—Lo tengo más que dicho. Eres una ninfómana. Ella se echó a reír. Adoraba hacerle el amor a ese corpachón. Sí, era grande y lleno de energía, y de vez en cuando rugía, mandaba, era dominante y temible, pero cuando ella lo tocaba, su dragón se volvía todo un corderito. Ahora estaba tirada de cualquier manera sobre él, en el sofá de la terraza en la que habían estado hablando y haciendo el amor, a medio vestir, y aislados del frío de la noche por el calor que emitía la chimenea. Aplastó sus labios contra el pecho velludo de Duncan y suspiró. —Cuando estabas lejos –dijo ella, sin mirarlo— eran horribles las noches sin ti. —Mmm… lo sé. También lo fueron para mí. —Pero tú saliste con mil mujeres. —Allegra, eso es exagerado. Llegué a leer un par de notas de prensa, y créeme que dicen m

