró—. Eres peor que un puto veneno.
Greta no entendió a qué se refería, pero no bajó la lámpara.
Massimo se acomodó sobre su lado, dándole la espalda.
—Tranquila —masculló—. No te tocaré.
Greta no soltó la lámpara hasta asegurarse de que su respiración se volvía regular, profunda, como si realmente se hubiese quedado dormido.
Recién entonces, su mano tembló.
La dejó sobre la mesita.
No durmió en toda la maldita noche.
Pero había salvado su cuerpo una vez más.
Y en ese mundo de hombres enfermos, eso era una victoria.
A la mañana siguiente, la luz tímida del amanecer se colaba por las pesadas cortinas de la habitación. Massimo no había dormido bien.
Esa imagen de Greta, con los ojos desbordados de miedo y furia, sujetando aquella lámpara como si su vida dependiera de ello, lo había perseguido durante toda la maldita noche.
No podía con su conciencia.
Se levantó temprano. Salió al jardín descalzo, arrancó un pequeño ramo de flores frescas, sin preocuparse de qué tipo eran. Luego pasó por la cocina y preparó una taza de café n***o, fuerte, como a él le gustaba, pero ahora pretendía dárselo a ella.
Respiró hondo antes de volver a la habitación.
Greta dormía, o fingía hacerlo.
Su cabello desordenado caía sobre el rostro, las mejillas aún marcadas por el rastro de sus emociones de la noche anterior. Massimo la observó un momento y, con sumo cuidado, se sentó en el borde de la cama.
—Greta… —la llamó en voz baja, como si temiera asustarla.
Ella no respondió.
Le tocó el hombro suavemente.
—Greta… necesito hablar contigo.
Greta abrió los ojos despacio. Lo miró sin decir palabra, su expresión endurecida, distante.
Massimo tragó saliva.
—Sé que lo de anoche… estuvo mal. Me siento un poco avergonzado. No debí acercarme así.
Greta frunció el ceño. Se incorporó de golpe y de un manotazo empujó la taza de café que Massimo le acercaba. El líquido se derramó sobre su camisa blanca, ardiendo.
—¡Que me importa tus excusas! —espetó ella, con la voz cargada de rabia contenida—. Sé perfectamente para qué carajo me tienes aquí, Massimo. Para satisfacerte cuando se te dé la gana. ¿No? Porque para eso sirvo, ¿verdad? Para eso me casaron, para eso me cambiaron de dueño.
Massimo soltó una maldición baja, sacudiéndose el café caliente del pecho. Se quedó un instante en silencio, respirando hondo, controlando el impulso de estrellar algo contra la pared.
Después se inclinó hacia ella, con la mirada fija, la voz oscura, grave.
—No me malinterpretes, Greta —dijo—. No soy como Ludovico.
—No te creo —dijo ella, con los ojos vidriosos de furia.
Massimo se pasó una mano por el rostro. Había rabia en sus palabras, pero también una grieta de algo parecido a frustración.
—Mis acciones ya deberían haberte demostrado que yo no soy ese malnacido. ¿Te he golpeado? ¿Te he forzado? ¿Te he encerrado? No. Y no lo voy a hacer. Pero que te quede claro algo, Greta… —sus ojos heterocromáticos brillaron peligrosos—. No me gusta que me desafíen. No me gusta que me ignoren. Porque ahí sí —se inclinó más cerca, el tono bajo y áspero—. Ahí sí van a haber inconvenientes.
Greta le sostuvo la mirada.
No bajó la vista, ni tembló.
Aunque por dentro un frío le recorría la columna.